El cardenal de Barcelona pide recuperar el nivel moral en la vida personal y social

Sistach
Recuperar el nivel moral
Hablar de valores es y será siempre un tema actual. Los hombres y las mujeres de todos los tiempos necesitan tener un determinado sistema de valores. Y lo mismo podemos decir de la sociedad como tal. Un valor es aquello que, reconocido y aceptado por la persona o por un determinado colectivo social, favorece una plena realización, mueve y orienta la conducta de las personas y los grupos en el seno de un pueblo. El beato Juan XXIII, en su famosa carta encíclica Pacem in Terris (del año 1963), indicó cuatro grandes valores que han de presidir el bien integral de las personas y de las sociedades: verdad, justicia, amor y libertad.
Con frecuencia oímos que actualmente hay una crisis de valores que comporta una crisis de la sociedad. Esto es cierto, porque hoy los comportamientos de las personas son muy distintos a los de antes. La situación de nuestra sociedad detecta una caída bastante generalizada del nivel ético y moral, tanto personal como colectivo. Hechos recientes hacen evidente esta caída que comporta un peligro de desmoralización y de abandonarse diciendo que “todos se comportan igual”.
Pero se han expresado opiniones, que me parece merecen ser muy escuchadas, pidiendo que no nos desmoralicemos, que no aceptemos este bajón del nivel ético de nuestra sociedad. Tal bajón de ningún modo afecta en exclusiva a nuestro pueblo. Al contrario, el fenómeno –por desgracia- es bastante general, es casi universal. Y entre los factores desencadenantes de la crisis económica general que padecemos hay un cierto consenso en reconocer que uno de sus factores determinantes ha sido la caída moral, el dejarse llevar por la deshonestidad y la codicia a cualquier precio.
Hoy hay pensadores que se preguntan si las religiones –y entre nosotros, obviamente el cristianismo- pueden garantizar a la sociedad, como ya hicieron en el pasado, unos valores que sean como su brújula de navegación de las personas y de la sociedad entera. Sea cual sea la respuesta que se dé a esta pregunta, me parece indiscutible que, para los cristianos, es una grave obligación de este momento no dejarse desmoralizar. La presencia del mal en el mundo –con todas sus manifestaciones del pasado y del presente- nunca debiera sorprender al cristiano. En el mundo hay una situación de pecado desde el principio –el dogma demasiado olvidado del pecado original- un pecado personal y estructural, que impulsa a unas “estructuras de pecado” que a menudo inclinan todavía más hacia el mal y dificultan la práctica de la honestidad y de las virtudes.
No obstante, el centro del cristianismo no es el anuncio del imperio y la victoria del mal, sino la proclamación de la redención y la superación del pecado y del mal de todo tipo. La aceptación de la desmoralización nunca es cristiana, como tampoco lo es la desesperación y el desánimo, signos de poca fe.
Los hechos que han motivado este comentario nos han de mover a los cristianos a vivir y dar testimonio con los hechos de que la antropología cristiana, desvelando la dignidad inviolable de toda persona, ilumina y posibilita la realización de los auténticos valores humanos e inspira y sostiene el compromiso del testimonio cristiano en la vida personal, cultural y social.
En una palabra, recuperar el nivel moral de nuestra sociedad es un importante factor de su bien común. A pesar de todas nuestras limitaciones, como dice un antiguo texto cristiano, “lo que es el alma en el cuerpo, lo han de ser los cristianos en el mundo”.

+ Lluís Martínez Sistach
Cardenal Arzobispo de Barcelona

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