Benedicto XVI recuerda a Pablo VI y subraya la necesidad de una Iglesia “pobre y libre” en diálogo con el mundo moderno

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Benedicto XVI ha presidido ayer la concelebración eucarística en la plaza Pablo VI de Brescia ante la catedral en la que han participado miles de fieles, según ha informado Radio Vaticano, a quienes ha manifestado, en la homilía, su alegría por poder partir con ellos el pan de la Palabra de Dios y de la Eucaristía, en el corazón de la diócesis de Brescia, donde nació y recibió su formación juvenil el siervo de Dios Juan Bautista Montini, el papa Pablo VI, y tras saludar a todos los presentes y de manera particular al obispo, Mons. Luciano Monari, ha reflexionado sobre los textos que la liturgia de hoy nos propone y que aluden a la generosidad de la viuda, así como al contexto en el que se desarrolla este acto que el Santo Padre ha denominado “icono evangélico” en el Templo de Jerusalén, centro religioso del pueblo de Israel y corazón de toda su vida.
El gesto que realiza la viuda colocando en el cepillo del Templo las últimas monedas que le quedaban es un gesto que, gracias a la mirada atenta de Jesús, expresa la característica fundamental de quienes son “piedras vivas” de este nuevo Templo, expresa la donación completa de sí al Señor y al prójimo. Este es el significado perenne de la ofrenda de la viuda pobre, que Jesús exalta porque – dice – ha dado más que los ricos, que dan de lo que les sobra, mientras que ella ha dado todo lo que tenía para vivir (cfr. Mc 12,44).
“A partir de este icono evangélico, deseo meditar brevemente sobre el misterio de la Iglesia, y de esta manera rendir homenaje a la memoria del gran papa Pablo VI, que consagró a ella toda su vida. La Iglesia es un organismo espiritual concreto que prolonga en el espacio y en el tiempo la oblación del Hijo de Dios, un sacrificio aparentemente insignificante respecto a las dimensiones del mundo y de la historia, pero decisivo a los ojos de Dios”.
Y aludiendo a la Carta a los Hebreos en la que se narra que a Dios le bastó el sacrificio de Jesús, ofrecido “una sola vez”, para salvar al mundo entero Benedicto XVI ha subarayado que “la Iglesia, que incesantemente nace de la Eucaristía, es la continuación de este don, de esta sobreabundancia que se expresa en la pobreza, del todo que se ofrece en el fragmento. Es el Cuerpo de Cristo que se dona enteramente, Cuerpo partido y compartido, en constante adhesión a la voluntad de su Cabeza”.
“Es esta la Iglesia que el siervo de Dios Pablo VI amó con amor apasionado y ha procurado con todas sus fuerzas hacer comprender y amar. Releamos su Pensamiento en la muerte, allá donde, en la parte conclusiva, habla de la Iglesia. “Pudiera decir – escribe – que siempre la he amado… y que por ella, no por otra cosa, me parece haber vivido. Pero quisiera que la Iglesia lo supiera”. “Quisiera finalmente comprenderla toda, en su historia, en su designio divino, en su destino final, en su compleja, total y unitaria composición, en su humana e imperfecta consistencia, en sus desgracias y sufrimientos, en las debilidades y las miserias de tantos de sus hijos, en sus aspectos menos simpáticos, y en el esfuerzo perenne de fidelidad, de amor, de perfección y de caridad. Cuerpo Místico de Cristo. Quisiera abrazarla, saludarla, amarla, en cada ser que la compone, en cada Obispo y sacerdote que la asiste y la guía, en cada alma que la vive y la ilustra; bendecirla”.
A este punto, Benedicto XVI se ha preguntado, ¿Qué se puede añadir a palabras tan altas e intensas? Y ha proseguido: “Pablo VI dedicó todas sus energías al servicio de una Iglesia lo más conforme posible a su Señor Jesucristo, de modo que, encontrándola, el hombre contemporáneo pudiera encontrar a Jesús, porque de Él tiene necesidad absoluta. Este es el anhelo profundo del Concilio Vaticano II, al que corresponde la reflexión del papa Pablo VI sobre la Iglesia. Él quería exponer de forma programática algunos puntos importantes en su primera Encíclica, Ecclesiam suam, del 6 de agosto de 1964, cuando aún no habían visto la luz las Constituciones conciliares Lumen gentium y Gaudium et spes.
