«La Inmaculada, Buena Noticia para la Humanidad», carta del obispo de Segorbe-Castellón

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Nos disponemos a celebrar la fiesta de la Inmaculada Concepción de la Virgen María de tan arraigada tradición en toda nuestra Diócesis como en toda España.
La Inmaculada Concepción nos recuerda que María, elegida para ser la Madre del Salvador, ha sido agraciada por Dios con dones a la medida de la misión tan importante de ser la Madre del Hijo de Dios. La Virgen fue preservada de toda mancha de pecado original desde el instante mismo de su concepción para ser la digna morada del Señor. En la Madre de Jesús, Dios obra maravillas: es llamada a la existencia llena del amor de Dios. La Inmaculada nos muestra el verdadero rostro de Dios, que es amor, y que crea por amor y para la vida en su amor. La perfecta santidad de María se debe al Hijo que concebirá en su seno. En ella se realiza de modo anticipado y perfecto la obra de salvación de Jesucristo: fue preservada del pecado original, y creada llena de gracia y de santidad desde siempre “en vista de los méritos de Jesucristo, salvador del género humano”. En la Virgen María se manifiesta por vez primera el plan divino de Salvación trazado por el amor misericordioso de Dios “antes de la creación del mundo”.
El amor de Dios hacia María suscita en ella una respuesta de fe y de entrega total a Dios. “He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según palabra” (Lc 1,38). María vive toda su existencia desde la verdad de su persona, que ella descubre sólo en Dios y en su amor. La Virgen es consciente de que ella es nada sin el amor de Dios, y que la vida humana sin Dios solo produce vacío en la existencia. Ella sabe que la raíz de su existencia no está en sí misma, sino en Dios, que está hecha para acoger el amor y para darse por amor. Por ello vivirá siempre en Dios y para Dios. En María, Dios dice Sí al hombre y la mujer dijo Sí a Dios. María, aceptando su pequeñez, se llena de Dios, y se convierte así en madre de la libertad y de la dicha.
Por ello, la Inmaculada es también la fiesta de los creyentes. Por su fe, María es la madre y modelo de todos los creyentes. Dichosa por haber creído, María nos muestra que la fe y la vida en Dios es nuestra dicha y nuestra victoria, porque “todo es posible al que cree” (Mc 9, 23). La misma humanidad comienza a decir sí a la salvación que Dios le ofrece con la llegada del Mesías. Ella es la primicia de la humanidad redimida. La “plenitud de gracia”, que para María es el punto de partida, es la meta para todos los hombres, que acogen en fe el amor de Dios; Dios nos ha creado “para que seamos santos e inmaculados ante él” (Ef 1, 4). La Purísima es así Buena Noticia para la humanidad. En ella. Dios, dador de amor y de vida, irrumpe en la historia humana. Dios no deja a la humanidad aislada y en el temor. Dios busca al hombre y le ofrece vida y salvación. La Inmaculada recuerda a todo hombre que Dios lo ama de modo personal, que quiere sólo su bien y lo busca con un designio de gracia y misericordia.
En un mundo con miedo y sin esperanza ante el futuro, la Inmaculada nos ofrece un mensaje de amor y de esperanza. En un contexto que invita a prescindir de Dios y a erigirnos en dioses, a suplantar a Dios y hacer del hombre la única fuente y meta de todo, también del bien y del mal, María Inmaculada nos llama a abrirnos al misterio de Dios y a acogerlo con fe. Solo en Dios y en su amor está la verdad del hombre. Sólo en Dios lograremos desarrollar lo mejor que hay en nosotros.
Con mi afecto y bendición,
+ Casimiro López Llorente
Obispo de Segorbe-Castellón

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