"Comunión eucarística y desobediencia a la Iglesia", carta del arzobispo de Burgos

hellin300709
Un sacerdote de la diócesis, que ejerce actualmente su ministerio en América, me decía que, para formar bien la conciencia de los fieles, han decidido que, antes de la comunión, una persona encargada por el párroco recuerde que «para acercarse a comulgar es preciso estar en gracia de Dios y en ayunas desde una hora antes».
Este comentario me ha venido a la cabeza con ocasión del voto favorable a la legalización del aborto dado por algunos políticos que se consideran católicos. Como es sabido, antes de que se realizara la votación en el Parlamento, los obispos de España recordamos que, según la enseñanza ininterrumpida de la Iglesia, ningún católico podía votar a favor de legalizar ese crimen horrendo y que, si alguno lo hacía, se autoexcluía de la comunión eucarística. Añadíamos que para acercarse a la sagrada comunión era necesario confesarse previamente y reparar públicamente el escándalo.
Con posterioridad, algún parlamentario que votó a favor de la ley ha manifestado que ha seguido comulgando. La mayoría de los fieles ha desaprobado tal comportamiento, pero algunas personas de Iglesia han calificado como valiente y coherente tal proceder. No descarto que este apoyo verbal haya escandalizado a no pocos fieles.
Sea como fuere, me parece que no está de más recordar a la opinión pública cuál es la enseñanza de Jesucristo. Se encuentra en el Catecismo de la Iglesia Católica; libro que, como se sabe, es el que sirve de referencia a un católico a la hora de conocer cuál es la doctrina que debe profesar y practicar, y a la que debe atenerse, sobre todo en casos tan importantes y conflictivos como el que nos ocupa.
Pues bien, el Catecismo de la Iglesia es muy claro a la hora de señalar los requisitos que han de tener los actos humanos para ser moralmente buenos. Dice así: «El acto es moralmente bueno cuando supone, al mismo tiempo, la bondad del objeto, del fin y de las circunstancias. El objeto puede por sí solo viciar una acción, aunque la intención sea buena. No es lícito hacer el mal para conseguir un bien. Un fin bueno no hace buena una acción que de suyo sea en sí misma mala, porque el fin no justifica los medios. Las circunstancias pueden atenuar o incrementar la responsabilidad de quien actúa, pero no puede modificar la calidad moral de los actos mismos, porque no convierten nunca en buena una acción mala en sí misma» (Compendio, n. 368).
A nadie se le oculta que la aprobación de la ley del aborto es «mala en sí misma» y que, por tanto, ni la intención del parlamentario votante ni las circunstancias en que se encuentre pueden hacer nunca buena. Porque «el quinto mandamiento prohíbe, como gravemente contrarios a la ley moral» el homicidio directo y voluntario y el aborto directo, querido como fin o como medio (Compendio, n. 470). Es verdad que el legislador no realiza directamente el aborto, pero, al legalizarlo como un derecho, se hace cómplice. Porque, como puntualiza también el Catecismo, «tenemos responsabilidad en los pecados de los otros cuando cooperamos culpablemente a que se cometan» (Compendio, n.399). Más aún, contribuye a crear «estructuras de pecado», es decir, situaciones sociales o instituciones contrarias a la ley divina y que son efecto de pecados personales (Compendio, n. 400).
Ahora bien, como «para recibir la sagrada Comunión se debe estar plenamente incorporado a la Iglesia Católica y hallarse en gracia de Dios, es decir, sin conciencia de pecado mortal» (Compendio, n. 291), el católico que ha votado a favor del aborto «debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar» (Ibidem) y reparar el escándalo, reconociendo públicamente la maldad de su acción.
La Iglesia, que es madre y no madrastra, nada desea tanto como la reconciliación con Dios y con ella de sus hijos.

Mons. Francisco Gil Hellín
Arzobispo de Burgos

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