"¿Cáritas, una ONG? Pues no", carta de Mons. Santiago García Aracil

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Con excesiva frecuencia aparece en los medios de comunicación la referencia a Cáritas como una Organización No Gubernamental. No es así. Parece como si la referencia universal tuviera que ser el Gobierno político y sus instituciones, y toda realidad presente en la sociedad tuviera que reconocerse o definirse en relación con él.
Cáritas es la acción de la Iglesia una, santa, católica y apostólica, fundada por Jesucristo sobre el cimiento de los Apóstoles, y que está presente y obra en el mundo a lo largo de 2000 años aproximadamente. Un poco anterior al concepto y a la existencia de lo que hoy se entiende por Gobierno.
La acción caritativa y social de la Iglesia que, debidamente estructurada según las necesidades de los tiempos, ha venido en llamarse Cáritas, existe, aunque sin ese nombre, desde los orígenes de la misma Iglesia. De ello tenemos noticia en los mismos Evangelios. Algunos seguidores de Jesucristo, al ver a una mujer derramando un valioso perfume sobre el Señor mientras estaba en casa de Simón, y sorprendidos por el valor de aquel frasco, “se decían entre sí indignados: ¿Para qué este despilfarro de perfume? Se podía haber vendido este perfume por más de trescientos denarios y habérselo dado a los pobres. Y refunfuñaban contra ella” (Mc. 14, 4-5).
Hablar sin conocer
Me permito un inciso en este punto, para manifestar que la misma sorpresa e indignación se manifiesta en labios de muchos que miran a la Iglesia desde afuera sin conocer su realidad y la orientación esencial de su fraternal dinamismo. Debemos reconocer que hemos dado por supuesta, incluso entre los fieles asiduos, la formación básica necesaria para entender la doctrina y la actuación de la Iglesia.
Son muchos los que se sorprenden con indignación de que los templos sean bellos y de cuidada arquitectura, de que los vasos sagrados estén hechos de rico metal y con elegante orfebrería, de que los fieles cristianos procuren imágenes de bella factura y las adornen con ricas telas y valiosas joyas, mientras hay pobres en el mundo. Los que así piensan o reaccionan ignoran que todo ello es un signo de religiosa admiración, devota reverencia, sencilla devoción y esmerado culto a Dios, a la Santísima Virgen y a los santos que los cristianos han tributado y siguen tributando a lo largo de los tiempos. Nada de ello supone una injusta utilización de los bienes materiales en detrimento de la atención a los más desposeídos. La misma Iglesia ha sido pionera en la atención a los pobres aquejados por cualquier forma de carencia, tanto material como espiritual; y sigue dedicando a los más desposeídos grandes recursos personales y económicos que otras instituciones no llegan a atender a pesar de la responsabilidad social que les incumbe.
La primera en todo
A título de ejemplo, es de justicia manifestar que los primeros hospitales para los pobres, las escuelas de los pueblos y aldeas donde durante siglos no llegaba la atención gubernamental, los centros de acogida para ancianos carentes de atención familiar, los hospicios para niños abandonados, las instituciones dedicadas a proteger a los enfermos mentales, los comedores para personas carentes de los mínimos recursos de subsistencia, los guardarropas montados para el aseo personal y para un decoroso vestido de los indigentes, los lugares de acogida para los peregrinos e inmigrantes carentes de orientación y de los más elementales apoyos, los espacios donde recurrir quienes carecían de techo, y otras muchas instituciones y acciones más, fueron obra de la Iglesia y lo siguen siendo a lo largo de los tiempos, al modo como exigen las circunstancias, las necesidades actuales y la nuevas formas de pobreza. Para cerciorarse de ello, basta considerar las cifras que arrojan los informes actuales de Cáritas en estos tiempos de especiales carencias a causa de la crisis económica y de trabajo que estamos sufriendo. Los informes están publicados, y las informaciones constan en los medios de comunicación.
Es evidente, pues, que la generosidad que brota de la fe en el Señor Jesús es capaz de proveer los recursos que merecen las cosas de Dios y, al mismo tiempo, los medios para atender a las personas necesitadas, a quienes los cristianos debemos considerar verdaderamente como hermanos.
Pero volvamos al tema de estas líneas. El Señor manifiesta con toda claridad, que la atención a los pobres no es incompatible con la debida atención a Dios. Por eso dijo en aquella ocasión: “Pobres tendréis siempre con vosotros y podréis hacerles bien cuando queráis; pero a mí no me tendréis siempre” (Mc. 14, 7).
La acción caritativa en la Iglesia
La caridad en la Iglesia, como ejercicio de la fraternidad con los desposeídos, va unida al amor a Dios manifestado tanto en la materialidad de los templos, de las imágenes, de los objetos sagrados, etc. como en el ejercicio de la caridad con los hermanos. En esa doble e inseparable acción cristiana se cumple el mandato de Jesucristo de dar al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios. Deber este que, como se ve con toda claridad, no provoca el olvido de ninguno de los dos inseparables destinatarios, ni el desequilibrio entre ellos provocada por una visión parcial y sesgada.
El ejercicio de la caridad no puede faltar en la Iglesia. Y, como el ejercicio humano de cualquiera de nuestros deberes requiere planteamientos, organización, personas y recursos materiales, una comunidad cristiana como es la Diócesis, y una comunidad parroquial que hace presente a la Diócesis en los distintos lugares, ha de contar con personas, con recursos y con la debida organización tanto para la catequesis y las demás acciones pastorales, como para la acción caritativa y social que forma parte igualmente de la misión de la Iglesia.
Ningún cristiano, sea cual sea su condición, puede sentirse excusado del ejercicio de la caridad. Y cada cristiano debe ejercerlo de acuerdo con sus posibilidades y según su propia vocación recibida de Dios.
Ninguna institución ni asociación cristiana, se cual sea su estilo, su objetivo o su tarea concreta, desarrolla debidamente su identidad esencial si no cumple con el deber de la caridad para con los más necesitados.
Ninguna Comunidad Parroquial puede considerarse auténtica y viva, si no cuenta con un organismo encargado de llevar a término el cumplimiento del deber de la caridad para con el prójimo necesitado.
Tarea de todos
Los necesitados que entre todos debemos atender como hermanos nuestros, no son los que están de modo inmediato a nuestro alrededor o dentro del territorio propio de cada Parroquia o Diócesis. Todos los cristianos estamos comprometidos con todos los pobres, estén cerca o lejos de nuestro pueblo, de nuestra parroquia o de nuestro entorno más próximo. Por eso, la existencia de la organización Diocesana e interdiocesana, e incluso universal de Cáritas cumple en la Iglesia una función imprescindible para el conocimiento y atención de los desposeídos, así como para la justa administración de los bienes aportados por las distintas personas, grupos, asociaciones, instituciones, parroquias y diócesis..
Desde estas líneas, al subrayar la condición esencialmente eclesial de Cáritas, distintivo de las verdaderas comunidades cristianas, quiero hacer una llamada a quienes tienen responsabilidad en alguna de las realidades a que me refiero. Que cultiven la sensibilidad de los fieles ante la pobreza y su necesaria atención. Que asuman la responsabilidad personal e institucional que les incumbe como cristianos en esta dimensión eclesial. Que se abran a la acción caritativa y a la imprescindible colaboración diocesana e interdiocesana, de modo que sea posible atender al mayor número de necesidades y del modo más adecuado.
+ Santiago García Aracil.
Arzobispo de Mérida-Badajoz

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