"¿Quién cree en los Reyes Magos?", escrito de Monseñor Santiago García Aracil

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Parece que la festividad de los Reyes Magos no podría existir sin la presencia y la admiración de los niños. Es la fiesta de su ilusión, de sus grandes sueños, de sus graciosas preguntas. Es también el día en que disfrutan los padres y los mayores de la familia observando el rostro y las reacciones de los más pequeños cuando reciben los regalos. Es un día precioso en el que la atención se centra en los más pequeños. En verdad, ése es su origen. Los Magos de Oriente se postraron ante el Niño Jesús, observando el conjunto de la Sagrada Familia, adoraron al recién nacido, y le ofrecieron sus regalos. El centro de aquella escena es Jesús, que vino a la Tierra como niño para que nosotros pudiéramos ir al cielo. No debe extrañarnos, pues, que, en su predicación, el Señor nos instara a ser como niños para poder entrar en el Reino de los cielos.
Sin embargo, esta festividad, profundamente enraizada en la cultura occidental, y de la que todos guardamos bellos recuerdos desde la más tierna infancia, es una celebración eminentemente adulta. Al menos así es su mensaje. Esos extraños y singulares personajes descubrieron al salvador del mundo gracias a una insistente curiosidad que les llevó a la serena y constante investigación en las Sagradas Escrituras, en las personas, y en la naturaleza. Penetraron la realidad profundizando en su rico significado; y la realidad misma les llevó ante su autor y redentor.
La actitud de los Reyes Magos no fue en absoluto pasiva esperando que la insistencia de otros llegara a convencerles y a moverles. Ellos mismos buscaron con tal interés que, cuando se enteraron de que el Rey de los Judíos había nacido, y que su estrella lucía como referencia para encontrarle, partieron con entusiasmo, presteza y valentía, dispuestos a afrontar las dificultades inherentes a la aventura de su viaje, e ilusionados por adorarle y ofrecerle sus valiosos dones.
Gran lección para nosotros que vivimos en una sociedad un tanto acostumbrada al bienestar, a la comodidad, a valorar las cosas por el interés primordialmente sensible que puedan suscitarnos, y peligrosamente habituados incluso a los misterios de Dios hasta considerarlos como el ambiente normal de nuestra existencia. Todo ello nos tienta a domesticarlo casi todo, tendiendo a reducir a nuestra medida los misterios del Señor, considerándonos libres de prestarle especial atención cuando ello requiere un cierto esfuerzo, o cuando hay que arriesgar o posponer otros intereses más inmediatos y más fácilmente perceptibles.
Para descubrir al Señor y profundizar en el misterio de su existencia y de su acción creadora y providente contamos con elementos formativos a nuestro alcance, y que apenas requieren esfuerzo. Para prestar al Señor la atención que merece, la misma Iglesia nuestra Madre nos brinda la participación en los sacramentos y la santificación del Domingo, del Día del Señor. Para procurar la cercanía de Dios y gozar de su intimidad y de su ayuda, contamos con recursos a nuestro alcance como son la oración personal y comunitaria, el testimonio y el apoyo de los buenos cristianos que viven cerca de nosotros. A pesar de todo, la vivencia cristiana se está quedando reducida, para muchos, a un mero hábito sociológico que apenas cala en la propia vida, y que carece del brillo necesario para ser luz del mundo.
El ejemplo de los Reyes Magos pone en evidencia nuestras actitudes y comportamientos, y supone una seria interpelación a nuestra conciencia para que analicemos el nivel de nuestra fe, la verdad de nuestra vida, y la disposición con que contamos para tomar cada vez más en serio cuánto significa y requiere la condición de cristianos. El Señor nos ha creado por amor; nos ha amado gratuita e infinitamente, se ha acercado a nosotros compartiendo nuestra misma naturaleza y nuestra historia, nos ha redimido dando su vida por nosotros, y nos busca constantemente saliéndonos al camino para que nos encontremos con él y le sigamos hacia la verdad, la justicia, el amor y la paz.
Ojalá descubramos en la fiesta de los Reyes Magos el inmenso regalo de su ejemplo, y nos decidamos a buscarle, a conocerle mejor, y a seguirle por el camino del Evangelio.
Santiago García Aracil.
Arzobispo de Mérida-Badajoz

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