Mons. Joan Piris elogia la labor de los medios de comunicación en favor de la solidaridad con Haití

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Palabras de monseñor Joan Piris Fígola, obispo de Lleida y Presidente de Medios de Comunicación Social en la entrega de Premios ¡Bravo! 2009

Dignísimas autoridades eclesiásticas, estimados galardonados, señoras y señores, y amigos todos: os saludo en nombre propio y en el de la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación Social y agradezco vuestra presencia en este acto de entrega de los Premios ¡Bravo! 2009, con los que queremos mostrar, un año más, nuestro aprecio al mundo de la comunicación y reconocer “la labor meritoria de todos aquellos profesionales de la comunicación en los diversos medios, que se hayan distinguido por el servicio a la dignidad del hombre, los derechos humanos y los valores evangélicos”1, como se señala en las normas de este premio.
Los medios de comunicación, por el gran influjo que ejercen en el plano psicológico, social y cultural, están llamados a servir a la dignidad humana y al bien común. “¡Qué valor debe tener el hombre a los ojos del Creador -nos decía en su primera encíclica el venerable Juan Pablo II-, si ha merecido tener tan grande Redentor, si Dios ha dado a su Hijo, a fin de que él, el hombre, no muera sino que tenga la vida eterna! En realidad, esa profunda admiración respecto al valor y a la dignidad del hombre se llama Evangelio, es decir, Buena Nueva. Se llama también cristianismo. Esta admiración justifica la misión de la Iglesia en el mundo, incluso, y quizá aún más, en el mundo contemporáneo”.
Esto explica que en unos galardones, como son los Premios ¡Bravo! que hoy entregamos, la Iglesia haya querido aunar la causa común que ella misma y la comunicación social comparten: el ser humano y la defensa de su dignidad; y premiar a quienes con su trabajo o con su trayectoria de vida tratan de hacer posible este empeño.
Desde esta mirada positiva hacia la comunicación social, considero muy digna de elogio, y así quiero hacerlo constar de manera especial desde esta tribuna de la Iglesia, la perseverancia con que los medios de comunicación
están presentando en estas últimas semanas las terribles consecuencias del terremoto que ha sembrado de muerte y destrucción a Haití, el país más pobre de América, y el reclamo de solidaridad que están llevando a cabo para con las víctimas de esta catástrofe.

Una y otra vez la prensa, la radio y la televisión, sin olvidar Internet, están llamándonos la atención sobre la magnitud de esta tragedia que reclama una ayuda urgente y generosa -de la que también me hago eco y altavoz en este acto- así como la necesidad de que los gobiernos y otras organizaciones e instituciones –la comunidad internacional y la sociedad civil- se impliquen con diligencia ante una de las catástrofes más devastadoras de las últimas décadas. ¡Os damos las gracias a los medios de comunicación y a sus profesionales por vuestra labor solidaria! ¡Dios os lo pague!

Trabajos informativos como estos reconcilian a los medios –tan metidos habitualmente en la lógica del mercado o de las audiencias- con el verdadero sentido de servicio social o público que nunca debe abandonar la comunicación
social si quiere ser tal. Asimismo prestan una ayuda indispensable para hacer efectiva la solidaridad con los más necesitados.

Los medios han cubierto la tragedia de Haití en condiciones difíciles e incluso han sabido perseverar en el empeño de encontrar hueco para su tenaz llamada de socorro cuando la agenda informativa la ocupaban asuntos más caseros o los habituales de la política nacional, europea o mundial. ¡Gracias de todo corazón!

Este trabajo nos recuerda algo que nunca debiéramos olvidar: que la comunicación no es posible sin la referencia a los otros, desde el nivel básico de las relaciones interpersonales al de la vida social en el más amplio sentido.

La solidaridad tampoco podría llevarse a cabo sin la comunicación que da a conocer y aproxima el sufrimiento de los demás, hasta sentirlo como propio y familiar. La mayoría de los medios está cumpliendo en estas semanas esta noble misión. ¡Qué oportuno es -por esto mismo- recordar y alabar este buen hacer cuando muchas veces, por desgracia, nos invaden desde los medios de comunicación mensajes superficiales o modelos que responden a una visión distorsionada de la persona, de la familia, y de la misma sociedad, o nos entretienen por los caminos evasivos de una existencia humana convertida en espectáculo, neutralizando así todo verdadero compromiso personal y social!

