"Todos lo conocemos… ¿qué se ha creído?", carta del obispo de Girona

Pardo
Volvamos a la sinagoga de Nazaret y sigamos con la reflexión que iniciábamos la semana anterior.
La reacción de los conciudadanos a la predicación de aquel joven, conocido por todos como el hijo de José, fue esta: “¿Qué se ha creído este? ¿Por quien se toma? ¡Todos lo conocemos y viene aquí a darnos lecciones!”. Y ello pese a que Jesús se había limitado a comentar un fragmento de Isaías explicitando que lo que oían decir de Él, en aquellos lugares, era la realización de las palabras del profeta. Pero, por desgracia, Jesús ha de reconocer que nadie es profeta en su pueblo.
En realidad, el rechazo a los profetas, a quienes hablan en nombre de Dios, es una constante a lo largo del Antiguo Testamento y se verifica en el propio Jesús; también será una constante en la historia de la Iglesia.
Ofrezco unas reflexiones en distintas direcciones:

¡Quien se ha creído que es, este o esta que imparte catequesis, o lee las lecturas en la iglesia, o incluso ayuda a distribuir la comunión con el beneplácito del párroco, si todos lo conocemos!. Conocemos a su familia, su padre o su abuelo eran anticlericales; los conocemos de toda la vida… Tenemos que ser coherentes, claro está, y esforzarnos para creer en lo que hacemos y vivirlo. Pero si nos dedicamos a buscar únicamente aquellos que son dignos de hablar sobre Jesús en su calidad de catequistas, de ayudar al sacerdote en las celebraciones, de pertenecer al consejo pastoral, de visitar a los enfermos en nombre de la parroquia… nadie es suficientemente digno. ¿Acaso lo eran los apóstoles? Pedro, ¿era suficientemente digno para ser “la piedra de comunión” de sus hermanos? Pablo, un perseguidor, presente en la muerte de Esteban -el protomártir- mientras sostenía las capas de quienes le apedreaban, dado que era demasiado joven para lanzar piedras, ¿podía convertirse en el gran evangelizador que llegó a ser? ¿Negaremos la posibilidad de conversión o el esfuerzo para llegar a ser coherentes con lo que creemos? La historia de cada cual, los pecados de juventud, como dice el salmista, ¿tiene que ser la única vara de medir toda una vida e impedir cualquier paso al frente para asumir responsabilidades?
Fijémonos en la pedagogía de Jesús y no en la de los fariseos. Fijémonos en las posibilidades de cada persona, como lo hacía Jesús, y no únicamente en su historia pasada o en el decir de las gentes.
Por otro lado, es muy fácil criticar a la Iglesia, a la parroquia, a los que forman parte de la misma: que si ofrecemos humo en lugar de luz, que no llevamos una vida del todo coherente… Ciertamente quienes esto afirman tienen parte de razón, porque la Iglesia es de Dios y de los hombres; es la Iglesia de la Trinidad, pero también lo es de los hombres y mujeres, jóvenes y niños concretos que formamos parte de ella con nuestras dificultades, esfuerzos e incoherencias. Lo sabemos y lamentamos profundamente oscurecer el rostro de Cristo, cuando deberíamos ser transparentes y reflejarlo. Lo sabemos muy bien y, por ello, al iniciar la más importante de nuestras celebraciones, la santa Misa, todos, desde el Papa hasta el último niño que ha aprendido a hablar, siempre pedimos perdón. Y actuamos correctamente, dado que la salvación que celebramos es para quienes la necesitan. Otros muchos también la necesitan, pero todavía no son conscientes de ello. Me gustaría, nos gustaría a todos, que los actos más importantes de otros instituciones famosas también se iniciasen pidiendo perdón, ya que ciertamente ninguna de ellas carece de motivos para hacerlo.
Por tanto, cuando contemplemos alguna persona que realiza un servicio, el que sea, o la propia Iglesia, no miremos primero, o únicamente, sus posibles aspectos negativos –reales o imaginarios– sino sus posibilidades y aspectos positivos.
Y no olvidemos que según juzguemos seremos juzgados.

Francesc Pardo i Artigas
Obispo de Girona

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