Conversión

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Por José María Gil Tamayo
Hoy conmemora la Iglesia la conversión de San Pablo, o si ustedes prefieren de Saulo de Tarso. Pablo es el apasionado creyente judío que consideraba enemigos de la fe israelita a los cristianos y trataba de erradicarlos cuando, como nos relata la Biblia (Act 9, 2-30), camino de Damasco fue derribado del caballo por una luz que le deja ciego mientras oye la voz de Cristo que le recrimina su comportamiento.
San Pablo recuerda este hecho como su conversión, como el cambio radical en su vida. Y efectivamente pasó de ser perseguidor de la fe cristiana a apóstol de Cristo y el más extraordinario propagador del Evangelio. Ciertamente la conversión se entiende fundamentalmente desde un punto de vista religioso: la vuelta a Dios, a la fe verdadera, del pecado a la gracia, al buen camino. Hay conversiones llamativas y espectaculares en grandes personajes que después han dejado valiosos testimonios de su cambio de vida: (Paul Claudel, Chesterton, García Morente, entre otros).
Pero también existe otro tipo de conversiones, más discretas e interiores, que sólo conocemos nosotros mismos y Dios. Las hay no exclusivamente sobrenaturales, sino también simplemente humanas por las que cambiamos a mejor nuestro comportamiento con los demás, e incluso nos damos cuenta que no podemos hacernos daño a nosotros mismos, en nuestra dignidad, en nuestra salud… y rectificamos lo que iba mal, lo que era perjudicial.
Y es que, llamémosle como queramos, los seres humanos tenemos el privilegio de purificar nuestra memoria con el arrepentimiento, con la conversión, con la rectificación y podemos así desandar de nuestros malos pasos, rectificar nuestros rumbos, rebobinar y corregir nuestro pasado, volver a empezar, cambiar, rectificar… recomponer con las lañas de la comprensión y el perdón nuestros destrozos…, quitarnos del alma el peso de nuestras culpas, de nuestros errores, de nuestras faltas pasadas… ¿Qué sería de nosotros si no?
Para hacerlo necesitamos en lo sobrenatural el empujón de la gracia y el perdón de Dios en el Sacramento de la Penitencia y en lo humano también la ayuda, el apoyo, el ejemplo y la comprensión de los demás…
Además de ser una exigencia evangélica, rectificar es también de sabios, según el decir popular. Hoy podemos tener una buena oportunidad para hacerlo: pensemos en qué tenemos que rectificar… y hagámoslo. Al menos sería bueno intentarlo. Saldremos ganando.

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