«¡Maestro, que pueda ver!», carta del obispo de Girona

Pardo
“¡Maestro, que pueda ver!”. Bartimeo era un ciego, uno de tantos, de la época de Jesús. Estos discapacitados físicos tenían muchas dificultades para sobrevivir, porque además de no ver, eran rechazados y marginados social y religiosamente. No podían ver y la gente no los quería ver.
Bartimeo osa lanzar un grito desesperado, al saber que muy cerca de él pasa el Maestro, pese a que le conminan a que se calle. Quien está enfermo, lucha por su salud: “¡Ten compasión de mí!, ¡Ten compasión de mí!” “¡Maestro, que pueda ver!”. Si no consigues que te vean, por lo menos grita para manifestar con fuerza que estás ahí.
Todo el mundo quería que se callase y le reñían. Es una indicación muy precisa y preciosa. Se da con frecuencia, esa actitud de querer silenciar cualquier petición a Jesús cuando parece que supera “el silencio social que va imponiéndose para dirigirse al Señor”. Y, al mismo tiempo, nos molestan los gritos y el clamor de quienes necesitan bienes materiales y bálsamo para el espíritu atormentado, especialmente si no se formula a través de los canales establecidos. Cuando alguien se nos dirige, desde la propia familia, vecinos, amigos, fieles…, nos limitamos a decir: “No pasa nada” o, a lo sumo, solemos responder: “¿De qué te quejas?”. Y nos quedamos tan contentos.
Jesús sí escucha, escucha el grito que pide compasión, lo toma en serio y llama a quien lo ha formulado, y da respuesta a todas sus necesidades.
Primero le reconoce su propia dignidad al llamarle y, al mismo tiempo, lo escucha para conocer sus males. Más aun, le descubre lo que hay en el interior de muchas personas: “Tu fe te ha salvado”. Y, finalmente, consigue que recobre la vista. Lo ha salvado, porque ha reconocido y fortalecido su fe y lo ha sanado. Y a partir de este momento Bartimeo sigue a Jesús, se convierte en uno de sus discípulos.

Bartimeos de nuestros días:

· El grito de quien permanece en el olvido en su entorno más próximo, el familiar. Utilizado, sí, pero no tenido en cuenta, ni escuchado, ni valorado. Es Cristo que nos pide atención y algo de amor y ser tenido en cuenta. Que el Señor abra nuestros ojos y haga que veamos.

· El grito de quien ha caído en el pozo de la droga, del alcohol y puede que ni sea consciente de ello. O el de quien necesita tentar las sensaciones más peligrosas para la propia salud, por la única razón de que no encuentra ningún sentido y necesita sentirse vivo.

· El grito de quienes, aun sin decirlo abiertamente, nos piden que les demos a conocer a Jesús y sus propuestas, que les anunciemos donde podrán hallarle, que les acompañemos, que, para empezar, les prestemos algo de nuestra fe, esperanza y fuerza para seguir amando.

· El grito de quienes son incapaces de ver más allá de su YO, de sus propios intereses; son ciegos para descubrir a nadie más y necesitan que alguien abra sus ojos.

· El grito de tantos niños que, quizá cuando hayan crecido, nos van a decir que no les hemos transmitido el tesoro de la fe, que les hemos dejado huérfanos de la Buena Noticia.

· El grito de todos los que permanecen arrinconados en la cuneta de la vida.

Que todos, como Bartimeo, tengamos valentía para gritar: “Señor, haz que pueda ver y, al mismo tiempo, que atienda el clamor de mis compañeros de viaje”.

Francesc Pardo i Artigas
Obispo de Girona

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