El Papa clausura la II Asamblea Especial para África invitando a la reconcilición y al resurgimiento de sus pueblos

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Benedicto XVI ha presidido esta mañana una solemne celebración Eucarística en la basílica de San Pedro con motivo de la conclusión de la Segunda Asamblea Especial para África del Sínodo de los Obispos, según ha informado Radio Vaticano. En la primera parte de la homilía, el Papa ha reflexionado sobre los textos de la Liturgia de la Palabra que la Iglesia nos propone para este Trigésimo Domingo del Tiempo Ordinario, haciendo continuamente referencias a las realidades que acompañan al hombre de nuestro tiempo.

En la parte final de la misma, Benedicto XVI ha subrayado los desafíos que este segundo Sínodo para África plantea ante el actual estado de cosas. “La Comunidad eclesial, siguiendo las huellas de su Maestro y Señor, ha dicho, está llamada a recorrer decididamente el camino del servicio, y a compartir hasta el final la condición de los hombres y mujeres de su tiempo, para testimoniar a todos el amor de Dios y así sembrar esperanza”.

A continuación les ofrecemos el texto íntegro de la homilía:

¡Venerados Hermanos!

¡Queridos hermanos y hermanas!

He aquí un mensaje de esperanza para África: lo hemos escuchado ahora de la Palabra de Dios. Es el mensaje que el Señor de la historia no se cansa de renovar para la humanidad oprimida y atropellada de toda época y de toda tierra, desde cuando reveló a Moisés su voluntad sobre los israelíes esclavos en Egipto: “He visto la aflicción de mi pueblo… he oído su grito… conozco sus sufrimientos. He bajado para liberarlos… y para subirlo de esta tierra a una tierra buena y espaciosa, a una tierra que mana leche y miel” (Ex 3, 7 – 8). ¿Cuál es esta tierra? ¿No es tal vez el Reino de la reconciliación, de la justicia y de la paz, a la que está llamada toda la humanidad? El designio de Dios no cambia. Es el mismo que fue profetizado por Jeremías, en los magníficos oráculos denominados “Libro de la consolación”, del que hoy se ha extraído la primera lectura. Es un anuncio de esperanza para el pueblo de Israel, postrado por la invasión del ejército de Nabucodonosor, de la devastación de Jerusalén y del Templo, y de la deportación a Babilonia. Un mensaje de alegría para el “resto” de los hijos de Jacob, que anuncia un futuro para ellos, porque el Señor los conducirá a su tierra, a través de un camino directo. Las personas necesitadas de sostén, como el ciego y el cojo, la mujer embarazada y la parturienta, experimentan la fuerza y la ternura del Señor: Él es un padre para Israel, dispuesto a atenderlo como se hace con el hijo primogénito (cf. Jer 31, 7 – 9).

El designio de Dios no cambia. A través de los siglos y los giros de la historia, Él apunta siempre hacia la misma meta: el Reino de la libertad y de la paz para todos. Y ello implica su predilección por quienes están privados de la libertad y la paz, por quienes son violados en su propia dignidad de personas humanas. Pensemos en particular en los hermanos y hermanas que en África sufren la pobreza, enfermedades, injusticias, guerras y violencias, migraciones forzadas. Estos hijos predilectos del Padre celestial son como el ciego del Evangelio, Bartimeo, que “estaba sentado al borde del camino para pedir limosna” (Mc 10, 46), a las puertas de Jericó. Precisamente por ese camino pasa Jesús Nazareno. Es el camino que conduce a Jerusalén, donde se consumará la Pascua, su Pascua sacrificial, a la que el Mesías va por nosotros. Es el camino de su éxodo que es también el nuestro: la única vía que conduce a la tierra de la reconciliación, de la justicia y de la paz. En este camino el Señor encuentra a Bartimeo, que ha perdido la vista. Sus caminos se cruzan, se convierten en un único camino. “¡Hijo de David, Jesús, ten piedad de mí!”, grita el ciego con confianza. Jesús replica: “¡Llámenlo!”, y añade: “¿Qué quieres que haga por ti?”. Dios es la luz, y el creador de la luz. El hombre es hijo de la luz, hecho para ver la luz, pero ha perdido la vista, y se encuentra obligado a mendigar. A su lado pasa el Señor, que se ha hecho mendigo por nosotros: sediento de nuestra fe y de nuestro amor. “¿Qué quieres que haga por ti?”. Dios sabe, pero pregunta; quiere que sea el hombre quien hable. Quiere que el hombre se levante, que encuentre el valor para pedir lo que necesita para su dignidad. El Padre quiere escuchar de la viva voz del hijo la libre voluntad de ver de nuevo la luz, aquella luz por la cual lo ha creado. “¡Rabbuní, maestro, que vea de nuevo!”. Y Jesús le dice: “Anda, tu fe te ha salvado. Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino” (Mc 10, 51 – 52).

