, artículo de Mons. García Aracil

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Hay tres errores en un mismo comportamiento. Me estoy refiriendo a los políticos que han manifestado en los medios de comunicación su voluntad de seguir participando de la Eucaristía, a pesar de las manifestaciones de la Iglesia sobre la responsabilidad en que incurren quienes defienden el aborto y promueven mayores facilidades para practicarlo.
El error primero, y el más importante, es la actitud interior de desobediencia a la Iglesia, presentándose, simultáneamente, como cristianos practicantes. El segundo, es el hecho de proclamar públicamente y, en tono desafiante, su propósito de incumplir las normas morales de la Iglesia que debieron aprender desde niños en el catecismo. Suponiendo que sea cierto que viven el catolicismo del que alardean estos hermanos, deberían haber cultivado, profundizado y asumido firmemente a lo largo de la vida el sentido y la fuerza de la moral cristiana. Han tenido tiempo. Por este motivo, o su autosuficiencia es mayor, o su incoherencia es total. El tercero, es adoptar en público la postura manifestada en los medios de comunicación social, sabiendo que las gentes les reconocen, además, como políticos, como parlamentarios, cuya misión, entre otras, es procurar las leyes de obligado cumplimiento para lograr el orden y el bien común entre los ciudadanos.
Sorprende que estas mismas personas, exhibiendo su desobediencia interior y exterior a la Iglesia, de la que se manifiestan hijos salvo que hayan inventado una secta y se hayan apropiado sin derecho alguno del nombre que no les pertenece, sean defensores y protagonistas de una inflexible fidelidad de voto, y cerrados enemigos de la objeción de conciencia en casos verdaderamente graves. ¿Es posible que pasen por alto las palabras de la Sagrada Escriturar en las que S. Pedro nos enseña que “hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (cgf. Hch. 5, 29)? ¿O es que las desconocen? Quizás el profundo autoconvencimiento de su autoridad para establecer los perfiles de la verdad y del bien, y para definir los derechos humanos prescindiendo incluso de la ley natural (como si la humanidad comenzara con ellos), les obligue en conciencia a adoptar actitudes mesiánicas para cuya comprensión no estamos preparados los que queremos obedecer a la Iglesia. Probablemente nuestra limitación esté en fundamentar nuestra conducta en una fe y en una cultura que no cuentan más que con dos mil años de historia, y que no parte de la democrática horizontalidad parlamentaria (muy sectorial, por cierto), sino de la palabra vertical de Dios manifestado en Jesucristo, de quien esos políticos a que nos referimos toman el nombre de cristianos.
Dichos fundamentos de fe y los criterios morales, nada caprichosos ni arbitrarios, que de ellos se desprenden, han permanecido por encima de ideologías, de sistemas políticos, de presiones sociales adversas, de constantes persecuciones de todo tipo, y de la abierta enemistad por parte de pretendidos profetas que no cuentan más que con el brillo instantáneo y pasajero de un flash demagógico que se agota en sí mismo.
De todos modos, es posible que, a los preclaros ojos de los dichos personajes, estemos fundamentando nuestra moral sobre conceptos radicalmente equivocados en lo que se refiere al hombre, a la sociedad, al progreso, a la justicia, a la libertad y a la honestidad personal y social.
¿Será que semejante exhibición de autarquía por parte de los hermanos a quienes me estoy refiriendo se debe a su personal convencimiento de que poseen una sabiduría superior a la de la Iglesia en cuestiones de moral personal y social y, por ello, se consideran legítimos promotores de leyes y conductas más justas que las del Evangelio? ¿O es que el mal está en la interpretación que, del Evangelio, hace la Iglesia que obra por mandato de Jesucristo y animada por el Espíritu Santo en materia de fe y costumbre

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