El obispo de Segorbe-Castellón expone en una carta las urgencias pastorales de sus diócesis que cumple 50 años

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Queridos Diocesanos
La celebración de 50º Aniversario de la configuración actual de nuestra Iglesia de Segorbe-Castellón nos ofrece una oportunidad hermosa para lograr una mayor conciencia de pertenecer a ella para responsabilizarnos con su vida y misión. Recordemos que nuestra Diócesis es la comunidad de los cristianos católicos, que vivimos en el territorio diocesano: la formamos obispo, sacerdotes, diáconos, religiosos y seglares; una gran familia, que integra las comunidades parroquiales, agrupadas en los arciprestazgos, las comunidades de vida consagrada y otras comunidades eclesiales, los movimientos, los grupos y las asociaciones así como los servicios diocesanos.

Es urgente que todos y, especialmente los pastores, cultivemos sin cesar el afecto a nuestra Iglesia Diocesana, mostrándonos siempre dispuestos a unir las propias fuerzas a las iniciativas diocesanas en la misión única y compartida. Para ello es fundamental que todos los diocesanos conozcamos nuestra Diócesis, la valoremos y la acojamos como necesaria para nuestra fe y vida cristiana personal y comunitaria; y, sobre todo, nos urge amarla como a algo propio, como a la comunidad de la que formamos parte, como a la propia familia.

Muchos de nuestros católicos desconocen o tienen un conocimiento insuficiente de nuestra Diócesis. Se desconoce su historia, su fisonomía externa, su organización, sus múltiples tareas y actividades evangelizadoras, formativas, litúrgicas y caritativas. Además, la Iglesia diocesana es sentida por muchos diocesanos como algo distante; otros no tienen conciencia de pertenecer a esta Iglesia, ni la sienten como la propia familia de los creyentes. Por el contrario, se siente más la parroquia, el grupo o el movimiento, donde se vive y practica la fe. Pero no se puede olvidar que todas estas realidades son realmente eclesiales, sólo si están en unión y comunión con el Obispo y entroncadas vitalmente en la comunión de la fe, de la celebración y de la misión de la Iglesia diocesana; es en ésta donde opera y se realiza la Iglesia del Señor; y es a través de su entronque vital en ella, como se integran en la comunión de la Iglesia universal. Hemos de evitar el particularismo y el parroquialismo.

Hay, de otro lado, signos de una creciente falta de amor hacia la Iglesia, en general, y hacia la Iglesia diocesana, en particular. Esta desafección se muestra en el alejamiento de la vida de la Iglesia, o en la crítica corrosiva, hecha sin amor, de los mismos católicos o en el silencio cómplice ante ataques injustificados. Pero también se muestra cierta desafección hacia la Iglesia diocesana, cuando se vive en el grupo, movimiento, asociación o cofradía, e incluso en la parroquia prácticamente de espaldas a la Iglesia diocesana. Nuestra unión efectiva y afectiva pide, se muestra y crece cuando se acogen y aplican las normas o las directrices pastorales diocesanas, o se atiende a las convocatorias diocesanas, se comunican y se asiste a ellas.

En la base de todo y como condición previa, hemos de descubrir y valorar nuestra identidad cristiana y católica para vivirla con alegría y fidelidad, para no avergonzarnos de nuestra condición católica en privado o en público, de palabra o por obra. Amemos a nuestra Iglesia diocesana, porque, no lo olvidemos, la formamos todos y la construimos entre todos.

Con mi afecto y bendición,

+ Casimiro López Llorente
Obispo de Segobe-Castellón

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