Queridos hermanos, demos gracias porque este “misterioso encuentro entre nuestra pobreza y la grandeza” de Dios se ha realizado en la Asamblea sinodal para África que se concluye hoy. Dios ha renovado su llamada: “¡Ánimo! Levántate…” (Mc 10, 49). Y también la Iglesia que está en África, a través de sus Pastores, venidos de todos los países del continente, desde Madagascar y de las otras islas, ha acogido el mensaje de esperanza y la luz para caminar por la vía que conduce al Reino de Dios. “Anda, tu fe te ha salvado” (Mc 10, 52). Sí, la fe en Jesucristo – cuando es bien entendida y practicada – guía a los hombres y pueblos a la libertad en la verdad, o para usar las tres palabras del tema sinodal, a la reconciliación, a la justicia y a la paz. Bartimeo que, curado, sigue a Jesús por el camino, es imagen de la humanidad que, iluminada por la fe, se pone en camino hacia la tierra prometida. Bartimeo se convierte a su vez en testigo de la luz, contando y demostrando en primera persona que fue curado, renovado, regenerado. Esto es la Iglesia en el mundo: comunidad de personas reconciliadas, agentes de justicia y de paz; “sal y luz” en medio de la sociedad de los hombres y de las naciones. Por ello el Sínodo ha afirmado con fuerza – y lo ha manifestado – que la Iglesia es Familia de Dios, en la cual no pueden subsistir divisiones basadas en las diferencias étnicas, lingüísticas o culturales. Testimonios conmovedores nos han mostrado que, también en los momentos más oscuros de la historia human, el Espíritu Santo obra y transforma los corazones de las víctimas y de los perseguidores para que se reconozcan como hermanos. La Iglesia reconciliada es una potente levadura de reconciliación en cada país y en todo el continente africano.

La segunda lectura nos ofrece una ulterior perspectiva: la Iglesia, comunidad que sigue a Cristo por el camino del amor, tiene una forma sacerdotal. La categoría del sacerdocio, como clave interpretativa del misterio de Cristo y, en consecuencia, de la Iglesia, fue introducida en el Nuevo Testamento por el Autor de la Carta a los Hebreos. Su intuición toma su origen en el Salmo 110, citado en el día de hoy, allá donde el Señor Dios, con solemne juramento, asegura al Mesías: “Tu eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec” (v. 4). Referencia que remite a otra, extraída del Salmo 2, en la que el Mesías anuncia el decreto del Señor que dice de él: “Tu eres mi hijo, yo te he engendrado hoy” (v. 7). De estos textos se deriva la atribución a Jescristo del carácter sacerdotal, no en sentido genérico, sino “según el rito de Melquisedec”, es decir, el sacerdocio sumo y eterno, de origen no humano sino divino. Si todo sumo sacerdote “es elegido de entre los hombres y para los hombres es constituido tal en las cosas que tienen que ver con Dios” (Hb 5, 1), solo Él, Cristo, el Hijo de Dios, posee un sacerdocio que se identifica con su misma Persona, un sacerdocio singular y trascendente, del que depende la salvación universal. Este sacerdocio suyo, Cristo lo ha transmitido a la Iglesia mediante el Espíritu Santo; por tanto la Iglesia tiene en sí misma, en cada uno de sus miembros, en virtud del Bautismo, un carácter sacerdotal. Pero – y este es el aspecto decisivo – el sacerdocio de Jesucristo no es más primariamente ritual, sino existencial. La dimensión del rito no es abolida, sino, como aparece claramente en la institución de la Eucaristía, toma significado del Misterio Pascual, que lleva a cumplimiento los sacrificios antiguos y los supera. Nacen así contemporáneamente un nuevo sacrificio, un nuevo sacerdocio y también un nuevo templo, los tres coinciden con el Misterio de Jesucristo. Unida a Él mediante los Sacramentos, la Iglesia prolonga su acción salvífica, permitiendo a los hombres ser sanados mediante la fe, como el ciego Bartimeo. Así la Comunidad eclesial, siguiendo las huellas de su Maestro y Señor, está llamada a recorrer decididamente el camino del servicio, y a compartir hasta el final la condición de los hombres y mujeres de su tiempo, para testimoniar a todos el amor de Dios y así sembrar esperanza.

