Homilía del arzobispo de Santiago en la misa de apertura del Año Santo Compostelano

Mons_Barrio
APERTURA de la PUERTA SANTA
31 de diciembre de 2009
“Vendrán de todos los pueblos, proclamando las alabanzas del Señor” (Ps 86,9). Junto a la tumba del Apóstol Santiago esta tarde confesamos nuestra fe en Jesucristo, sabiendo que la misión encomendada y la llamada a beber el cáliz del Señor están inseparablemente unidas, como lo vivió el Apóstol. “No tenemos poder alguno contra la verdad, sólo a favor de la verdad” (2Cor 13,8), para ser así servidores de la fe.
Saludo con afecto al Sr. Delegado Regio, al Señor Alcalde, a las autoridades y representaciones. Saludo también en la caridad pastoral al Sr. Nuncio de Su Santidad, a los Sres. Obispos, a los miembros del Cabildo, a los sacerdotes, miembros de vida consagrada, seminaristas y laicos. Saludo a los peregrinos y a cuantos, a través de la radio y de la televisión, se unen a nosotros para participar en este acontecimiento de trascendente significado espiritual e histórico. Aquí, en el año 1122, se celebró el primer Año Santo de la historia eclesial. Nuestra Diócesis es consciente de este don que la providencia de Dios le ha confiado.

Encuentro con Cristo
Acabamos de abrir la Puerta Santa y entrar por ella con profundo gozo espiritual, comenzando así el Año Santo, Año de gracia del Señor, que nos llama a revitalizar nuestra vida cristiana, suscitando una fuerza de salvación para la nueva humanidad que espera verse liberada de la esclavitud del pecado “para alcanzar la libertad y la gloria de los hijos de Dios” (Rom 8,21). También hoy el Señor nos dice: “El Espíritu está sobre mí porque me ha ungido para proclamar un año de gracia del Señor”.
En nuestra condición de hijos de la Iglesia peregrinante vamos al encuentro con Cristo, el hombre nuevo, en el que irradia la verdadera luz para el misterio del ser humano. En Él, el hombre nuevo, encuentra su verdadera luz el misterio del ser humano. Sólo Él, presente en nuestras alegrías y temores, dudas y esperanzas, tiene palabras de vida eterna y es la verdadera Puerta, simbolizada en ésta por la que hemos pasado. Es Él quien entra por ella con la bondad y misericordia divinas para llevarnos a Dios Padre que nos ha mostrado su amor cuando todavía éramos pecadores.
Esta benevolencia de Dios nos pide vivir nuestra condición de peregrinos con la paciencia de la esperanza y con la fortaleza de la gracia en la que hemos sido salvados (Rom 8,24), iluminando con la verdad del Evangelio la visión de un mundo reconciliado y renovado en Jesucristo, nuestro Salvador. Peregrinos hacia la luz, hemos de valorar nuestra vida interior, yunque en que Dios labra la identidad cristiana y la autenticidad. “El drama de la cultura actual es la falta de interioridad, la ausencia de contemplación. Sin interioridad la cultura carece de entrañas y el hombre moderno pone en peligro su misma integridad”1. Frente a la cultura del gran vacío que despersonaliza, se nos llama a afirmar la presencia de Dios que siempre humaniza y a reconocer a Cristo, quien peregrina a nuestro lado como lo hizo con los discípulos de Emaús.
Con el Apóstol contemplamos el rostro misericordioso de Cristo que resucita a la hija de Jairo, el rostro transfigurado que nos revela la gloria del Padre, el rostro doliente en el huerto de los Olivos que se hace rostro de pecado para devolver al hombre su condición nueva y el rostro del Resucitado quien en medio de la lucha ciertamente dramática entre el bien y el mal, entre la luz y la tinieblas, entre la vida y la muerte, fortalece nuestra esperanza por el poder y la gracia de Dios “que da vida a los muertos y llama a la existencia a lo que no existe” (Rom 4,17).

Testigos de la novedad de vida de Cristo
Cristo es la novedad de la Iglesia, es nuestra novedad que nos compromete a mirar el rostro de las personas no para considerarlas como material de descarte, sino para hacer propio el drama de muchas de ellas, sabiendo que con Dios podemos construir una sociedad para todos y que sin Dios todo se convierte en objeto de compraventa. En este Santuario del Apóstol nos espera la misericordia de Dios que ha venido a buscar a todos, a los justos y a los pecadores. Es el misterio permanente de la historia humana que, hasta el día de la plena revelación de la gloria de los hijos de Dios, seguirá perturbada por el pecado. “La Iglesia, persiguiendo la finalidad salvífica que es propia de ella, no sólo comunica al hombre la participación en la vida divina, sino que también difunde, de alguna manera, sobre el mundo entero la luz que irradia esta vida divina, principalmente sanando y elevando la dignidad de la persona humana, afianzando la cohesión de la sociedad y procurando a la actividad cotidiana del hombre un sentido más profundo, al impregnarla de una significación más elevada. Así la Iglesia, por cada uno de sus miembros y por toda su comunidad, cree poder contribuir ampliamente a humanizar cada vez más la familia humana y toda su historia” (GS 40).

