«Tiempo de esperanza», carta de Adviento de Mons. Jesús García Burillo

garciaburillo
Llega el adviento, tiempo de esperanza. El frío invierno que ya nos cerca queda derretido por el calor de la espera. Espera y esperanza, dos sentimientos que nos acompañan en nuestra existencia. El primero se centra en lo que ha de venir inmediatamente; la esperanza se abre al mayor bien, a la plenitud de todos los deseos. Todos necesitamos esperar algo o en alguien. El deseo de conseguir algo o encontrar a alguien genera en nosotros vitalidad, ganas de vivir, reaviva en nosotros deseos, energía y gozo. En nuestra vida esperamos continuamente tantas cosas, tantas personas, tantos acontecimientos y realidades nuevas. Esperamos obtener la salud, superando dolores y sufrimientos, alcanzar una estabilidad personal, una buena amistad que no nos defraude. Los jóvenes lo esperan todo: superar los exámenes, una profesión, un trabajo, un amor que llene su vida, una sociedad más justa y solidaria. Los enfermos esperan la salud, los parados el trabajo, los niños el afecto de sus padres y muchos juegos para divertirse. Los padres esperan el bienestar de sus hijos, su inserción y su triunfo en la sociedad. Los mayores esperan comprensión, cariño, compañía… y una buena muerte. Todos esperamos a alguien, a una persona que llene nuestro vacío. También la sociedad entera espera: una etapa nueva de mayor prosperidad económica, la superación de estados agresivos u hostiles entre grupos y países, que nadie pase hambre o sed en la tierra, la paz, unos líderes que le orienten, que le conduzcan a la verdad y al bien. La utopía es el punto final del deseo: conseguir lo mejor, lo ideal, lo perfecto para mí y para todos. Tan perfecta es la utopía que no existe, no tiene lugar.
¿O sí tiene lugar? Para los creyentes la utopía sí existe. Existe un topos, un lugar real, posible de alcanzar. Es Jesucristo. Cristo fue esperado durante siglos: un Mesías, un Salvador, Alguien que ayudase a conseguir todo aquello de lo que el pueblo carecía: prosperidad, paz, concordia, fidelidad, plenitud de vida y de gozo, algo que ni personal ni socialmente eran capaces de alcanzar. Al llegar la plenitud de los tiempos esta esperanza se cumplió: envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley. Él trajo todo lo deseado, todo aquello a lo que la humanidad aspiraba. Era Él mismo, don del Padre, plenitud del amor, de la paz, de la justicia, de la verdad, de la dicha.
Tres figuras fueron clave en este tiempo de espera: Isaías, voz que anima a la esperanza, clamando en el desierto en los momentos más duros de la historia de un pueblo; Juan Bautista, que resume en su persona todas las expectativas de los siglos y conmina a disponerse a la llegada del bien esperado ya inminente, preparando el camino; y, finalmente, María Inmaculada que nos trae ella misma en persona al Salvador.
Con Jesús llegó la plenitud de los tiempos. En Él se cumplieron todas las expectativas. Con su muerte y resurrección nos alcanzó el paraíso deseado. Superamos el sufrimiento, la muerte y la causa de todo mal, nuestro propio pecado.
Pero el don logrado por Jesucristo lo recibimos todavía en camino, lo poseemos en medio de una nebulosa. No ha llegado todavía el final. Necesitamos continuar viviendo en fe y en esperanza. Ya tenemos la garantía del bien que deseamos, tenemos las primicias, están en nuestras manos, sí, pero necesitamos continuar esperando hasta poseerlo plena y definitivamente. Seguimos esperando la plena manifestación gloriosa del Señor. Y con Él una humanidad nueva, definitivamente perfecta, pacífica, justa y verdadera: la Jerusalén celeste, según la figura del Apocalipsis.
El Adviento es un tiempo para esperarlo todo. En él hacemos memoria histórica de la espera del pueblo elegido, durante siglos. Con los profetas, Isaías, Juan Bautista y con María nos disponemos a reproducir en nosotros los anhelos, a veces desesperados, de que llegue pronto el Mesías. Y con la Iglesia redimida, con los creyentes de todos los tiempos esperamos la segunda venida, ésta última y gloriosa, del Hijo de Dios; y con Él el triunfo final del bien, de la vida, la llegada de la paz sin retorno.
Adviento es un tiempo de espera, corto, intenso, donde reverdecen los buenos sentimientos que conforman el tiempo de la espera y de la esperanza: la resolución de los problemas inmediatos y la salvación final. El creyente tiene la ventaja de conocer y andar por el buen camino; sabe que el final es seguro y la salvación definitiva, porque Dios interviene en la historia, venciendo siempre al mal, la mentira, las estrategias perversas. El mal no tiene la última palabra, aunque hace sufrir a los justos, ayuda a ejercitar la paciencia y la constancia. Los impíos serán como paja que arrebata el viento, a pesar de su aparente fortaleza. El Señor, el Dueño está ya aquí, empuja a sus fieles, les da energía para ser constantes en la espera y en el compromiso que lleva consigo la esperanza. Ellos habrán de vencer al Maligno con la ayuda de lo alto. Por la intervención de Dios en la historia a favor de los justos, el creyente no tiene ningún temor, anticipa ya en su vida la victoria, la realidad y las formas que un día obtendrá en plenitud: goza, disfruta del bien, lo comparte generosamente, mira fijamente, lleno de confianza en Aquel que le trae todo bien. Sólo Dios es el pleno Bien.
A todos los creyentes y a los hombres de buena voluntad, feliz adviento en espera de la Navidad.

+ Jesús, Obispo de Ávila.

Agencia SIC
Acerca de Agencia SIC 40702 Articles
SIC (Servicio de Información de la Iglesia Católica), es una agencia de noticias y colaboraciones referidas a la Iglesia en España, creada en noviembre de 1991 por el Episcopado español y dependiente de la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación Social (CEMCS).