Arzobispo de Toledo: “La paz se edifica cada día con la aportación de todos”

bRAULIO
El arzobispo de Toledo, Mons. Braulio Rodríguez Plaza, ha presidido en la mañana del día primero del año la Santa Misa en la Catedral Primada, con motivo de la solemnidad de Santa María, Madre de Dios, y de la Jornada Mundial de la Paz. En la homilía, Mons. Rodríguez Plaza ha recordado que la paz, “este gran anhelo del corazón de todo hombre y mujer se edifica, día tras día, con la aportación de todos”.
En este sentido, ha recordado “aquel sabio consejo del Vaticano II: La humanidad no logrará ‘un mundo más humano para todos los hombres, en todos los lugares de la tierra, a no ser que todos, con espíritu renovado, se conviertan a la verdad de la paz’ (GS, 77). Pero nuestra sociedad soporta con dificultad la verdad”, ha añadido.
“Sería bueno -ha dicho también- convencernos de que ‘en verdad, la paz –como decía el Santo Padre el 31.12.2008- donde y cuando el hombre se deja iluminar por el resplandor de la verdad, emprende él de modo casi natural el camino de la paz’. Ahí tenemos una realización concreta y adecuada de eso se ve en el pasaje evangélico que acaba de proclamarse, en el que hemos contemplado la escena de los pastores en camino hacia Belén para adorar al Niño (cfr. Lc 2,16). ¿No son los pastores, que el evangelista san Lucas describe en su pobreza y en su sencillez obedeciendo al mandato del ángel y dóciles a la voluntad de Dios, la imagen más fácilmente accesible a cada uno de nosotros del hombre y la mujer que se deja iluminar por la verdad, capacitándose así para construir un mundo de paz?”
Es muy ilustrativo, en este sentido, lo que dice Benedicto XVI en el mensaje para la XLIII Jornada Mundial de la Paz: Señala el Santo Padre que “cuando se considera a la naturaleza, y al ser humano en primer lugar, simplemente como fruto del azar o del determinismo evolutivo, se corre el riesgo de que disminuya en las personas la conciencia de la responsabilidad. En cambio, valorar la creación como un don de Dios a la humanidad nos ayuda a comprender la vocación y el valor del hombre (…). Contemplar la belleza de la creación es un estímulo para reconocer el amor del Creador, ese amor que `mueve el sol y las demás estrellas´” (n. 2).
En su homilía, el primado ha recordado también que “el primer día del año está puesto bajo el signo de una mujer, María. El tercer evangelista la describe como la Virgen silenciosa, en constante escucha de la Palabra eterna, que vive de la Palabra de Dios. María conserva en su corazón las palabras que vienen de Dios y, uniéndolas como en un mosaico, aprende a comprenderlas. En su escuela queremos aprender también nosotros a ser discípulos atentos y dóciles del Señor”.
Por eso ha dicho que “con su ayuda maternal deseamos comprometernos, como hijos de la Iglesia de Toledo, a trabajar solícitamente en la “obra” de la paz, tras las huellas de Cristo, Príncipe de la paz”.
Finalmente se ha referido al Congreso Eucarístico nacional que se celebrará este año en Toledo: “Dos mil diez es año de Congreso Eucarístico, de mostrar y valorar la Presencia de Cristo Sacramentado en medio de nuestra comunidad cristiana, para que los jóvenes tengan a Alguien en quien confiar y apoyar su vida. Los jóvenes son nuestro empeño: nuestro primer empeño y tarea pastoral es que a ellos sea anunciado el Dios vivo, el Dios que se revela a su Pueblo, el Dios de nuestros padres, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, que está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. Una vida sin nuestro Dios es una vida truncada”.

TEXTO COMPLETO DE LA HOMILÍA DE MONS. RODRÍGUEZ PLAZA
LA PAZ SE EDIFICA CADA DÍA CON LA APORTACIÓN DE TODOS

Homilía del Sr. Arzobispo de Toledo, Primado de España,
en la solemnidad de Santa María, Madre de Dios
Jornada Mundial de la Paz

