«¡El Señor volverá y nosotros vamos a su encuentro!», carta del obispo de Girona

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El año litúrgico toca a su fin y la Iglesia, por medio de las lecturas de la misa dominical, nos invita a mirar hacia el futuro. ¿Cual es nuestro futuro? No lo podemos saber, ni está en nuestras manos la vida, ni los años, pero el acontecimiento más seguro en el futuro de todos los nacidos es que un día tendremos que afrontar la muerte.

La certeza más absoluta de todo ser humano es su muerte. Esta es la cuestión más trascendental y la que más nos asusta, provoca miedo… o como queramos llamarlo, pues la muerte es el peor enemigo de lo que más deseamos, que es la vida.

También Jesús, en diversos momentos y especialmente en el huerto de los olivos, en Getsemaní, vivió en toda su intensidad, la angustia y el dolor de su cercana muerte: «¡Padre mío! si es posible, pase de mí este cáliz».

En mi juventud, un sacerdote francés, el padre Duval, cantaba canciones «catequéticas» y recuerdo perfectamente que una de ellas, la que empezaba así: «El Señor volverá, el Señor volverá, la noche en que no lo esperes», me dio mucho que pensar. Viví muy de cerca la muerte de un sacerdote muy querido y también la de otras personas que admiraba; personalmente, a causa de una peritonitis, tras una complicada operación de apendicitis, estuve a las puertas de la muerte. En tales circunstancias siempre recordaba que la otra cara de la muerte es la cara del SEÑOR QUE REGRESA A MI VIDA.

Me impresionó el testimonio de un periodista cristiano, muy amigo de Mons. Romero, el obispo asesinado en El Salvador, que en una entrevista respondió a la pregunta: «¿Ya sabe que usted también está amenazado muerte, como monseñor Romero?», respondió: «Está usted equivocado, no estoy amenazado de muerte, sino de vida, pues quienes creemos en Cristo resucitado sabemos y celebramos que nuestro destino es la Vida. La muerte es el paso necesario para gozar de esta Vida del todo y para siempre». Pasados unos meses me llagaba la noticia de la muerte del periodista-testigo.

Utilizando el lenguaje deportivo podemos decir: ¡El partido está ganado! Aunque ahora pueda parecer que perdemos, que no remontaremos; hay lesionados, heridos y algunos han de retirarse… pero, al final, gracias a la resurrección de Cristo, el partido de la vida está ganado.

Ello no significa que la muerte deje de ser el peor de los males, que, con razón, tememos, que provoca lágrimas… y tantos sentimientos de dolor, de rebeldía y de incomprensión.

La muerte no tiene la última palabra, la última pertenece a Dios, al Dios de la vida y del amor. Esta es la esperanza que tenemos que vivir, celebrar y ayudar a vivir. Estamos en buenas manos, en un camino cuyo final tiene sentido; la vida no es algo absurdo, ni la muerte un absurdo por partida doble.

Tras la muerte, no hay el vacío, el sin sentido, el absurdo, sino la plenitud de gozo y de amor en la Casa del Padre.

El cielo será la culminación del amor de Dios hacia nosotros y de nosotros con respecto a Él y entre todos. Nos encaminamos hacia esta culminación del amor, hacia el Cielo. ¡No quedaremos defraudados!

Francesc Pardo i Artigas.

Obispo de GiroNa

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