«Firmes y esperanzados en nuestra misión», carta pastoral de Mons. García Aracil con motivo del Día de la Iglesia Diocesana

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Celebramos el Día de la Iglesia Diocesana. Cada año, esta jornada nos invita a tomar conciencia de nuestra identidad y de nuestra misión, y a ir asumiendo las responsabilidades que ello comporta.
Identidad y misión de los católicos
Somos miembros vivos de la gran familia de los hijos de Dios que es la Iglesia universal. Ésa es nuestra identidad fundamental. Pertenecemos a esa porción del Pueblo de Dios que peregrina en las tierras pacenses integrando la Archidiócesis de Mérida-Badajoz. En ella, como en todas las demás Diócesis, se encuentra y opera verdaderamente la Iglesia de Cristo, que es una, santa, católica y apostólica. Así lo afirma el Concilio Vaticano II en el Decreto sobre el ministerio pastoral de los Obispos.
Nuestra misión principal, desde que recibimos el Espíritu Santo en el Bautismo y en la Confirmación, es esencialmente la misma: predicar el evangelio con obras y palabras, ofreciendo a los demás, con respeto y entusiasmo, la verdad que ilumina nuestra vida, y la experiencia del amor de Dios que nos salva porque es más grande que nuestros pecados.
Enviados a ser luz y sal para la sociedad actual
Es necesario que reflexionemos y profundicemos en el significado de nuestra identidad eclesial y de nuestra misión apostólica. Ellas constituyen la esencia de todo cristiano. En ellas está nuestra razón de ser como miembros vivos de la gran familia de los hijos de Dios, y el cometido fundamental de nuestra vida sobre la tierra. Sin tener clara conciencia de nuestra identidad y misión y sin profundizar en su rico significado, nos resultará más difícil cada día, conocer y vivir con auténtico gozo esta sublime vocación apostólica con la que el Señor nos ha distinguido misteriosa y gratuitamente diciéndonos: “Vosotros sois la sal de la tierra… Vosotros sois la luz del mundo” (Mt. 5, 13.14). “Id por todo el mundo y proclamad la buena noticia a toda criatura” (Mc. 16, 15). En verdad no tenemos mérito alguno para ello.
Si nos damos cuenta de lo que significa haber conocido a Jesucristo y su Evangelio, haber creído en Él, y haber gozado del inmerecido beneficio de su infinita misericordia, nos percataremos de que no tenemos excusa alguna para dejar de cumplir su encargo, que es el primer deber de caridad para con el prójimo: dar a conocer a Jesucristo y su mensaje de amor, de perdón, de luz y de salvación. Nosotros sabemos, por experiencia que, guiados por le fe y alentados por la gracia divina, podemos afrontar con alegría y esperanza el reto constante de los días y las horas; podemos asumir, ordenar y ofrecer a Dios, unidos a Cristo, el trabajo y el descanso, las alegrías y las penas, el dolor y el disfrute legítimo, la salud y la enfermedad, la vida y la muerte, como parte de nuestro recorrido desde la cuna hacia el encuentro definitivo con Dios en la felicidad eterna. Esto constituye una riqueza tal para encontrar el sentido de la vida, que no podemos guardárnosla para nosotros. La ansiedad con que mucha gente se lanza en busca de experiencias nuevas, placeres diversos, riqueza y poder, sin ver cumplidos nunca del todo sus deseos de bienestar y felicidad, manifiesta claramente que el sentido y el rico jugo de la vida no está en esos objetivos y deseos. Está en Dios creador y redentor nuestro, principio y fin de todo lo que somos y estamos llamados a ser.
Una delicada misión frente a serias adversidades
Cuando insisto en estas verdades, sencillas en su formulación y no siempre fáciles de incorporar satisfactoriamente a nuestra vida, no quiero caer en la ingenuidad de olvidar que la fe es un regalo de Dios, que necesita cuidado en un ambiente propicio, y que muchísimas personas de distintos pueblos y culturas, y también próximas a nosotros han carecido de todo ello. Ésa es la razón urgente que ha de llevarnos a ofrecer a los demás lo que nos ha enriquecido a nosotros sin haberlo merecido. Ser cristiano es ser apóstol.