1 de enero de 2010
Santa Iglesia Catedral Primada

En la liturgia del 1º de enero nuestra mirada sigue fija en el gran misterio de la encarnación del Hijo de Dios, mientras, con relieve especial, contemplamos la maternidad de la Virgen María. Es verdad que, tras pasar a un año nuevo, el fin del año civil se entrecruzan en nosotros dos perspectivas distintas: la primera, vinculada a la nochevieja; la segunda, a la solemnidad de María santísima Madre de Dios, que concluye la octava de la santa Navidad. El primer acontecimiento es común a todos; el segundo es propio de los cristianos.
La primera perspectiva, muy sugerente, está vinculada a la dimensión del tiempo. En las últimas horas de cada año solar asistimos al repetirse de algunos “ritos” mundanos que, en el contexto actual, están marcados sobre todo por la diversión, con frecuencia vivida como evasión de la realidad, como para exorcizar los aspectos negativos y favorecer improbables golpes se suerte.
La actitud de la comunidad cristiana ha de ser diferente. Y no siempre es así. Porque la Iglesia está llamada a vivir las horas últimas del año haciendo suyos los sentimientos de la Virgen María. Juntamente con Ella, en este primero de enero, estamos invitados a tener fija la mirada en el Jesús Niño, nuevo Sol que ha surgido en el horizonte de la humanidad y no lo ha abandonado; nosotros, confortados por su luz, estamos también invitados a presentar con presteza a este Niño “las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de todos los afligidos” (GS, 1).
En la segunda lectura de hoy (Gál 4,4-7), el Apóstol alude de un modo muy discreto a la mujer por la que el Hijo de Dios entró en el mundo: María de Nazaret, la Madre de Dios, la Theotókos. Al inicio, pues, de un nuevo año se nos invita a entrar en su escuela, en la escuela de la fiel discípula del Señor, para aprender de Ella a acoger en la fe y en la oración la salvación que Dios quiere derramar sobre los que confían en su amor misericordioso. Hagámoslo.
La salvación es don de Dios. En la primera lectura (Num 6,22-27) esta salvación se presenta como bendición: “El Señor te bendiga y te proteja (…); el Señor se fije en ti y te conceda la paz”. Es la bendición que los sacerdotes del AT solían invocar sobre el Pueblo al final de las grandes fiestas litúrgicas, especialmente en la fiesta del año nuevo. Es un texto denso, marcado por el nombre del Señor que viene, repetido al inicio de cada versículo. Pero una bendición del Señor tiende a realizar lo que afirma. En efecto, en el pensamiento semítico la bendición del Señor produce, por su propia fuerza, bienestar y salvación, como la maldición procura desgracia y ruina.
La Liturgia de la Iglesia, al presentarnos nuevamente esta antigua bendición en el inicio del año solar, es como si quisiera impulsarnos a invocar también nosotros la bendición el Señor para el nuevo año que comienza, a fin de que sea para todos nosotros una año de prosperidad y paz. ¡La paz! Este gran anhelo del corazón de todo hombre y mujer se edifica, día tras día, con la aportación de todos. No olvidemos aquel sabio consejo del Vaticano II: La humanidad no logrará “un mundo más humano para todos los hombres, en todos los lugares de la tierra, a no ser que todos, con espíritu renovado, se conviertan a la verdad de la paz” (GS, 77). Pero nuestra sociedad soporta con dificultad la verdad.
Sería bueno convencernos de que “En verdad, la paz –como decía el Santo Padre el 31.12.2008- donde y cuando el hombre se deja iluminar por el resplandor de la verdad, emprende él de modo casi natural el camino de la paz”. Ahí tenemos una realización concreta y adecuada de eso se ve en el pasaje evangélico que acaba de proclamarse, en el que hemos contemplado la escena de los pastores en camino hacia Belén para adorar al Niño (cfr. Lc 2,16). ¿No son los pastores, que el evangelista san Lucas describe en su pobreza y en su sencillez obedeciendo al mandato del ángel y dóciles a la voluntad de Dios, la imagen más fácilmente accesible a cada uno de nosotros del hombre y la mujer que se deja iluminar por la verdad, capacitándose así para construir un mundo de paz?
Es muy ilustrativo, en este sentido, lo que dice Benedicto XVI en el mensaje para la XLIII Jornada Mundial de la Paz: Señala el Santo Padre que “cuando se considera a la naturaleza, y al ser humano en primer lugar, simplemente como fruto del azar o del determinismo evolutivo, se corre el riesgo de que disminuya en las personas la conciencia de la responsabilidad. En cambio, valorar la creación como un don de Dios a la humanidad nos ayuda a comprender la vocación y el valor del hombre (…). Contemplar la belleza de la creación es un estímulo para reconocer el amor del Creador, ese amor que `mueve el sol y las demás estrellas´” (n. 2).
Volvamos al evangelio de hoy. Nos dice san Lucas: “María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón” (Lc 2,19). El primer día del año está puesto bajo el signo de una mujer, María. El tercer evangelista la describe como la Virgen silenciosa, en constante escucha de la Palabra eterna, que vive de la Palabra de Dios. María conserva en su corazón las palabras que vienen de Dios y, uniéndolas como en un mosaico, aprende a comprenderlas. En su escuela queremos aprender también nosotros a ser discípulos atentos y dóciles del Señor.
Con su ayuda maternal deseamos comprometernos, como hijos de la Iglesia de Toledo, a trabajar solícitamente en la “obra” de la paz, tras las huellas de Cristo, Príncipe de la paz. 2010 es año de Congreso Eucarístico, de mostrar y valorar la Presencia de Cristo Sacramentado en medio de nuestra comunidad cristiana, para que los jóvenes tengan a Alguien en quien confiar y apoyar su vida. Los jóvenes son nuestro empeño: nuestro primer empeño y tarea pastoral es que a ellos sea anunciado el Dios vivo, el Dios que se revela a su Pueblo, el Dios de nuestros padres, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, que está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. Una vida sin nuestro Dios es una vida truncada.
A Nuestra Señora encomendamos la vida de nuestros sacerdotes en este año sacerdotal; también la de los fieles y consagrados de nuestra Iglesia; las dificultades de los padres, los problemas de la transmisión de la fe, la presencia de los cristianos en la vida pública, la suerte de los no nacidos en riesgo de ser abortados, el dolor de los pobres y los enfermos, la fe sentida de los mayores. Siguiendo el ejemplo de la Virgen Santísima, queremos dejarnos guiar siempre y sólo por Jesucristo, que es el mismo ayer, hoy y siempre (cf. Heb 13,8). Amén.

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