«El crucifijo, los jueces y Natalia Ginzburg», artículo de L’Osservatore Romano

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«El crucifijo, los jueces y Natalia Ginzburg» es el título del comentario -firmado por Giuseppe Fiorentino y Francesco M. Valiante, responsables, respectivamente, de las áreas de información internacional y vaticana de L’Osservatore Romano que fue publicado ayer en el diario para salir al paso de la polémica decisión del Tribunal de Estrasburgo que proscribe el crucifijo en las aulas.
A continuación reproducimos íntegramente el contenido del mismo:

De todos los símbolos que a diario perciben los jóvenes, la sentencia difundida ayer por el Tribunal de Estrasburgo –que prohíbe la exhibición del crucifijo en las aulas escolares italianas porque supone que es contraria al derecho de los padres a educar a sus hijos según sus convicciones y al derecho de los niños a la libertad de religión- ha golpeado aquello que más representa una gran tradición, no sólo religiosa, del continente europeo. «El crucifijo no genera ninguna discriminación. Calla. Es la imagen de la revolución cristiana que diseminó por el mundo la idea de la igualdad entre los hombres, hasta entonces ausente». Quien escribió estas palabras, el 22 de marzo de 1988, fue Natalia Ginzburg en las páginas de «l’Unità», el diario fundado por Antonio Gramsci, entonces órgano del Partido comunista italiano.

Las palabras de las escritora, a distancia de más de veinte años, expresa un sentimiento todavía ampliamente compartido en Italia. Lo demuestran las muchas reacciones que han seguido al pronunciamiento del tribunal europeo. Mientras el gobierno italiano ha anunciado que ha presentado recurso contra la sentencia, el mundo político ha evidenciado casi unánimemente la falta de sentido común inherente a la medida, subrayando cómo la laicidad de las instituciones es un valor bien distinto a la negación del papel del cristianismo. «Estupor y pesar» ha expresado en particular el director de la Oficina de Información de la Santa Sede, el jesuita Federico Lombardi, en una severa declaración emitida por Radio Vaticana y por el Tg1 [telediario del primer canal de la Rai, la televisión pública italiana. Ndr]. «Es grave –afirmó- querer marginar del mundo educativo un signo fundamental de la importancia de los valores religiosos en la historia y en la cultura italiana». Y continuó: «Sorprende además que un tribunal europeo intervenga seriamente en una materia ligada muy profundamente a la identidad histórica, cultural, espiritual del pueblo italiano. No es éste el camino por el que se atrae a amar y compartir más la idea europea, que, como católicos italianos, hemos sostenido fuertemente desde sus orígenes». De «visión parcial e ideológica» ha hablado la Conferencia episcopal italiana, subrayando que en la decisión del tribunal «se ignora o se descuida el múltiple significado del crucifijo, que no es sólo símbolo religioso, sino también signo cultural».

Hay que recordar que en Italia el Consejo de Estado en 2006 ya había considerado legítimas las normas que prevén la exhibición del crucifico en las escuelas, afirmando que ello no asume valor discriminatorio para los no creyentes porque representa «valores civilmente relevantes y, especialmente, aquellos valores que subyacen e inspiran nuestro orden constitucional».

En efecto, la sentencia del tribunal de Estrasburgo, con la intención de querer tutelar los derechos del hombre, acaba por poner en discusión las raíces sobre las cuales se fundan esos mismos derechos, desconociendo la importancia del papel de la religión –y en particular del cristianismo- en la construcción de la identidad europea y en la afirmación de la centralidad del hombre en la sociedad. Bajo otro perfil, la decisión de los jueces de Estrasburgo parece inspirada en una idea de laicidad del Estado que lleva a marginar la contribución de la religión en la vida pública. Se podría así prefigurar un futuro no tan lejano hecho de ambientes públicos despojados de cualquier referencia religiosa y cultural por miedo a ofender la sensibilidad de otros. En realidad, no es en la negación, sino en la acogida y en el respeto de las diversas identidades donde se defiende la idea de laicidad del Estado y se favorece la integración de las distintas culturas. «El crucifijo representa a todos» -explicaba Natalia Ginzburg- porque «antes de Cristo nadie había dicho jamás que los hombres son iguales y hermanos todos, ricos y pobres, creyentes y no creyentes, judíos y no judíos, y negros y blancos».

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