“Con aquella Encíclica el Pontífice se proponía explicar a todos la importancia de la Iglesia para la salvación de la humanidad, y al mismo tiempo, la exigencia que entre la comunidad eclesial y la sociedad se establezca una relación de mutuo conocimiento y amor (cfr Enchiridion Vaticanum, 2, p. 199, n. 164). “Conciencia”, “renovación”, “diálogo”: estas son las tres palabras elegidas por Pablo VI para expresar sus “pensamientos” dominantes – como él los define – en el inicio de ministerio petrino, y la tres tienen que ver con la Iglesia. Ante todo, la exigencia que ella profundice el conocimiento de sí misma: origen, naturaleza, misión, destino final; en segundo lugar, su necesidad de renovarse y purificarse mirando al modelo que es Cristo; en fin, el problema de sus relaciones con el mundo moderno (cfr ibid., pp. 203-205, nn. 166-168).
La reflexión del Papa Montini sobre la Iglesia es más que nunca actual; y aún más es precioso el ejemplo de su amor por ella, inseparable del amor por Cristo ha precisado el Santo Padre dirigiéndose especialmente a los hermanos en el episcopado y en el sacerdocio:
“¿Cómo no ver que la cuestión de la Iglesia, de su necesidad en el designio de salvación y de su relación con el mundo, siguen siendo hoy, absolutamente centrales? ¿Que, además, los desarrollos de la secularización y la globalización la han hecho aún más radical, en la confrontación con el olvido de Dios, por una parte, y con las religiones no cristianas, por otra? “El misterio de la Iglesia – leemos siempre en la Encíclica Ecclesiam suam – no es un simple objeto de conocimiento teológico, debe ser un hecho vivido, en el que antes de tener una clara noción, el alma fiel puede tener una cuasi connatural experiencia” (ibid., p 229, n. 178). Esto presupone una robusta vida interior, que es “la gran fuente de la espiritualidad de la Iglesia, su propio modo de recibir la irradiación del Espíritu de Cristo, expresión radical e insustituible de su actividad religiosa y social, inviolable defensa y fuente de energía en su difícil contacto con el mundo profano” (ibid., p. 231, n. 179).
También en su homilía Benedicto XVI ha aprovechado la ocasión para referirse al año sacerdotal que estamos celebrando teniendo como telón de fondo las palabras de su predecesor Pablo VI en lo que se refiere al celibato sacerdotal. Palabras que ha dedicado sacerdotes de la diócesis de Brescia, así como a los jóvenes que se están formando en el Seminario:
“«Tomado por Cristo Jesús» (Fil 3,12) hasta el abandono de sí mismo a él, el sacerdote se configura más perfectamente a Cristo también en el amor con el cual el eterno Sacerdote ha amado a la Iglesia, su Cuerpo, ofreciendo todo de sí por ella… La virginidad consagrada de los ministros sagrados manifiesta, en efecto, el amor virginal de Cristo por la Iglesia y la virginal y sobrenatural fecundidad de esta unión” (Sacerdotalis caelibatus, 26). Queridos hermanos, los ejemplos sacerdotales del siervo de Dios Juan Bautista Montini os guíen siempre, e que interceda por vosotros San Arcángel Tadini, que poco antes he venerado en la breve visita a Botticino”.
El Pontífice ha finalizado su homilía subrayando la vitalidad de los laicos en el apostolado asociado y en su compromiso social y teniendo en cuenta las Enseñanzas de Pablo VI ha recordado también el compromiso que tuvo en promover la vida consagrada y ha pedido rezar para que el fulgor de la belleza divina resplandezca en cada comunidad y que la Iglesia sea signo luminoso de esperanza para la humanidad del tercer milenio. Que nos obtenga esta gracia María, a quien Pablo VI quiso proclamar, al final del Concilio Ecuménico Vaticano II, Madre de la Iglesia.
Benedicto XVI llegaba esta mañana a Ghedi procedente del aeropuerto romano de Ciampino tras haber abandonado la Ciudad del Vaticano en helicóptero pasadas las ocho de la mañana. Antes de llegar a Brescia se ha detenido en la parroquia de Botticino Sera donde ha venerado los restos mortales de san Arcángel Tadini a quién se ha referido el Santo Padre al pronunciar unas breves palabras al salir del templo.
Está previsto que esta tarde el Pontífice se traslade a Concesio donde visitará la casa natal del Papa Montini y se encontrará con algunos miembros de la familia. Después se trasladará a la nueva sede del Instituto Pablo VI y en el auditorium Vittorio Montini tendrá lugar la ceremonia oficial de inauguración de este complejo y la entrega del VI Premio internacional Pablo VI. Benedicto XVI finalizará su visita pastoral a la tierra natal de Giovanni Battista Montini visitando la parroquia de San Antonio donde fue bautizado el siervo de Dios Pablo VI dando de esta manera por finalizado su décimo séptimo viaje pastoral que realiza en Italia.

