“Noche de amor y de luz”, carta dominical del arzobispo de Barcelona

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En medio del silencio y de la pobreza, Jesús nació en una cueva de las afueras de Belén. De eso hace ya unos dos mil años. Aquella noche las tinieblas envolvían la Tierra en un profundo secreto. Sin embargo, una claridad esplendorosa iluminó por poco rato a los pastores mientras escuchaban el anuncio inesperado, el eco del cual va más allá del tiempo y del espacio. “Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, que es Cristo, el Señor”.
Aquellos pastores “fueron deprisa” a la cueva, y allí, con la única señal de un niño en pañales recostado en un pesebre, adoraron al niño Dios. Aquellos pastores son un ejemplo de búsqueda constante de Dios. El conocido escritor francés Quoist dice que “consciente o inconscientemente tú tienes hambre de Dios: tú tienes necesidad de una palabra que resuene hasta el infinito”.
Los caminos de la búsqueda de Dios son diversos y diferentes. Para algunas personas son sencillos; pero para otras resultan difíciles y angustiosos. Lo que resulta indispensable es acudir a Belén, no cansarse cuando uno sigue una ruta a menudo envuelta por la oscuridad de la duda, de la soledad de la búsqueda y de la inquietud de la incertidumbre. Dios hecho niño espera en la cuna el beso de la fe. ¡Noche Santa de Navidad! Es la noche del encuentro del Dios de la paz con los hombres y mujeres que lo buscan con sincero corazón.
Aquella noche de la primera Navidad se convirtió en una “noche de luz”. Porque era “noche de amor”. Aquel niño de la cueva de Belén no inspira tan sólo amor, sino que él en persona es el Amor. Es la manifestación del amor de Dios hacia toda la humanidad.
La historia de la humanidad contemplada a ras del suelo y sin la luz que viene de la cueva de Belén conduce a un absurdo. La humanidad se ha cansado de buscar soluciones huyendo de Dios: en la ciencia, en el progreso y en todo tipo de ídolos metafísicos que, uno tras otro, se han convertido en polvo.
Tenía razón quien afirmó que la Europa del inicio del siglo XXI parece un continente envejecido, lleno de temor, esclavo de una soberbia académica y saturado de una frialdad glaciar. Esta Europa de raíces cristianas ha de volver a la cueva de Belén para prender, una vez más, el gran mensaje del verdadero amor.
¡Estamos todavía lejos de la cueva de Belén! Jesús, el príncipe de la paz, se esfuerza en predicar la paz a todos los hombres, fundamentada en el amor a Dios y a los hermanos con la misma calidad de amor con el que Él mismo nos ha amado.
¡Os deseo a todos una Feliz Navidad, llena de amor y de luz!


+ Lluís Martínez Sistach
Cardenal arzobispo de Barcelona

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