Queridos amigos, este mensaje de salvación la Iglesia lo transmite conjugando siempre la evangelización y la promoción humana. Tomemos como ejemplo la histórica Encíclica Populorum progressio: lo que el Siervo de Dios Pablo VI elaboró en términos de reflexión, los misioneros lo han realizado y siguen realizándolo en el terreno, promoviendo un desarrollo respetuoso de las culturas locales y del ambiente, según una lógica que ahora, después de 40 años, aparece como la única en grado de hacer salir a los pueblos africanos de la esclavitud del hambre y las enfermedades. Esto significa transmitir el anuncio de esperanza según una “forma sacerdotal”, es decir, viviendo en primera persona el Evangelio, buscando traducirlo en proyectos y realizaciones coherentes con el principio dinámico fundamental, que es el amor. En estas tres semanas, la Segunda Asamblea Especial para África del Sínodo de los Obispos ha confirmado aquello que mi venerado predecesor, Juan Pablo II, había puesto ya de relieve, y que he querido también yo profundizarlo en la reciente Encíclica Caritas in veritate: que es necesario renovar el modelo de desarrollo global, de modo que sea capaz de “incluir a todos los pueblos y no solamente a aquellos particularmente dotados” (n.39). Todo lo que la Doctrina Social de la Iglesia siempre ha sostenido a partir de su visión del hombre y de la sociedad, hoy es requerido también de la globalización (cf. ibid.). Ésta – es necesario recordar – no va entendida fatalísticamente como si sus dinámicas fueran producto de anónimas fuerzas impersonales e independientes de la voluntad humana. La globalización es una realidad humana y como tal es modificable según uno u otro planteamiento cultural. La Iglesia trabaja con su concepción personalista y comunitaria para orientar el proceso en términos de relacionalidad, de fraternidad y compartir (cf. ibid., nº 42).

“¡Ánimo, levántate!..”. Así hoy el Señor de la vida y de la esperanza se dirige a la Iglesia y a las poblaciones africanas, al terminar estas sesiones de reflexión sinodal. Levántate, Iglesia de África, Familia de Dios, porque te llama el Padre celestial, que tus antepasados invocaron como Creador, antes de conocer su la cercanía misericordiosa, revelada en su Hijo unigénito, Jesucristo,. Emprende el camino de una nueva evangelización con al coraje que proviene del Espíritu Santo. La urgente acción evangelizadora, de la que mucho se ha hablado estos días, comporta también un llamado urgente a la reconciliación, condición indispensable para instaurar en África relaciones de justicia entre los hombres, y para construir una paz equitativa y duradera en el respeto de cada individuo y de cada pueblo; una paz que tiene necesidad y se abre a la aportación de todas las personas de buena voluntad, más allá de las respectivas dependencias religiosas, étnicas, lingúísticas, culturales y sociales. En tal comprometida misión tu, Iglesia peregrina en el África del tercer milenio, no estás sola. Está cercana a ti con la oración y la solidaridad toda la Iglesia católica, y desde el Cielo te acompañan los santos y santas africanos, que, con la vida tal vez entregada en el martirio, han dado testimonio pleno de fidelidad a Cristo.

¡Ánimo! Levántate, Continente africano, tierra que ha acogido al Salvador del mundo cuando de niño tuvo que refugiarse con José y María en Egipto para salvar su vida de la persecusión del rey Herodes. Acoge con renovado entusiasmo el anuncio del Evangelio para que el rostro de Cristo pueda iluminar con su esplendor la multiplicidad de las culturas y lenguajes de todas las poblaciones. Mientras ofrece el pan de la Palabra y de la Eucaristía, la Iglesia se compromete tambien a obrar, con todos los medios disponibles, para que a ningún africano le falte el pan de cada día. Por esto, junto a la obra de la primaria urgencia de la evangelización, los cristianos están activos en la intervención de promoción humana.

Queridos Padres Sinodales, al terminar mis reflexiones, deseo dirigirles mi saludo más cordial, agradeciéndoles por su edificante participación. Regresando a casa, ustedes, Pastores de la Iglesia en África, lleven mi bendición a sus Comunidades. Transmitan a todos el llamado que ha resonado en este Sínodo para la reconciliación, la justicia y la paz. Miestras se cierra la Asamablea sinodal no puedo dejar de renovar mi vivo reconocimiento al secretario general del Sínodo de los Obispos y a todos sus colaboradores. Un agradecido pensamiento expreso a los coros de la comunidad nigeriana de Roma y del Colegio Etíope, que contribuyen con la animación de esta liturgia. En fin, quiero agradecer a cuantos han acompañado los trabajos sinodales con su oración. Que la Virgen María les recompense, y obtenga a la Iglesia en África el crecer en cada parte de aquel gran Continente, difundiendo por todas partes la “sal” y la “luz” del Evangelio.

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