“Y Jesús entró en la Historia”, carta del arzobispo de Tarragona

pujol
Al contemplar la Navidad, la feliz y discreta entrada del Hijo de Dios en la historia humana, podemos preguntarnos qué hubiéramos hecho nosotros para diseñar un plan de salvación de la humanidad. Seguramente se nos habría ocurrido que el personaje esperado por los profetas y por el pueblo desde hacía tantos siglos irrumpiera en el mundo revestido de poder y majestad; que naciera en Roma, centro del imperio, o en Jerusalén, la gran capital política y religiosa de Palestina, si se trataba de que naciera allí.
Dios hizo justamente lo contrario. Buscó una pequeña aldea, Belén y en ella una cueva que servía de establo a los animales y nadie se enteró aquella noche del hecho excepto un grupo de pastores que guardaban sus rebaños en las cercanías. En la Edad Media, a la presencia de la Virgen y de San José los artistas añadieron con fines teológicos un buey y una mula. Y este fue el escenario: el dueño del mundo no encontró posada.
El Hijo de Dios nace en medio de un paisaje mitad desierto, mitad campo cultivado con abundancia de trigo y presencia de vides y olivos, higueras y palmeras. El pan de trigo y el vino los tomará luego Jesús prestados de la naturaleza para cambiarlos en su Cuerpo y su Sangre. Las hojas de palmera saludarán su última llegada a Jerusalén, antes de que los olivos de Getsemaní sean testigos de su agonía y después de que el caminante visitara una higuera y la encontrara sin fruto.
Jesús viene a nuestro encuentro en medio del paisaje y de la historia. Augusto, Pilato, la dinastía de los Herodes eran las referencias políticas del momento. De forma paradójica, aquellas personas principales serán actores secundarios desde entonces, acompañamiento de aquel Niño que transformó el mundo hasta el punto de dividir los tiempos en “antes de Cristo y después de Cristo”.
En este punto desearía que cada uno de nosotros considerara si Jesús forma parte de nuestro paisaje vital, si sentimos cerca su presencia. Me gustaría que pensáramos si en nuestra vida personal hay un “antes de Cristo” y un “después de Cristo”, quizá no tan visible como en el apóstol Pablo, pero reconocible.
Si hemos hallado ya la agradable compañía del Dios hecho hombre, esforcémonos en ser dignos de esa presencia. Si no es así, aprovechemos su llamada en esa noche mágica de la Navidad, como los pastores, y descubriremos una noticia que nos llenará de gozo. No hay mayor felicidad que la que nos preparó Jesús con su nacimiento, sus largos años de vida oculta y su predicación, pasión y resurrección.
Feliz Navidad y mis mejores deseos para estos días y para siempre.
† Jaume Pujol Balcells
Arzobispo de Tarragona

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