Aunque esté muy claro que debemos comprometernos en la urgente misión de evangelizar, también es cierto que cumplir con esta misión propia de nuestra identidad se encuentra, de entrada, con las dificultades propias de la debilidad humana. Por eso no debemos abandonarnos exclusivamente a nuestras fuerzas. La Iglesia es familia, es comunidad, es fraternidad. Vivir nuestra identidad como miembros de la Iglesia comporta la ventaja de gozar del apoyo mutuo, de la ayuda que nos proporciona la oración de unos por otros, y de la luz que nos ofrecen las ejemplares experiencias ajenas en el campo del apostolado. Esta jornada eclesial debería ser una ocasión para plantearnos muy seriamente cómo entendemos y vivimos nuestra condición de miembros e hijos de la Iglesia.
Por otra parte, somos testigos de que, aún cuando nos decidimos a ejercer generosamente el apostolado al que nos llama el Señor, y que es inherente a nuestra identidad eclesial, nos encontramos con muy serias adversidades. A ello contribuyen de modo llamativo y abundante muchas de las formas de pensar y de vivir, abiertamente contrarias a la fe cristiana y al sentido trascendente de la vida, y que vemos adoptadas por personas y grupos presentes y programadamente activos en nuestra sociedad. Ello causa la desorientación en quienes confían bondadosamente en la enseñanza cristiana, pero no disponen de suficientes recursos personales para discernir los errores y falacias que les llegan de todo eso. En otros, que ya están condicionados por las dificultades que supone la práctica del bien y el ejercicio de la virtud, y que viven acosados por la fuerza de los instintos y por las presiones de un ambiente hostil a la verdad evangélica, va sembrando actitudes contrarias al Evangelio y a la Iglesia. Por eso terminan mirándola como si fuera una simple institución humana dominada por los mismos intereses bastardos por los que otros se dejan guiar en su conducta aparentemente satisfactoria, al menos en lo inmediato y superficial. En muchos otros, todo lo que estamos señalando provoca una desconfianza radical que bloquea su capacidad de escucha y de atención ante el mensaje de amor y de misericordia que Dios nos comunica y que tanto necesitamos todos.
Caritativos y respetuosos con todos, pero sin ceder en nuestra misión
Sin embargo, la sensatez y la caridad nos enseñan que no debemos juzgar a esas personas, ni dejar de entender los obstáculos que para ellos suponen las circunstancias a que me he estado refiriendo. En esta línea sorprende percibir la estudiada estrategia antieclesial y anticristiana, tan hábilmente seguida por grupos muy significados en el mundo de las letras, de las ciencias, del cine y de los medios de comunicación haciéndose portavoces de un mensaje fuertemente negativo y presentando a la Iglesia como un motivo permanente de escándalo.
Llama la atención observar cómo determinados grupos, de gran influencia social en la línea de un materialismo y un hedonismo atrayente, instrumentalizan cualquier actuación o enseñanza de la Iglesia retorciendo su mensaje y atribuyéndolo a formas anacrónicas de pensar y de vivir, contrarias al progreso, a la libertad de las personas, a los derechos de los individuos y una sociedad abierta, plural y dialogante capaz de consenso. Así pretenden hacer del ministerio de caridad, de paz y de respeto a todas las personas sin excepción desde su concepción hasta su muerte natural, un argumento que presente, ante las gentes sencillas, una Iglesia malvada, ciega, ilusoriamente entretenida en sueños de felicidad absolutamente infantiles e inadecuados para una humanidad madura, autosuficiente y lanzada hacia un desarrollo progresivo que no debe ser interrumpido o condicionado por semejantes despropósitos.
Todas estas formas de actuar en contra de la Iglesia, de la fe cristiana y de la religiosidad, nacidas de actitudes más cerradas en sí mismas que respetuosamente observantes y dialogantes, encuentran un especial apoyo en las faltas personales y en los comportamientos y criterios equivocados que se constatan entre nosotros. La verdad es que no siempre somos ejemplares. Por eso, los papas Juan Pablo II y Benedicto XVI han pedido perdón por los motivos de escándalo que han propiciado sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos, bajo la presión de las tentaciones y adversidades.
