Benedicto XVI señala en su homilía de Epifanía que al hombre le falta humildad y valentía para creer en lo que es verdaderamente grande

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“En esta Solemnidad de la Epifanía del Señor, la gran luz que se irradia desde la Gruta de Belén, a través de los Magos provenientes de Oriente, inunda a toda la humanidad”. Éste es el mensaje que ha reiterado Benedicto XVI en su homilía de la Santa Misa que ha presidido en la mañana del día 6 de enero en la Basílica Vaticana, haciendo hincapié en que la primera lectura, tomada del Libro del profeta Isaías, y la del Evangelio de Mateo, nos presenta la promesa y su cumplimiento, según ha difundido Radio Vaticano-
“La gran luz de Dios, después de las humillaciones sufridas por el pueblo de Israel de parte de las potencias de este mundo, aparentemente sin poder e incapaz de proteger a su pueblo, surgirá sobre toda la tierra de forma que los reyes de las naciones se inclinarán ante él, llegarán de todos los confines de la tierra y pondrán a sus pies sus tesoros más preciosos. Y el corazón del pueblo se estremecerá de alegría”.
Ambas, la visión de Isaías y la narración de Mateo -si bien ésta podría parecer más “pobre”- nos presentan una realidad destinada a marcar toda la historia, ha explicado el Santo Padre, destacando que lo que nos narra el evangelista, no es un episodio de menor cuidado, que acaba con el regreso apresurado de los Magos a sus propias tierras.
“Todo lo contrario, es un comienzo. Esos personajes provenientes de Oriente no son los últimos, sino los primeros de la gran procesión de aquellos que, a través de todas las épocas de la historia, saben reconocer el mensaje de la estrella, saben recorrer los caminos indicados por la Sagrada Escritura y saben encontrar, así, a Aquel que aparentemente es débil y frágil, y que, sin embargo, tiene el poder de donar la alegría más grande y más profunda al corazón del hombre. En Él, en efecto, se manifiesta la realidad estupenda que Dios nos conoce y está cerca de nosotros, que su grandeza y potencia no se expresan en la lógica del mundo, sino en la lógica de un niño inerme, cuya fuerza es sólo la del amor que se encomienda a nosotros”.
En el camino de la historia, hay personas iluminadas por la luz de la estrella, que encuentran el camino y llegan a Dios. Todas viven, cada una a su modo, la experiencia de los Magos, ha señalado Benedicto XVI, explicando luego el significado de los dones que los mismos Magos habían presentado a Jesús.
Oro, incienso y mirra que, ciertamente no responden a las necesidades que en ese momento tenía la Sagrada Familia: “Pero estos dones tienen un significado profundo: son un acto de justicia. En efecto, según la mentalidad vigente en aquel tiempo en Oriente, representan el reconocimiento de una persona como Dios y Rey: son, es decir, un acto de sumisión. Quieren decir que desde aquel momento los donadores pertenecen al soberano y reconocen su autoridad. La consecuencia que deriva de ello es inmediata. Los Magos ya no pueden proseguir su camino, ya no pueden volver donde Herodes, ya no pueden ser aliados de aquel soberano potente y cruel. Han sido conducidos para siempre por el camino que lleva al Niño, la senda que los llevará a descuidar a los grandes y potentes de este mundo y los llevará a aquel que nos espera entre los pobres, el camino del amor que solo puede transformar el mundo”.
El mundo ya no puede ignorar la luz de Belén. A los que la han acogido, reconociendo en Cristo a nuestro rey y sacerdote, nos falta sólo testimoniarlo, cambiando el rumbo de nuestra vida, ha recordado el Papa evocando a san Agustín y poniendo de relieve que es evidente que la promesa de Isaías y su cumplimiento en el Evangelio de Mateo y que en el pesebre deseamos reproducir, no son un simple sueño o un vano juego de emociones sin vigor y realidad.
“Es la Verdad que se irradia en el mundo, aunque Herodes parece ser más fuerte y aquel Niño parece poder ser echado entre aquellos que no tienen importancia, o incluso pisoteado. Pero sólo en aquel Niño se manifiesta la fuerza de Dios, que reúne a los hombres de todos los siglos, para que bajo su señoría recorran el camino del amor, que transfigura al mundo. Y sin embargo, aunque los pocos de Belén se han vuelto muchos, los creyentes en Jesucristo parecen ser siempre pocos. Muchos han visto la estrella, pero pocos han comprendido su mensaje”.
También en este contexto, el Papa ha citado a san Agustín, recordando que los estudiosos de la Escritura del tiempo de Jesús conocían perfectamente la palabra de Dios pero “les pasó como a las piedras millares, que indican el camino y que se quedan inmóviles”. Tras preguntar cuál es la razón que hace que algunos vean y encuentren y otros, no lo logren, aún indicando el camino a los demás, Benedicto XVI se ha referido a la presunción y demasiada seguridad de quienes creen conocer toda la verdad y no están abiertos a la aventura de un Dios que los quiere encontrar. Confían en sí mismos más que en Dios y nos les parece posible que “Dios sean tan grande que puede hacerse pequeño para poderse acercar verdaderamente a nosotros”.
“Lo que falta, en fin de cuentas, es la humildad auténtica, que sabe someterse a lo que es más grande, pero también la valentía auténtica, que lleva a creer en lo que es verdaderamente grande, aunque se manifieste en un Niño inerme. Falta la capacidad evangélica de ser niños en el corazón, de asombrarse y de salir de sí mismos, para encaminarse por la senda que indica la estrella, la senda de Dios. Pero el Señor tiene el poder de hacer que seamos capaces de ver y de salvarnos. Queramos pues pedirle a Él que nos dé un corazón sabio e inocente, que nos consienta ver la estrella de su misericordia, de encaminarnos por su senda, para encontrarlo y ser inundados por la gran luz y la verdadera alegría que nos ha traído a este mundo ¡Amén!”.

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