Memoria y olvidos de la caída del Muro de Berlín

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/ Por José María Gil Tamayo /

El mundo occidental, especialmente Alemania, ha conmemorado hace poco más de una semana, con grandes festejos y amplios espacios en los medios de comunicación, el vigésimo aniversario de la caída del Muro de Berlín, con la que se producía el libre tránsito de ciudadanos de las dos partes de la capital germana, que simbolizaban la pertenencia a dos mundos o bloques enfrentados, nacidos de la Conferencia de Yalta tras la II Guerra Mundial y que entonces, tras un dramático paréntesis de sufrimiento, esclavitud y muerte, volvían a abrazarse.
Muchos han sido los comentaristas políticos, además de los líderes protagonistas supervivientes de aquel gran acontecimiento de finales de 1989, los que en estos días han analizado aquella cascada pacífica de sucesos que supuso no sólo la caída del sistema dictatorial del llamado “socialismo real” del Telón de Acero y el consiguiente final de la Guerra Fría, sino, sobre todo, la recuperación de la libertad y con ella de la dignidad, personal y colectiva, de millones de ciudadanos de muchos pueblos de Europa, atenazados hasta entonces bajo el sistema opresor de la dictadura comunista.
No han faltado analistas que incluso han hecho balance del tiempo transcurrido y de su comparación con el escenario actual globalizado, de profunda crisis económica, donde los viejos problemas, injusticias y dramas de la Humanidad persisten, sin que el sistema liberal-capitalista proclamado entonces vencedor y ahora parece que no lo es tanto. Y lo que es peor, no se avistan soluciones convincentes y sólidas en el horizonte e incluso algún político, como el recién elegido secretario general del Partido Comunista de España, no tiene la más mínima reserva en aseverar que los comunistas no tienen nada por lo que pedir perdón ni de qué arrepentirse. O sea, que las dictaduras comunistas de cuyo final hacemos justificada fiesta parecen para algunos como si no hubieran existido. Toda una memoria histórica, eso sí selectiva como ahora ocurre con Cuba y algún que otro sistema asiático.

El papel de Juan Pablo II
También ha llamado la atención en todas estas efemérides y glosas del reciente pasado el sospechoso olvido –salvo alguna corta referencia en algún medio- del innegable papel desempeñado por la Iglesia y sobre todo por el Papa Juan Pablo II en el proceso de recuperación de las libertades y derechos que supuso la caída del Telón de Acero.
Es de justicia recordar la importantísima labor desempeñada entonces por el Papa Wojtyla y numerosas iniciativas católicas, entre las que destaca la del sindicato polaco “Solidaridad” encabezada por Lech Walesa y con mártires innegables como el sacerdote Jerzy Popieluszko.
A todos, especialmente para los católicos, nos vendría bien repasar en estos días la larga reflexión que sobre todos estos acontecimientos –especialmente en lo referido a sus causas, consecuencias y prevención futura- dedicó el Papa Wojtila en su encíclica social “Centesimus annus”, escrita en 1991. Baste este “botón de muestra”: “Los acontecimientos del año 1989 ofrecen un ejemplo de éxito de la voluntad de negociación y del espíritu evangélico contra un adversario decidido a no dejarse condicionar por principios morales: son una amonestación para cuantos, en nombre del realismo político, quieren eliminar del ruedo de la política el derecho y la moral. Ciertamente la lucha que ha desembocado en los cambios del 1989 ha exigido lucidez, moderación, sufrimientos y sacrificios; en cierto sentido, ha nacido de la oración y hubiera sido impensable sin una ilimitada confianza en Dios, Señor de la historia, que tiene en sus manos el corazón de los hombres. Uniendo el propio sufrimiento por la verdad y por la libertad al de Cristo en la cruz, es así como el hombre puede hacer el milagro de la paz y ponerse en condiciones de acertar con el sendero a veces estrecho entre la mezquindad que cede al mal y la violencia que, creyendo ilusoriamente combatirlo, lo agrava” (n. 25). ¡Qué buen diagnóstico y receta para los tiempos que corren! Sin ellos no hubiera sido posible lo que ahora celebramos.

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