Fortalecer la esperanza
Amados hermanos y hermanas, volvamos nuestra mirada a Dios. El Año santo nos invita a despertar nuestra religiosidad para reconocer los dones de Dios y desplegar el gozo de ser semillas de una nueva creación, siendo signo de esperanza en la sociedad actual y respondiendo a nuestra vocación de eternidad y a la llamada irrenunciable a la santidad para no frustrar la gracia de la salvación en nuestras vidas.
Es urgente iluminar con la luz de la fe las cuestiones que conciernen al presente y al futuro de la sociedad, mantenerse vigilantes frente a los ídolos que nos llevan al desaliento y a la muerte, manifestar un amor activo y concreto con cada ser humano, y fortalecer la esperanza cristiana que en el día a día ayuda a superar la preocupación angustiosa por el presente, y el escepticismo que nos dificulta el ejercicio de la caridad. En medio del proceso de descristianización, el Año Santo no es una huida espiritualista ni un discurso religioso vacío sino un compromiso para acoger la gracia de Dios, construir la civilización del amor y discernir cristianamente la realidad cuando se han visto radicalmente sacudidas las certezas fundamentales que conforman la vida de los seres humanos. El Año Santo Compostelano es faro de luz y fuente de gracia para el hombre actual sumergido en una profunda crisis moral, cultural y social.

Exhortación final
Anímovos a cultivar os lazos persoais e sociais, revalorizando a amizade e a solidariedade, a xustiza e a misericordia; a audacia e a creatividade. As novas realidades esixen novas respostas cun espírito aberto e discernimento construtivo, sen virar as costas aos desafíos do tempo presente. Invítovos a ser testemuñas da ledicia e da gratuidade no medio da tiranía do utilitarismo, e da amargura, recoñecendo no día a día os dons de Deus en actitude de adoración e de gratitude.
Pido ao Señor que se logren os froitos de evanxelización e paz espiritual que buscan os peregrinos, desde a súa pluralidade de vivencias existenciais e crentes. Estean en cada un de nós os sentimentos e o espírito de María para glorificar ao Señor. El “vos bendiga, e vos protexa, faga brillar sobre vós o seu rostro e vos conceda o seu favor; o Señor se fixe en vós e vos conceda a paz”. Moitas grazas ao Santo Pai pola súa mensaxe e polas súas benevolentes atencións con esta Igrexa de Santiago de Compostela. Agradezo a colaboración de todas as institucións e persoas en orde a unha fructuosa celebración do Ano Santo e a unha agarimosa acollida do peregrino en sintonía coa preocupación pastoral da peregrinación. O peregrino que ven lémbranos a nosa condición de peregrinos na terra e ha de ser acollido e tratado con amor en nome de Deus.
que o ama. Acabamos de escoitar no Evanxeo que os pastores volveron glorificando e louvando a Deus por canto viran e oíran. Deus queira que sentíndonos peregrinos por graza vivamos esta mesma experiencia. Que Santiago de Compostela sexa “unha cidade de innumerables referencias para innumerables pobos”, a capital espiritual da unidade europea. Así o espero da axuda do Señor Santiago e da protección da Virxe Peregrina, Porta do Ceo. Baixo o seu amparo poñemos todos os acontecementos deste Ano Santo. Que Ela nos acompañe e guíe os nosos pasos para que este ano sexa un tempo de viva espiritualidade e de renovación social. Amén.
+Julián Barrio Barrio,
Arzobispo de Santiago de Compostela

Traducción del gallego
Exhortación finalOs animo a cultivar los lazos personales y sociales, revalorizando la amistad y la solidaridad, la justicia y la misericordia; la audacia y la creatividad. Las nuevas realidades exigen nuevas respuestas con un espíritu abierto y discernimiento constructivo, sin dar la espalda a los desafíos del tiempo presente. Os invito a ser testigos de la alegría y de la gratuidad en medio de la tiranía del utilitarismo, y de la amargura, reconociendo en el día a día los dones de Dios en actitud de adoración y de gratitud.
Pido al Señor que se logran los frutos de evangelización y paz espiritual que buscan los peregrinos, desde su pluralidad de vivencias existenciales y creyentes. Estén en cada uno de nosotros los sentimientos y el espíritu de María para glorificar al Señor. El “os bendiga, y os proteja, haga brillar sobre vosotros su rostro y os conceda su favor; el Señor se fije en vosotros y os conceda la paz”. Muchas gracias al Santo Padre por su mensaje y por sus benevolentes atenciones con esta Iglesia de Santiago de Compostela. Agradezco la colaboración de todas las instituciones y personas en orden a una fructuosa celebración del Año Santo y a una cariñosa acogida del peregrino en sintonía con la preocupación pastoral de la peregrinación. El peregrino que viene nos recuerda nuestra condición de peregrinos en la tierra y ha de ser acogido y tratado con amor en nombre de Dios que lo ama. Acabamos de escuchar en el Evangelio que los pastores volvieron glorificando y alabando a Dios por cuanto habían visto y oído. Dios quiera que sintiéndonos peregrinos por gracia vivamos esta misma experiencia. Que Santiago de Compostela sea “una ciudad de innumerables referencias para innumerables pueblos”, la capital espiritual de la unidad europea. Así lo espero de la ayuda del Señor Santiago y de la protección de la Virgen Peregrina, Puerta del Cielo. Bajo su amparo ponemos todos los acontecimientos de este Año Santo. Que Ella nos acompañe y guíe nuestros pasos para que este año sea un tiempo de viva espiritualidad y de renovación social. Amén.

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