Benedicto XVI: “Aprender a amar requiere un largo camino de compromiso”

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Benedicto XVI centró ayer su catequesis de la Audiencia General, celebrada en la plaza de San Pedro, a la insigne figura de Guillermo de Saint-Thierry, amigo y biógrafo de San Bernardo de Claraval, según ha informado radio vaticano. Guillermo entró a formar parte de la vida benedictina, en Reims, en el año 1113. Tras convertirse en abad del monasterio de Saint-Thierry pasó a la abadía cisterciense de Signy.
Allí consagró su vida a la contemplación del misterio divino y a la redacción de textos espirituales convirtiéndose en “cantor del amor”. El amor es la energía principal del alma humana”, constata en el libro De natura et dignitate amoris. La tarea fundamental de todo ser humano es aprender a amar. El objeto de este amor es Dios, Dios-Amor. “La elección de fondo que da sentido y valor a nuestra vida es: amar a Dios y, por amor suyo, amar a nuestro prójimo; sólo así encontraremos la verdadera alegría, anticipo de la bienaventuranza eterna.
Siguiendo la teología de los Padres griegos, “el hombre -dice el santo medieval-, está llamado a convertirse, por gracia, en lo que Dios es por Naturaleza, y este aprendizaje no puede hacerse sino en la escuela de nios”. Guillermo de Saint-Thierry desarrolla así una pedagogía del amor en la que la ascesis y el esfuerzo humano tienen su puesto de importancia, pero donde el Espíritu Santo juega el papel principal transformando en caridad el ímpetu de amor presente en el hombre.
“Digamos también nosotros al Señor que queremos vivir de amor”, ha exhortado el Pontífice al final de su catequesis, citando una oración de santa Teresa del Niño Jesús. “Aprender a amar -ha proseguido el Papa- requiere un largo y comprometido camino que Guillermo de Saint-Thierry articula en cuatro etapas, correspondientes a las edades del hombre: infancia, juventud, madurez y vejez”.
En este itinerario ha explicado el Papa “la persona debe imponerse una ascesis, es decir, una serie de reglas y prácticas encaminadas a la liberación del espíritu y al logro de la virtud, que sea eficaz”. Tiene que tener un gran control de sí mismo para eliminar cualquier afecto desordenado, cualquier concesión al egoísmo, y unificar la propia vida en Dios, manantial, meta y fuerza del amor, hasta llegar a la cúspide de la vida espiritual, que Guillermo define “sabiduría”.
“Al final de este itinerario ascético -ha asegurado el Santo Padre- se experimenta una gran serenidad y dulzura”, porque “todas las facultades del hombre -inteligencia, voluntad, afectos- reposan en Dios, conocido y amado en Cristo”. Según Guillermo de Saint-Thierry, “esta radical vocación al amor por Dios constituye “el secreto de una vida lograda y feliz” que él describe como “un deseo incesante y creciente, inspirado por Dios mismo en el corazón del hombre”.
En una de sus meditaciones, ha recordad el Papa, Guillermo dice que el objeto de este amor es el Amor con mayúscula, es decir, Dios. Es Él quien se derrama en el corazón de quien ama y lo convierte apto para recibirlo. Este impulso de amor es el cumplimiento del hombre”.
Este ha sido el resumen que de su catequesis ha hecho el Santo Padre en español para los peregrinos de nuestra lengua, presentes en la Plaza de San Pedro, que han participado en la audiencia:

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy me detengo en Guillermo de San Thierry, nacido en Lieja en torno al año mil ochenta. De familia noble, y dotado de gran inteligencia y un amor innato por el estudio, fue a las escuelas más famosas de su tiempo, como la de su ciudad natal y la de Reims, en Francia. Ingresó en los benedictinos de Saint-Nicaise de Reims y, poco después, fue abad del monasterio de Saint Thierry, comunidad que, no obstante sus grandes deseos, no pudo reformar, por lo cual la abandonó para pasar a la abadía cisterciense de Signy, en la que se dedicó a la contemplación de los misterios de Dios y a escribir obras de espiritualidad. Llamó la atención sobre los errores teológicos de Abelardo, solicitando a su amigo San Bernardo de Claraval que tomara posiciones ante ellos. De la doctrina de Guillermo, que se centró particularmente en la ciencia del amor, podemos encontrar una síntesis en una larga carta que escribió a los cartujos de Mont-Dieu, a quienes visitó para animarlos y consolarlos. En este escrito, que lleva el significativo nombre de Epístola áurea, enseña que, por el amor, el ser humano llega a ser por gracia lo que Dios es por naturaleza.
Saludo a los peregrinos de lengua española, en particular a las religiosas dominicas de la Presentación de la Santísima Virgen, al grupo de artistas del estado de Yucatán, a los fieles de la diócesis de Zacatecoluca, acompañados por el señor obispo, así como a los demás grupos procedentes de España, Bolivia y otros países latinoamericanos. Que siguiendo las enseñanzas de Guillermo de Saint-Thierry, al que podemos definir como cantor de la caridad, aprendamos a conocer a Dios amándolo. Muchas gracias.
Antes de finalizar la audiencia general, como siempre, el Santo Padre se ha dirigido a los jóvenes a los enfermos y a los recién casados. Precisamente hoy se cumple el 25 aniversario de la promulgación de la Exhortación Apostólica Reconciliatio et paenitentia, que subrayó la atención sobre la importancia del sacramento de la penitencia en la vida de la Iglesia. En este significativo aniversario, quiero evocar algunas figuras extraordinarias de “apóstoles del confesionario”, incansables dispensadores de la misericordia divina: san Juan María Vianney, san Giuseppe Cafasso, san Leopoldo Mandic, san Pío de Pietrelcina.
“Que su testimonio de fe y de caridad os anime a vosotros, queridos jóvenes a huir del pecado y a proyectar vuestro futuro como un generoso servicio a Dios y al prójimo. Que os ayude a vosotros, queridos enfermos, a experimentar en el sufrimiento la misericordia de Cristo crucificado. Y que solicite en vosotros, queridos recién casados, a crear en familia un clima constante de fe y de recíproca comprensión. Que el ejemplo de estos Santos, asiduos y fieles ministros del perdón divino, sea para vosotros los sacerdotes – especialmente en este Año sacerdotal – y para todos los cristianos una invitación a confiar siempre en la bondad de Dios, acercándose y celebrando con confianza el sacramento de la reconciliación.

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