«El Adviento, nuestro tiempo», mensaje de Mons. García Aracil

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Por todas partes se oyen expresiones de insatisfacción. La experiencia de los males que sufrimos oscurece el brillo de los bienes de que disfrutamos. Una visión correcta de la realidad no debe prescindir de ninguno de los dos aspectos. Sin embargo debemos ser conscientes de que, como criaturas con buenas capacidades, pero limitadas y presionadas por variadas concupiscencias, fácilmente somos protagonistas de gestos y logros verdaderamente positivos por una parte y, por otra, causamos, directa o indirectamente, males que destacan por la fuerza de sus graves repercusiones.
Conviene tener en cuenta que es propio de la psicología humana destacar lo negativo incluso ensombreciendo la memoria de lo positivo. Las razones que lo explican pueden ser muy variadas. Pero no podemos olvidar que la criatura humana tiende constitutiva y espontáneamente a la felicidad, y le impacta de modo especial todo aquello que frustra o entorpece la consecución y el disfrute de lo que desea.
Desconcierto y frustración
El impacto del mal, que produce en las personas las quejas, los lamentos, el pesimismo y, a veces, la desconfianza e incluso la desesperación, llega, de una forma u otra y en general, a los individuos, a las instituciones y a las colectividades. Las empresas, las familias, los comercios, los trabajadores, etc. se quejan, por ejemplo, del mal que supone la crisis económica y financiera que estamos viviendo. Los padres, profesores y demás educadores manifiestan su descontento y hasta su desconcierto y frustración ante el difícil problema de la educación de los hijos y de los jóvenes. Éstos se rebelan contra las formas de poder y de autoridad que les restringen o impiden el ejercicio de la libertad según el modo como ellos la entienden y la desean. Los políticos se manifiestan constantemente como adversarios de sus opositores, quejándose del freno que de aquellos reciben sus planes propios, entendidos por cada uno como los verdaderamente positivos para alcanzar el bien social que habían proyectado. Y así podríamos extendernos en la enumeración de protestas, quejas y disconformidades, y en la referencia a sus posibles causas.
Vías para la solución
Las voces que exigen soluciones reclaman la reforma de estructuras, la emisión de nuevas leyes, la adopción de medidas más coercitivas y, al mismo tiempo, el establecimiento de sanciones más justas y humanitarias. Pero por ese único camino no llegará la solución de los males que nos aquejan. Así se va percibiendo en las manifestaciones sociales. Sin desconsiderar la necesidad de reformas en las realidades sociales, cada vez se oye y se lee más la necesidad de valores, del respeto a los derechos fundamentales y al bien común, y de la urgencia de que brille la justicia y abunde la solidaridad, etc. como paso imprescindible para resolver las diversas crisis que atravesamos. La reforma de actitudes va considerándose como la raíz de las soluciones acertadas y estables. Sobre ello nos ha hablado muy clara y acertadamente el Papa Benedicto XVI en su encíclica “Caritas in Veritate”
Sin embargo, cada uno manifiesta su propia escala de valores, y resulta muy difícil una coincidencia satisfactoria por parte de las ideologías, las creencias y los anhelos de los grupos encontrados. La prueba de ello es que, en nombre del derecho a la vida y a la libertad se persiguen los maltratos, cosa que me parece muy bien, pero simultáneamente se considera un derecho el aborto que supone la muerte cruenta de un ser inocente e indefenso.
Este conjunto de anhelos encontrados, de divergencias notables en la forma de entender la verdad, el bien, los derechos, la justicia, la solidaridad, y tantas otras cosas más, que ocasionan serios problemas y motivan grandes quejas, nos inclinan a pensar en la necesidad de una referencia consistente, claramente acorde con la verdad, objetivamente fiable y accesible a todos. En realidad, la sociedad espera alguien que ponga orden, que encauce debidamente la sociedad, que ayude a cada persona, a cada institución, a cada pueblo y a cada grupo a encontrar su lugar en el mundo. Eso es precisamente lo que nos trae el Señor con su Encarnación, con su testimonio de vida y con su Evangelio. Por eso, la celebración de la Navidad es motivo de auténtica alegría entre los cristianos, y reviste gran solemnidad que repercute sensiblemente en la sociedad, como todos podemos comprobar cada año.
Fidelidad
El profeta Isaías anuncia así la Navidad: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierra de sombra y una luz les brilló” (Is. 9, 1). Jesucristo, el Hijo del Dios vivo, el Mesías prometido, el salvador a quien se refiere el profeta, dijo de sí mismo: “Yo soy la luz del mundo. El que me siga no caminará a oscuras, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn. 8, 12). La solución está en Jesucristo y en la fidelidad a su vocación sobre cada uno de nosotros. Él, como Dios, es la Verdad, la Vida, y el camino para alcanzarlas. Por tanto, él es la referencia objetiva, permanente, y verdadera que señala los valores fundamentales, la justicia, la solidaridad, la forma de entender todo ello y de llevarlo a la práctica. El profeta Miqueas, refiriéndose a Jesucristo, nos dice: “En pie pastoreará por la fuerza del Señor, por el nombre glorioso del Señor, su Dios. (Todos) habitarán tranquilos, porque se mostrará grande hasta los confines de la tierra, y éste será nuestra paz” (Miq. 5, 3-4).
Si todo esto es así, y así nos lo asegura la fe cristiana, nuestro primer objetivo debe ser la búsqueda y el conocimiento cada vez más profundo de Cristo, de su obra y de su doctrina. En él está la raíz de esa difícil y urgente solución que todos anhelamos para nuestras familias, para nuestra educación, para nuestra política, para nuestra economía, y para todos los ámbitos de la vida personal, institucional y social. Por eso es un contrasentido que se quiera o se consienta reducir la vida de fe a la privacidad de lo íntimo. No hay cristiano verdadero si no hay apóstol consciente y valiente en medio del mundo.
La preparación para el encuentro con el Señor, con su obra y con su Evangelio es precisamente lo que nos propone y ofrece el tiempo del Adviento, la espera del advenimiento de Cristo. Por eso podemos decir que el Adviento es nuestro tiempo.

+ Santiago García Aracil
Arzobispo de Mérida-Badajoz

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