El arzobispo de Tarragona dedica su carta semanal al Bautismo de Jesús

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JESÚS ACUDE A BAUTIZARSE
El domingo siguiente al día de Reyes, primero del tiempo ordinario, la Iglesia celebra el Bautismo del Señor, una fiesta que nos lleva a contemplar la misión de Cristo desde los mismos comienzos de su vida pública a los 30 años de edad. La iconografía representa la escena: Jesús metido en el cauce del Jordán, es bautizado por Juan, el último de los profetas, que en su indignidad parece darle el relevo como anunciador del Reino. Mientras Juan le bautiza, tras excusarse, se abren los cielos y se oye la voz del Padre en testimonio de su Hijo muy amado.
El agua de los ríos siempre ha tenido un simbolismo purificador. El Nilo, el Ganges, el Eufrates, el Tigris… con el fluir continuo permiten las abluciones religiosas. El Jordán, que enlaza, a través de 150 kilómetros, Galilea con el Mar Muerto, fue el río escogido por Jesús para esta purificación en su caso innecesaria.
Juan predicaba un bautismo de penitencia para remisión de los pecados y preparación para la llegada del Mesías. Y, para su sorpresa, ve a Jesús en la cola de los pecadores, como si necesitara de perdón aquel que es Dios mismo. “Soy yo el que necesito que me bautices ¿y acudes Tu a mí?” se queja Juan. “Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así toda justicia”, le responde Jesús con palabras misteriosas.
Benedicto XVI, que inicia su libro Jesús de Nazaret con un capítulo dedicado al Bautismo del Señor, constata que la interpretación de estas palabras está ligada a la pasión y muerte de Jesús en la cruz. El Salvador se pone a la cola de los pecadores para cargar en sus hombros los pecados del mundo, para ofrecer su vida en redención de todos.
Cuando Juan Pablo II, en un documento del año 2002, añade a los misterios del Santo Rosario, los cinco de la Luz, escoge como primero de ellos el Bautismo en el Jordán. Y señala su carácter trinitario viendo como entra en juego la acción de las tres personas: mientras Cristo entra en el agua, “la voz del Padre lo proclama Hijo predilecto, y el Espíritu desciende sobre El para investirlo de la misión que le espera”.
También para nosotros el bautismo tiene signo de misión. Los cristianos, por el bautismo, hemos sido configurados como hijos de Dios y somos llamados al apostolado, a llevar la buena nueva de Cristo a todas las gentes, según el mandato del Señor resucitado cuando dice a sus discípulos que vayan por todo el mundo y bauticen “en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo!”(Mt 28,19).
¡Que se note que hemos sido bautizados! Que no se nos seque el agua del bautismo en nuestro actuar diario. Que las personas que nos conocen, puedan decir: este es hombre o mujer de paz, es persona que respeta y ama, tiene fe, sigue los pasos de Cristo.
† Jaume Pujol Balcells
Arzobispo de Tarragona

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