"Buena noticia, libertad, gozo, luz, gracia", carta del obispo de Girona

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¡Lo bien que suenan en nuestros oídos tales palabras! Más aún cuando las experimentamos en nuestra propia vida y constatamos su concreción en el mundo, el gran mundo que reflejan los medios de comunicación, y en el más modesto de nuestra vida.
Atención pues en los inicios del evangelio de Lucas que se nos proclama en el presente domingo. Jesús, en Nazaret, en la sinagoga de su comunidad, leyendo un fragmento del profeta Isaías, uno de los grandes sabios de su pueblo, exclamaba: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”.
Por tanto, Él es la Buena Noticia para los desvalidos, la libertad para los oprimidos y los cautivos, la luz para los que no ven y no son capaces de hallar orientación para sus vidas y gracia o regalo para todos.
Que gran contraste si atendemos conversaciones, expresiones, tertulias, comentarios, e incluso -seamos sinceros- muy íntimos pensamientos.
Expresiones como “Jesús”, “cristianismo”, “vida cristiana”, “este es de Misa”, se relacionan con “mala noticia”, “oscurantismo”, “opresión”, “deber”, “prescripciones”, “cumplimiento”… No es necesario seguir porque todos las conocéis suficientemente.
Poco antes de mi ordenación presbiteral, era el año 1973, año convulso políticamente por la clandestinidad, y cristianamente por un pretendido afán de purificación de la Iglesia que quería echarlo todo por la borda, y no solo la suciedad, recibí una carta firmada por un grupo de jóvenes que, inspirados por consiliarios en crisis, me manifestaban que, pese a mi deseo, la ordenación presbiteral me colocaba entre los “opresores del pueblo”, independientemente de mi buena voluntad. Eran jóvenes que habían crecido en un ámbito de formación eclesial, pero tocados por vientos culturales, políticos y religiosos que soplaban en aquel momento.

Una chica magnífica, dotada de grandes cualidades, servicial, comprometida en la mejora de las condiciones de trabajo en su empresa, eran los años 78 y 79, fue rechazada por algunos sindicatos para presentarse como candidata en las elecciones al comité de empresa porque “olía a incienso”, y era verdad que participaba en la Eucaristía dominical.
Un profesor de instituto, hoy sería de secundaria, en el año 83, se reía públicamente en su clase de los jóvenes que participaban en los grupos de confirmación de la parroquia o en otras actividades pastorales.
Podría contar innumerables casos, incluso más actuales, pero los expuestos los considero suficientes como muestra de lo que sucede a menudo.

Por ello la cuestión, hoy fundamental, es cómo “cambiar el chip” de algunas personas; cómo hacer posible que confíen en Jesús, porque verdaderamente Él es la Buena Noticia para la vida humana; la verdadera libertad, el mejor de los regalos. Solo hay una respuesta: que cada cristiano, personalmente y comunitariamente como miembro de la Iglesia, lo creamos verdaderamente, lo celebremos, lo vivamos y se aprecie en nuestra vida cotidiana, y lo transmitamos como el mejor tesoro que se nos ha confiado. Deberemos hacerlo desde nuestra fragilidad humana, desde nuestras debilidades y pecados, pero siempre convencidos que lucimos una especie de cartel no escrito pero muy visible en el que puede leerse: “Soy cristiano por la gracia de Dios, y estoy contento de serlo”.
Solo así se podrá entender y creer que Jesús es BUENA NUEVA, LIBERTAD, GRACIA, LUZ, VIDA Y GOZO.

+ Francesc Pardo i Artigas
Obispo de Girona

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