Arzobispo de Toledo: "Hay que mostrar y demostrar que las 'religiones' no son todas iguales"

Braulio
El Arzobispo de Toledo Mons. Braulio Rodríguez Plaza ha presidido ayer mañana la Santa Misa en el Instituto Superior de Estudios Teológicos “San Ildefonso”, con motivo de la fiesta de Santo Tomás de Aquino. En la homilía ha recordado que “hay que mostrar y demostrar que las ‘religiones’ no son todas iguales, como no son iguales las distintas actividades económicas, sociales, o las formas de pensamiento o los fundamentos gnoseológicos. Hay cierta diferencia entre la liturgia del degüello en masa de jóvenes sobre los altares-pirámides de los Aztecas y la liturgia eucarística de un altar católico; entre Bin Laden y el Papa Benedicto XVI”, y ha precisado, seguidamente que “no toda concepción de lo divino es siempre y de cualquier manera aceptable”.

Homilía en la fiesta de Santo Tomás de Aquino
en el Instituto Superior de Estudios Teológicos San Ildefonso
Toledo, 28 de enero

Decía G. K. Chesterton que uno de los males de nuestro tiempo consiste precisamente en el hecho de que cuando las cosas van mal, recurrimos al experto. Éste, en nuestra sociedad, es la persona que sabe cómo funcionan las cosas y es capaz, por tanto, de mejorar su eficiencia y rendimiento. Pero en una situación grave, lo que necesitamos no es preguntar el cómo, sino el porqué y tener el coraje de plantear grandes preguntas que afectan a los fines y no a los medios. En una situación excepcional, lo que hace falta es el hombre poco práctico, el contemplativo, aquel que se ha dedicado a considerar el por qué y el para qué de las cosas.
Algo de esto hizo santo Tomás en un siglo apasionante como fue el siglo XIII, injustamente vilipendiado, tanto en París como dentro de los muros de su convento. Si nadie pregunta por qué o para qué existen las cosas, hombres como santo Tomás, qué sí hizo esas preguntas desde una fe ardiente, son de una valía inimaginable. Vosotros, como estudiantes de teología católicos, no habéis de preguntaros sólo cómo hay que hacer para mejorar el rendimiento. Este es el trabajo del experto, del hombre y la mujer de los medios (no me refiero a los MCS); vosotros debéis contemplar los fines.
Mirad este párrafo de la Ex Corde Ecclesiae: “Por su vocación, la Universitas magistrorum et scholarium se consagra a la investigación, a la enseñanza y a la formación de los estudiantes, libremente reunidos con sus maestros animados todos por el mismo amor al saber. Ella comparte aquel gaudium de veritate, tan caro a san Agustín, esto es, el gozo de buscar la verdad, de descubrirla y de comunicarla en todos los campos del conocimiento. Su tarea privilegiada es la de unificar existencialmente en el trabajo intelectual dos órdenes de realidades que muy a menudo se tiende a oponer como si fuesen antitéticas: la búsqueda de la verdad y la certeza de conocer y la fuente de la verdad” (Juan Pablo II, Ex Corde Ecclesiae, n. 1)
La Universidad, ni el Instituto Teológico San Ildefonso, son una fábrica de titulados, ni ha de regirse sólo por criterios de eficiencia y rendimiento económico, por muy necesarios que éstos sean. Sus alumnos no son “jóvenes profesionales”, como pomposamente proclama la publicidad de alguna Universidad, buscando arrancar clientes a la competencia. Y quienes en estos centros enseñan no son funcionarios, sino profesores, es decir, aquellos que han hecho profesión de consagrarse al estudio de la verdad. Decir Universidad es decir universalidad en el saber; decir Instituto Teológico es decir pasión por el conocimiento de la Revelación en toda su extensión, para superar la fragmentación de saberes en que tiende a encerrarse el conocimiento. No se puede quedar uno tranquilo únicamente con el mero aprobar las diferentes asignaturas.
El conocimiento en toda su extensión es sumamente importante para la humanidad. Por no tenerlo en cuenta la historia nos ha mostrado horrores, que pueden repetirse. En este sentido, recuerdo que, después del 11 de septiembre 2001 en Nueva York leí este comentario de un ateo convencido: “Os lo habíamos dicho, ¿habéis visto a lo que llevan las religiones, todas, y no sólo la islámica?”; o este otro: “Al espíritu humano no le faltan enemigos, pero la creencia en Dios, en cualquier Dios, es uno de los más corrosivos” (J. Saramago). El ateísmo liberador nos han arengado de esta guisa: “Las religiones –todas, sin excepción- nunca servirán para reconciliar a los hombres. Al contrario, han sido y serán causa de inenarrables sufrimientos, de matanzas, de monstruosas violencias físicas y espirituales. Son uno de los más tenebroso capítulos de la historia humana”.
Hay que mostrar y demostrar que las “religiones” no son todas iguales, como no son iguales las distintas actividades económicas, sociales, o las formas de pensamiento o los fundamentos gnoseológicos. Hay cierta diferencia entre la liturgia del degüello en masa de jóvenes sobre los altares-pirámides de los Aztecas y la liturgia eucarística de un altar católico; entre Bin Laden y el Papa Benedicto XVI.
¿Qué pasó cuando se trató de extirpar la religión de la sociedad y del corazón de los hombres? ¿Acaso se desplegó entonces el reino de la paz, de la humildad, de la fraternidad, de la convivencia justa y armoniosa? Los hechos muestran lo contrario: “Cuando el cielo se vacía de Dios, la tierra se llena de ídolos” (K. Barth).
Lo repetimos: hay religión y religión. No toda concepción de lo divino es siempre y de cualquier manera aceptable. Hay una religiosidad inquietante, hay también formas oscuras de una supuesta fe. No cualquier escritura sagrada o cualquier Dios valen lo que otro. Erradicar toda religión puede traer malas consecuencias. Si España no tiene el valor de afrontar de nuevo preguntas sobre el significado de la vida y los fundamentos de la moralidad, y asentarse en consecuencia en esas normas morales incondicionales, ¿quién nos garantiza que no vuelvan a surgir viejos fantasmas, viejos conflictos? ¿No necesitaremos muchos Aquinatenses, que piensen en los fines y no sólo en el cómo utilitarista? Yo quiero pedírselo al Señor por medio de este benefactor de la humanidad, santo Tomás, el Grande.
Para este día 28 de enero, el Martirologio Romano indica: “Memoria de santo Tomás de Aquino, presbítero de la Orden de Predicadores y doctor de la Iglesia, que, dotado de gran inteligencia, con sus discursos y escritos comunicó a los demás una extraordinaria sabiduría”. La suya no fue sabiduría que pueda confundirse con engreimiento o prurito intelectual, sino beber de la fuente de la Sabiduría del Padre que es Cristo, para poder dar a los demás cristianos que la fe tiene su comprensión sin desposeerla del misterio, ante el cual los hombres siempre balbuceamos. “De nada nos podemos jactar”, dice san Agustín, buen conocedor de la búsqueda incompleta cuando falta la gracia de Dios.
Pedimos por nuestro Instituto Teológico San Ildefonso, por el Instituto Superior de Ciencias Religiosas Santa María; por vosotros, sus alumnos. El resto de nuestra Iglesia espera de vosotros, futuros presbíteros o los demás fieles que aquí estudiáis, que tengáis la valentía de no ocultar la luz de la fe a nuestro mundo, sino que mostréis, también con vuestro estudio y comprensión, la infinita riqueza del Dios uno y trino, que ha abierto su intimidad para que conozcamos su amor.

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