El arzobispo de Burgos escribe sobre las tradiciones populares de Navidad

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Navidad es la celebración del gran misterio de la manifestación del Señor. Su despliegue se realiza en cuatro grandes momentos: el humilde nacimiento en Belén, anunciado a los pastores, como “primicia de Israel”; la manifestación a los Magos, venidos de Oriente, primicia de los gentiles, que le reconocen y adoran como Mesías; la teofanía en el Jordán, donde el Padre le proclama su “hijo predilecto”; y el milagro de Caná, con el que Jesús “manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en Él”. Todo esto muestra el sentido esencial de la Navidad. La Iglesia lo celebra en su liturgia.
Fascinado por el Misterio de Dios hecho Hombre, el pueblo cristiano ha creado todo un mundo de costumbres religiosas que le llenan de ternura y colorido. Ese “mundo” es fruto de la penetración, más intuitiva que discursiva, en la espiritualidad navideña. Por ejemplo, el valor del don, ligado a “un Niño nos ha nacido, un Hijo se nos ha dado”; el mensaje de solidaridad que conlleva el acontecimiento de la Navidad, pues Dios se ha hecho solidario del hombre pecador; el valor sagrado de la vida y el acontecimiento maravilloso que se realiza en el parto de toda mujer; el valor de la alegría y de la paz mesiánicas; el clima de sencillez y pobreza, de humildad y de confianza en Dios, que envuelve los acontecimientos del nacimiento del Niño Jesús.
Al resplandor de esta luz es como ha de mirarse la larga lista de manifestaciones populares que jalonan la Navidad. Entre ellas se pueden mencionar la “misa del gallo”, donde al principio se anuncia el nacimiento del Salvador según el Martirologio Romano, y al final se cantan villancicos y se adora al Niño. La inauguración del “Belén doméstico”, que algunos acompañan con una celebración familiar, leyendo el relato evangélico del Nacimiento. La bendición de los “niños Jesús” que este año tendremos el domingo, día 20 en la misa de las 11’15 en la parroquia del hermano S. Rafael. Os invito a todos, especialmente a los niños a acudir llevando el niño Jesús del propio Belén. Prescindiendo de su origen histórico, muchos han incorporado el árbol de Navidad como un símbolo cristiano, viendo en él a Cristo, árbol de la verdadera vida.
La memoria de los Santos Inocentes, que la Iglesia celebra como memoria de aquellos niños a los que mató el ciego furor de Herodes, por odio a Jesús, ha dado lugar a la piedad popular de hoy a manifestaciones muy variadas contra la violencia que todavía padecen innumerables niños. Especialmente, los que son abortados antes de nacer.
En algunos lugares, el último día del Año se celebra una exposición prolongada del Santísimo Sacramento para agradecer a Dios todos los beneficios obtenidos de Dios en el año que está a punto de terminar. En algunos lugares se celebra una Vigilia de Oración, que concluye con la Eucaristía. El día primero del año nuevo la piedad popular ha hecho suya la Jornada de la Paz, promovida por la Santa Sede y que encuentra pleno sentido a la luz del Nacimiento del Príncipe de la Paz, Jesucristo.
Finalmente, en torno a la Epifanía, esta piedad ha desarrollado muchas expresiones y tradiciones. Entre otras se pueden señalar la recuperación del anuncio de la Pascua y de las fiestas principales del año; el intercambio de “regalos de Reyes”, que hunde sus raíces en los dones que ofrecieron los Magos al Niño Dios; diversas iniciativas de solidaridad y ayuda a los inmigrantes, que vienen, como los Magos, de regiones lejanas.
Estas costumbres populares, lejos de perder actualidad, tienen hoy un especial valor. Porque pueden ser un eficaz correctivo al intento de quienes pretenden borrar del mapa cultural y público los signos religiosos e instaurar una sociedad irreligiosa. El rostro de Dios, hecho Niño por amor al hombre, no puede desaparecer de nuestra cultura.

Mons. Francisco Gil Hellín, Arzobispo de Burgos

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