«Llena de gracia», carta del cardenal de Barcelona

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El ángel Gabriel saludó a María en el momento de la anunciación llamándola “llena de gracia”. Dios la eligió para ser Madre del salvador y, por eso, como nos dice el Concilio Vaticano II, “fue enriquecida por Dios por adelantado con aquellos privilegios propios de una función tan alta”.
La Iglesia se ha hecho consciente de que María había sido redimida desde su concepción. Y fue Pío IX, en el año 1854, quien proclamó el dogma de la Inmaculada. Este dogma confiesa que “la bienaventurada Virgen María, desde el primer instante de su concepción, por una gracia y un favor singular de Dios todopoderoso, en virtud de los méritos de Jesucristo, fue preservada de toda mácula de pecado original”.
Todos los hombres están implicados en el pecado de Adán. San Pablo lo afirma diciendo que “así como por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, así la muerte se extendió a todos los hombres porque pecaron”. Sin embargo, el apóstol opone a la universalidad del pecado original la universalidad de la salvación que nos obtiene Cristo, diciendo que “por la justicia de uno solo ha pasado a todos los hombres la gracia que los conducirá a la justicia de la vida”.
La doctrina del pecado original, ligada a la de la redención por Cristo, revela con lucidez la situación del hombre y de su obrar en el mundo. El Concilio Vaticano II nos dice que “una ardua lucha contra el poder de las tinieblas llena toda la historia universal. […] Inserto en esta pugna, el hombre ha de luchar sin parar para adherirse al bien, y tan sólo puede obtener la unidad en sí mismo con la ayuda de la gracia de Dios”.
Después de la caída, Dios no ha abandonado al hombre, sino que lo llama y le anuncia de forma misteriosa la victoria sobre el mal y el levantamiento de su caída. El Génesis nos habla del combate entre la serpiente y la Mujer, y de la victoria final de un descendiente de ésta. Muchos padres y doctores de la Iglesia reconocen en la mujer anunciada en el Génesis a la Madre de Cristo, a María, la nueva Eva.
María, de manera única, ha sido la primera en beneficiarse de la victoria sobre el pecado, obtenida por Cristo. Ella ha sido preservada de toda mácula de pecado original, y durante toda su vida terrenal, por una gracia especial de Dios, nunca llegó a pecar.
María, desde el primer instante de su concepción, es decir, de su existencia, es de Cristo, participa de aquel amor que tiene su inicio en el Hijo del Padre eterno, quien por medio de la Encarnación se ha convertido en su propio Hijo.
María, como primera redimida en la historia de la salvación, es una nueva criatura. La nueva alianza de Dios con la humanidad tiene su inicio en una mujer, en María, en la anunciación de Nazaret. Esta es la absoluta novedad del Evangelio. Se trata de un signo indicativo de que en Jesucristo “no hay ni hombre ni mujer”, ya que san Pablo escribe que “todos vosotros sois uno en Cristo Jesús”.

+ Lluís Martínez Sistach
Cardenal arzobispo de Barcelona

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