"Menores e inmigración", carta de Mons. Juan José Asenjo

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Queridos hermanos y hermanas:
Celebramos en este domingo la Jornada Mundial de las Migraciones con el lema Los emigrantes y los refugiados menores de edad. Un año más es ésta una buena ocasión para que tomemos conciencia de las múltiples necesidades que tienen los inmigrantes, ante las que no podemos permanecer indiferentes. En los últimos años, nuestra Iglesia diocesana ha ido creando servicios a favor de estos hermanos nuestros: casas de acogida, centros de orientación y asesoramiento, espacios de encuentro e integración, etc. Igualmente ha crecido el número de personas que, urgidas por la caridad de Cristo, dedican parte de su tiempo a ayudarles. Alabo los esfuerzos de las comunidades parroquiales, que salen al encuentro de estos hermanos, los acogen e invitan a recorrer juntos el camino de la fe, vivida y celebrada comunitariamente en la parroquia, a la que los inmigrantes también enriquecen con savia nueva. Doy gracias a Dios por lo que entre todos vamos logrando. Hemos iniciado un camino de encuentro fraterno, acogida evangélica e integración de los inmigrantes en nuestras parroquias, ciudades, pueblos y barrios. Queda, sin embargo, mucho por hacer. Por ello, os invito a fortalecer nuestro compromiso cristiano en este sector pastoral, pues cada uno de los inmigrantes es alguien que nos pertenece, alguien de nuestra propia familia, la familia de los hijos de Dios.
En el mensaje para esta Jornada, después de afirmar que el emigrante es una persona con la misma dignidad y derechos fundamentales que nosotros, nos dice el Santo Padre Benedicto XVI que el fenómeno de las migraciones impresiona por el número de personas implicadas, por las problemáticas sociales, económicas, políticas, culturales y religiosas que plantea, y por los desafíos dramáticos que supone para las comunidades nacionales y para la comunidad internacional. Llama nuestra atención el Papa sobre un aspecto particular de este fenómeno: el número creciente de menores emigrantes, solos o acompañados. En este sentido, nos recuerda la advertencia de Cristo, que en el juicio final considerará referido a Él mismo todo lo que hacemos o dejamos de hacer “con uno sólo de estos más pequeños” (Mt 25, 40-45). Entre ellos se cuentan también los emigrantes y los refugiados menores de edad. Nos recuerda además Benedicto XVI que en su infancia el propio Jesús vivió la experiencia de la emigración, pues como nos dice el Evangelio, hubo de huir a Egipto, junto con María y José, para defenderse de la amenaza de Herodes (Mt 2, 14).
La Convención de los Derechos del Niño afirma rotundamente que siempre se han de salvaguardar los derechos fundamentales del menor, que son idénticos a los del adulto. Lamentablemente, sin embargo, esto no siempre sucede. Es verdad que la opinión pública vibra ante las violaciones de los derechos de los niños –por desgracia, menos ante los de los niños no nacidos– y que los legisladores arbitran medidas para proteger a los menores de edad. Sin embargo, muchos de ellos son abandonados y, en algunas partes del mundo, incluso explotados. Lo constató ya el Papa Juan Pablo II con estas dramáticas palabras: “He sido testigo de la desgarradora tragedia de millones de niños en los distintos continentes. Ellos son los más vulnerables porque son los que menos pueden hacer oír su voz”. Por ello, nuestras parroquias, la escuela católica y todas nuestras instituciones y servicios deben prestar una atención creciente a los niños inmigrantes, que necesitan un ambiente social que permita y favorezca su desarrollo físico, cultural, espiritual y moral, saliendo al paso de los muchos trastornos y dificultades, a veces graves, que sufren, especialmente aquellos que se ven privados del apoyo de su familia.
El Papa nos advierte sobre un aspecto peculiar de la emigración infantil: la situación de los niños nacidos en los países de acogida o la de los hijos que se reunieron con sus padres después de que éstos emigraran. Estos niños, adolescentes o jóvenes forman parte de dos culturas, con las ventajas que genera la doble pertenencia, que puede ser fuente de enriquecimiento al participar de dos tradiciones culturales diversas, pero que también puede conllevar inconvenientes, especialmente en el plano psicológico. En estos casos, dice el Papa que es importante que la sociedad les dé la posibilidad de acudir con regularidad a la escuela y de acceder posteriormente al mundo del trabajo, y que se facilite su integración gracias a estructuras formativas y sociales oportunas.
También las parroquias y las demás instituciones eclesiales, que ya vienen realizando una estimable tarea al servicio de los inmigrantes, deben tomar conciencia del desafío social y pastoral que plantea la condición de los menores emigrantes y refugiados. A todas ellas animo a escuchar las palabras de Jesús: “Fui forastero y me acogisteis” (Mt 25, 35), y también el primer mandamiento que Él nos dejó: amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas nuestras fuerzas y al prójimo como a nosotros mismos.
Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.

+ Juan José Asenjo Pelegrina
Administrador Apostólico de Córdoba

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