Pero, queridos fieles cristianos: esta forma de juzgar y de tomar la parte por el todo, no sólo es ciega e incorrecta, sino que nos llevaría a no aceptar a nada y a nadie. ¿Qué tendríamos que hacer con los partidos políticos sobre todo, con las instituciones civiles de todo tipo, con las legislativas, con las jurídicas, con las educativas, etc.? Si actuáramos con los grupos e instituciones sociales dejándonos llevar sólo por los defectos y pecados de algunos de sus miembros, no sólo nos equivocaríamos, sino que haríamos imposible la vida personal y social en todas sus dimensiones.
Apóstoles pacientes, valientes y constantes
A nosotros, como cristianos guiados por la luz del Evangelio y llamados a seguir el camino que es Cristo, nos corresponde ser ecuánimes, respetuosos, pacientes y, sobre todo, valientes a la hora de enfrentarnos a las propias dificultades y a las adversidades sociales. Nos corresponde hacer caso a Dios antes que a los hombres. Confiando en su palabra y fortalecidos con su gracia, que nos llega por la oración y por la participación en los sacramentos, debemos decidirnos a desarrollar nuestra misión procurando, con humildad y constancia, ser luz del mundo y sal de la tierra con nuestras acciones y con la palabra adecuada, sencilla y oportuna. Ante todo, no acomplejarnos por las presiones ambientales, ni por los comportamientos de los poderosos.
Convenceos, queridos fieles cristianos, de que es el Señor quien nos ha puesto en este tiempo y en este mundo para mostrar el rostro de Cristo a quienes no conocen a Dios; para ser testigos del amor ante quienes sufren la desgracia del egoísmo como sistema de conducta; para defender incondicionalmente la vida como el don más preciado de Dios desde el primer instante de la concepción hasta la muerte natural; para amar a los que nos odian, pidiendo para ellos los bienes espirituales de que nosotros gozamos; para cultivar la esperanza frente a los aparentes fracasos de nuestras acciones bien intencionadas; y para buscar constantemente caminos nuevos, como nos indicaba el papa Juan Pablo II manifestándonos la urgencia de adquirir nuevos bríos, nuevos métodos y nuevo lenguaje en el ejercicio del apostolado.
Una llamada a la conversión, a la formación y a la esperanza
Nuestra Archidiócesis necesita crecer en todo ello. Nos faltan sacerdotes: pidamos al Señor que envíe operarios a su mies. Pidámoslo con fe y constancia.
Nuestra Archidiócesis necesita seglares bien formados capaces de ejercer cristianamente su misión en la familia, en la vecindad, en el ámbito de su profesión, en la vida pública, en la política, en la empresa, en el mundo obrero y sindical, en la educación, en las Parroquias, etc. Hagamos un esfuerzo importante por aprovechar los medios de formación que se ofrecen a nuestro alcance. Yo os propongo una vez más, con especial insistencia y por vuestro bien y el de nuestra Archidiócesis, las Escuelas que funcionan en nuestra Iglesia diocesana y que están al alcance de casi todos. Informaos de ello en vuestras Parroquias, Cofradías y Grupos apostólicos.
Solidarios como buenos hermanos
Nuestra Archidiócesis necesita ser solidaria con los más necesitados, especialmente en estos tiempos de singular necesidad. También es necesario crecer en solidaridad al interior de la propia Archidiócesis mediante la colaboración generosa a los fondos que han de salir al paso de lo que cada parroquia y cada institución eclesial no pueden lograr por sí mismas. Por eso os recuerdo que la Iglesia que integramos todos, debe ser sostenida por todos. Para cumplir en justicia con ello, cada uno debemos mirar más allá de nuestra propia Parroquia, grupo, cofradía o asociación. Confío en vuestra generosidad. Dios os lo pagará. Todo lo que se da a la Iglesia repercute, de una forma u otra, en bien de todos.
Os bendigo en el Nombre del Señor.
+ Santiago García Aracil
Arzobispo de Mérida-Badajoz

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