No cabe duda, que la reiterada cobertura informativa sobre el terremoto de Haití, como en otras catástrofes naturales o humanitarias de otros escenarios de América Latina, Asia o África, está siendo un factor a valorar debidamente cuando contemplamos la generosa respuesta solidaria de la opinión pública y la intervención de la comunidad internacional. Todas estas corrientes de solidaridad, así como la generosidad de los ciudadanos anónimos y el heroísmo de los voluntarios, no hubieran sido posibles y no lo serán en el futuro sin la inestimable contribución de los medios de comunicación. Sin ellos, las organizaciones humanitarias y las instituciones de la Iglesia poco podrían hacer para concienciar a la opinión pública –también la eclesial- en una cultura solidaria y de la paz, en la civilización del amor, que es la que desea promover la Iglesia, como señalaba el Concilio Vaticano II: “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de
los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón”.

Ésta es la verdadera razón de ser de la comunicación social, que necesita siempre, para su eficaz y verdadero servicio a la sociedad, de un sólido fundamento antropológico y de unos valores éticos y morales, basados en la dignidad inviolable del ser humano y sus derechos fundamentales, empezando por el de la vida desde su concepción hasta el final natural de su existencia.

Por esto mismo consideramos imprescindible en los verdaderos comunicadores la responsabilidad o sensibilidad moral y el sentido vocacional.

Como nos advierte el Papa Benedicto XVI en su encíclica Caritas in Veritate, el mero hecho de que los medios “multipliquen las posibilidades de interconexión y de circulación de ideas, no favorece la libertad ni globaliza el desarrollo y la democracia para todos. Para alcanzar estos objetivos se necesita que los medios de comunicación estén centrados en la promoción de la dignidad de las personas y de los pueblos, que estén expresamente animados por la caridad y se pongan al servicio de la verdad, del bien y de la fraternidad natural y sobrenatural”.

Es lo que hemos visto hecho realidad estas semanas en la mayoría de los medios a favor de las víctimas del terremoto de Haití y a agradecerlo he querido dedicar casi la totalidad de mi saludo en este acto. Ello no significa, por supuesto, que no tome en consideración los méritos de los premiados hoy, todos ellos tan impregnados de los valores a que me he referido y que les hace, por eso mismo, excelentes merecedores del ¡Bravo!
que hoy reciben. La lectura del Acta del Jurado nos recordará de forma más concreta sus méritos por los que muy sinceramente les felicitamos.

Dicho esto, me van a permitir, que me detenga en unas breves y obligadas referencias. En primer lugar al Premio ¡Bravo! Especial de este año: el sacerdote, escritor y periodista Don José María Javierre, fallecido hace poco más de un mes. Su trayectoria ejemplar de sacerdote enamorado de Cristo y de la Iglesia; su quehacer y raza de comunicador cristiano; y su servicio de escritor e historiador eclesial, así como su humanidad y pasión por la gente,
hacen de él un verdadero prototipo de lo que debe ser la comunicación de la Iglesia hecha con sabiduría, alegría, audacia, libertad y fidelidad: con amor a Dios y al hombre. ¡Gracias, Don José María y pida a Dios que se multiplique su ejemplo en los comunicadores cristianos, especialmente entre los sacerdotes!

A ellos dedica el Papa Benedicto XVI su Mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales de este año 2010, Año Sacerdotal. El Santo Padre anima en concreto a que los sacerdotes utilicen las nuevas tecnologías de la comunicación como un importante recurso para su ministerio al servicio de la Palabra en la sociedad actual, la del mundo digital; a afrontar los desafíos que nacen de esta nueva cultura (la digital) que ofrece la posibilidad de
alcanzar con palabras, sonidos e imágenes a las personas particulares o comunidades enteras en todos los continentes, creando así nuevos espacios de conocimiento y diálogo, y logrando proponer y realizar itinerarios de comunión. En el logro de este objetivo pastoral lleva años trabajando ejemplarmente el sitio www.clerus.org, portal de Internet de la Congregación del Clero que premiamos en esta edición en el apartado de Nuevas Tecnologías, en especial su servicio a la formación permanente de los sacerdotes de todo el mundo y a la difusión de la Biblia a través de la Red.

Termino agradeciendo también a los periodistas de información religiosa, muchos de ellos presentes en este acto, la labor que llevan a cabo de manera incansable reflejando en los medios una dimensión tan importante de la vida personal y social como es la que representa el hecho religioso, en nuestro caso el cristiano y eclesial. Os ruego perdonéis nuestras deficiencias y aceptéis la colaboración que por el bien de la sociedad todos estamos llamados a desarrollar.

Que nos ayude a lograr estos objetivos el primero de los premiados con el Premio ¡Bravo! de Prensa, en concreto en 1971, el periodista Manuel Lozano Garrido, que será beatificado, si Dios quiere, en este año de 2010 que hemos iniciado. Nos llena de orgullo contar con un colega en los altares.

Muchas gracias y mi felicitación a los premiados.

+ Joan Piris Frígola
Obispo de Lleida
y Presidente de la CEMCS

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