Recuperar la confianza

amanecer
/ Por José María Gil Tamayo
Estamos en el último día de 2009 y puede ser una buena oportunidad para hacer también balance de nuestra vida en este año que termina, como se hace en otro orden de cosas a final de un ejercicio económico y pienso que sería bueno que hiciéramos otro tanto con nuestra vida. Ya sé que es mucho pedir en un día como éste.
Pero sería bueno pararse un poco y recordar cuáles eran nuestras previsiones o proyectos para este año y si los hemos cumplido en el trabajo o en la vida de familia. Si hemos cumplido las expectativas como personas de bien: si hemos crecido en bondad, en valores, en religiosidad, en cariño.
Seguro que, si somos sinceros, en esto, como en tantas otras cosas, va mucho del “dicho al hecho” y puede que, incluso, hayamos tenido un mal año en el que no han faltado desgracias, enfermedades, e incluso hayamos sufrido de manera cercana el golpazo de la muerte. Esta distancia entre las humanas previsiones y los resultados reales quizá nos produzcan decepción, desilusión, y como efecto secundario hasta el desaliento. Pero no podemos ir por ese derrotero negativo.
A poco que nos conozcamos a nosotros mismos y hayamos vivido un poco nos damos cuenta de que el error y el errar forman parte de lo humano ya desde los comienzos, sin que reconocer eso signifique pactar con la mediocridad o cortar toda tentativa de superación, pero sí nos llenará de humildad para no desanimarnos cuando comprobamos que no somos perfectos, que no llegamos donde esperábamos, que los propósitos de la enmienda nos duran sólo unos días y es volvemos a los defectos de siempre.
Pero, tenemos solución para nuestra debilidad, y nunca está en la desesperanza. El propio san Pablo hace esta confesión de sí mismo en su Carta a los Romanos: “Realmente, mi proceder no lo comprendo –señala– pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco… querer el bien lo tengo a mi alcance, mas no el realizarlo, puesto que no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero… Descubro, pues, esta ley: aun queriendo hacer el bien, es el mal el que se me presenta…¡Pobre de mí! ¿Quién me librará? ¡Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo nuestro Señor!” (Rom 7, 15-25).
Jesucristo es efectivamente quien nos hace recobrar la esperanza. Él nos ha dicho que Dios nos perdona no sólo siete veces sino setenta veces siete, es decir siempre. Nos pone la cuenta a cero cuando acudimos a su perdón, nos saca de números rojos. Dios siempre nos da nuevas oportunidades. Vamos a dárnosla a nosotros mismos y a los demás con nuestra compresión hacia ellos, ya que si a nosotros nos cuestas ser buenos por qué nos extraña que a los demás les pase igual. Feliz despedida de año y lo mejor para 2010.

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