«María, mujer eucarística», carta de Mons. Amadeo Rodríguez

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En la reflexión que estoy haciendo semana a semana en torno al misterio eucarístico, la solemnidad de la Inmaculada Concepción me da pié para comentaros la íntima relación que hay entre la Santísima Virgen y la Eucaristía. Ya os escribí sobre el vínculo inseparable que hay entre la Eucaristía y la Iglesia; pues bien, es en ese binomio en el que hay que situar a María y su vinculación con la Eucaristía. Donde está Jesucristo, allí está su Madre; donde está la Iglesia, allí está la Madre.
Veamos, pues, como es esa relación. Nos recuerda la encíclica “Ecclesia de Eucaristía”, que María es mujer eucarística con toda su vida. Lo es, sobre todo, en su actitud interior de confianza en la Palabra de su Hijo. La Santísima Virgen, si nos fiamos de ella cuando nos dice “haced lo que él os diga”, nos enseña a todos a situarnos ante el misterio eucarístico con profunda confianza en que el Señor puede transformar el pan y el vino de su cuerpo entregado y su sangre derramada, en Pan de vida eterna y en Bebida de eterna salvación para nosotros y para todos los hombres.
Una fe eucarística
Esa confianza en María nos la da el saber que siempre practicó una fe eucarística, incluso antes de que la Eucaristía fuera instituida. Como memorial de la pasión y la resurrección de su Hijo. En efecto, “María concibió en la anunciación al Hijo divino, incluso en la realidad física de su cuerpo y su sangre, anticipando en sí lo que en cierta medida se celebra sacramentalmente en todo creyente que recibe, en las especies de pan y de vino, el cuerpo y la sangre del Señor”. Eso hace que haya una íntima y profunda relación entre el “sí” de la Virgen y el “sí” que cada uno de nosotros pronunciamos con el “amén”, cada vez que recibimos el Cuerpo y la Sangre del Señor. Ese momento es siempre para nosotros un acto de fe, en continuidad con la fe de María.
También en la visitación, al llevar en su vientre al Verbo hecho carne, se convierte María en el primer sagrario de la historia; un sagrario que, para el hijo de Isabel, fue un lugar de encuentro y un acontecimiento feliz, que le hizo saltar de alegría en el seno materno. Así lo es también cada comunión para nosotros: siempre es un encuentro que sostiene nuestra alegría de vivir. Y es eucarística María, por supuesto, en el embeleso contemplativo del rostro recién nacido de su Hijo, al que ha de parecerse nuestro embeleso cada vez que comemos el siempre entrañable Cuerpo de Cristo.
Una Eucaristía anticipada
De un modo especial es eucarística su presencia en el calvario, en el “staba mater” de la Virgen al pie de la cruz, siempre unida a su Hijo en la pasión. En ese momento, del mismo modo que lo hizo a lo largo de toda su vida, hizo suyo el sacrificio de la Eucaristía. Pero toda la vida de la Virgen es una Eucaristía anticipada. La vida de María prepara intensamente lo que vivirá en la cruz junto a Jesucristo, su Hijo. Por eso, esa actitud de su vida será para nosotros un maravilloso reflejo de cómo ha de ser nuestra preparación para la celebración eucarística. Como en María, nuestra vida, todos los acontecimientos y deseos de nuestra vida, se han de convertir, por la fe, en preparación para celebrar ese misterio de la fe, sobre todo en el “día del Señor”.
María es también eucarística como Madre de la Iglesia. Ella participó del mandato de Jesús a sus apóstoles: “Haced esto en memoria mía”. Ella escuchó de los labios de los doce apóstoles concelebrantes las palabras de la Última Cena: “Esto es mi cuerpo que será entregado por vosotros”. Y, cómo no, eso mismo lo escuchó del nuevo hijo, Juan el sacerdote, al que fue entregada junto a la cruz. Por eso, cada vez que celebramos la Eucaristía, María, la Madre del Señor y Madre nuestra, está también presente entre nosotros. En la Eucaristía, en efecto, se hace presente todo lo que Cristo ha llevado a cabo en su pasión y su muerte. Por tanto, está también el don de la maternidad que nos hizo desde la cruz: ¡He aquí a tu madre! ¡He aquí a tu hijo! Como comentaba el Siervo de Dios Juan Pablo II, en la encíclica que os estoy comentando, cada vez que recibimos la Eucaristía recibimos con profundo agradecimiento el maravilloso don de la maternidad de María; y participamos en el sacrificio eucarístico con los mismos sentimientos con que ella participó, a lo largo de toda su vida, en la vida de su Hijo: con un corazón “magnificado” con la alabanza y la acción de gracias.
Y, por último, tanto en el corazón de Cristo crucificado como en el de María, están los destinatarios preferidos de la buena noticia de la salvación que se realiza en la cruz y en la Eucaristía, son los pobres y los humildes.
Con mi afecto y bendición.
+ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Plasencia

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