«Profetas de esperanza», carta del cardenal Martínez Sistach

Sistach
Nuestra liturgia inicia un nuevo año. El tiempo que denominamos Adviento, del cual hoy celebramos el primer domingo, es el tiempo que nos prepara a lo largo de cuatro semanas para las fiestas de Navidad.
En estos días fríos y cortos de diciembre la Iglesia pone en boca de los cristianos esta súplica y esta plegaria: “Ven, Señor Jesús”. En Navidad hacemos memoria del nacimiento de Jesús en Belén. Fue esa una venida humilde, plácida, sin ruido. Sin embargo era el Hijo de Dios quien nacía en un pesebre y quien con su encarnación transformaba el mundo.
En la celebración del Adviento coexisten tres dimensiones históricas: la espera del nacimiento del Salvador, vivida con anhelo a lo largo de largos siglos por el pueblo de Dios de la Antigua Alianza; el acontecimiento de la encarnación y del nacimiento del Verbo hecho hombre en la plenitud del tiempo, y su futura manifestación al final de la historia.
El Adviento es el tiempo de la espera. En la sociedad actual la esperanza resulta rara. Se respira más bien resignación, desilusión e incluso frustración y desesperación. Nuestro mundo tiene gran necesidad de esperanza. Pero hablamos ahora de la verdadera esperanza, que tiene sus raíces en la fe y que se alimenta del amor.
Tan sólo puede tener esperanza aquella persona que se sabe amada por Dios. De esta convicción nace la esperanza, ya que quien cree que Dios es amor cree que Dios nos ha amado tanto que envió a su Hijo al mundo para salvarnos. Esta profunda convicción creyente fundamenta una esperanza confiada y gozosa. Por eso, la alegría del Adviento es dulce y profunda, porque brota, no de la esperanza humana, tan a menudo asentada sobre ilusiones vanas, sino de la esperanza cristiana que nunca engaña, porque se fundamenta con solidez en la certeza de las promesas divinas.
El acto de esperanza cristiana incluye diferentes aspectos unidos entre ellos: la espera de la salvación futura en la definitiva revelación del Cristo glorificado; el coraje paciente y perseverante que no cede al desánimo en las tribulaciones, y la actitud de libertad y audacia de espíritu que confía y se alegra únicamente en el amor de Dios y en la salvación de Jesucristo.
Es bien cierto que el misterio del hombre sólo se aclara del todo en el misterio del Verbo encarnado. Jesucristo, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al mismo hombre y le da a conocer su altísima vocación. El Hijo de Dios, por su encarnación, se ha unido de alguna manera a cada hombre: trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia humana, actuó con voluntad humana y amó con corazón de hombre. Nacido de María virgen, en todo se hizo hombre como uno de nosotros, parecido a uno de nosotros, excepto en el pecado.
El Adviento ha de acentuar en nosotros la convicción de que Jesús viene continuamente a nuestra vida. Lo cual ha de aumentar en nosotros la actitud de conversión a fin de que nuestra disposición espiritual consista en estar atentos a lo que el Señor espera de nosotros, bien abiertos a los signos de los tiempos en las circunstancias ordinarias de nuestra vida.

+ Lluís Martínez Sistach
Cardenal Arzobispo de Barcelona

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