Pablo VI y Rayzinger
En el Ángelus: recuerdo especial del Papa Pablo VI y su amor a la Virgen María, Madre de la Iglesia

Oh Virgen María, Madre de la Iglesia, a Ti encomendamos a esta Iglesia de Brescia y a la entera población de esta región. Recuerda a todos tus hijos; lleva a Dios sus oraciones; conserva firme su fe; fortalece su esperanza; aumenta su caridad. Oh clemente, oh piadosa, oh Dulce Virgen María (cfr ibid., nn. 317.320.325).
Con estas palabras el Santo Padre ha concluido su breve alocución previa al rezo del Ángelus tras haber subrayado la profunda devoción que el Siervo de Dios Juan Bautista Montini tenía por la Virgen María. “Él celebró su primera Misa en el Santuario de Santa María de las Gracias, corazón mariano de la ciudad, no muy lejano de esta plaza, ha recordado Benedicto XVI. De ese modo, puso su sacerdocio bajo la materna protección de la Madre de Jesús, y este lazo lo acompañó toda la vida”.
Es memorable el discurso de cierre del tercer período del Concilio Vaticano II, el 21 de noviembre de 1964. En aquella sesión fue promulgada la Constitución sobre la Iglesia Lumen gentium, que – en palabras de Pablo VI – “tiene como vértice y corona un entero capítulo dedicado a la Virgen”. El Papa hizo notar que se trataba de la más amplia síntesis de doctrina mariana, nunca antes elaborada por algún Concilio Ecuménico, con el fin de “manifestar el rostro de la santa Iglesia, a la que María está íntimamente unida” (Enchiridion Vaticanum, Bolonia 1979, p. [185], nn. 300-302).
En aquel contexto, ha subrayado el Benedicto XVI, el Papa Montini proclamó a María Santísima “Madre de la Iglesia” (cfr ibid., n. 306), subrayando, con viva sensibilidad ecuménica, que “la devoción a María… es un medio esencialmente ordenado a orientar las almas a Cristo y así unirlas al Padre en el amor del Espíritu Santo” (ibid., n. 315), subrayando, con viva sensibilidad ecuménica, que “la devoción a María… es un medio esencialmente ordenado a orientar las almas a Cristo y así unirlas al Padre en el amor del Espíritu Santo” (ibid., n. 315).
Benedicto XVI ha dado las gracias a todos los fieles que han participado en la celebración eucarística así como a todas las personas que han preparado la visita pastoral y ha saludado a los que han seguido el Ángelus desde la Plaza de san Pedro, de manera especial a los numerosos voluntarios de la Unión Nacional Pro Loco de Italia.

ÁNGELUS – TEXTO COMPLETO:

Al finalizar esta solemne celebración, agradezco cordialmente a quienes han realizado la animación litúrgica y a quienes de diversos modos han colaborado en la preparación y realización de mi visita pastoral aquí en Brescia. ¡Gracias a todos! Saludo también a quienes nos siguen mediante la radio y la televisión, así como a quienes están en la Plaza de San Pedro, de manera especial a los numerosos voluntarios de la Unión Nacional Pro Loco de Italia. En esta hora del Ángelus deseo recordar la profunda devoción que el Siervo de Dios Juan Bautista Montini tenía por la Virgen María. Él celebró su primera Misa en el Santuario de Santa María de las Gracias, corazón mariano de la ciudad, no muy lejano de esta Plaza. De ese modo, puso su sacerdocio bajo la materna protección de la Madre de Jesús, y este lazo lo acompañó toda la vida.
A medida que sus responsabilidades eclesiales aumentaban, él iba madurando una visión siempre más amplia y orgánica de la relación entre la Bienaventurada Virgen María y el Misterio de la Iglesia. En tal perspectiva, es memorable el Discurso de cierre del 3er Período del Concilio Vaticano II, el 21 de noviembre de 1964. En aquella sesión fue promulgada la Constitución sobre la Iglesia Lumen gentium, que – son palabras de Pablo VI – “tiene como vértice y corona un entero capítulo dedicado a la Virgen”. El Papa hizo notar que se trataba de la más amplia síntesis de doctrina mariana, nunca antes elaborada por algún Concilio Ecuménico, con el fin de “manifestar el rostro de la santa Iglesia, a la que María está íntimamente unida” (Enchiridion Vaticanum, Bolonia 1979, p. [185], nn. 300-302). En aquel contexto proclamó a María Santísima “Madre de la Iglesia” (cfr ibid., n. 306), subrayando, con viva sensibilidad ecuménica, que “la devoción a María… es un medio esencialmente ordenado a orientar las almas a Cristo y así unirlas al Padre en el amor del Espíritu Santo” (ibid., n. 315).
Hagamos eco de las palabras del Pablo VI, también nosotros oramos hoy: Oh Virgen María, Madre de la Iglesia, a Ti encomendamos a esta Iglesia bresciana y a la entera población de esta región. Recuerda a todos tus hijos; lleva a Dios sus oraciones; conserva firme su fe; fortalece su esperanza; aumenta su caridad. Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María (cfr ibid., nn. 317.320.325).

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