¡Ponte en marcha!

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Por Mons. Francisco Gil Hellín, Arzobispo de Burgos

Contaba un soldado de Caballería, que la primera vez que montó un caballo, el animal se dio cuenta inmediatamente de que el jinete era un novato. Porque tan pronto como le picó la espuela, cogió el galope y cuanto más tiraba de ella, más galopaba el caballo. Por fin, decidió que el caballo hiciera lo que le viniera en gana. Al cabo de un rato, se paró y se puso a pastar a la vera del camino. Pasó un labriego y al ver la cara de asustado que tenía el soldado, le preguntó: «¿Adónde va?» El soldado, que ya se había tomado las cosas un poco a broma, le contestó: «Bueno, lo que se dice ir… voy donde el caballo me lleve».
Me parece que este ejemplo puede ser muy ilustrativo para la Marcha de la Juventud de este año, que tiene como lema: «¡Ponte en camino!». Ponte en camino, pero sabiendo adónde vas, cuál es la meta. La meta no es otra que la Jornada Mundial de la Juventud que celebraremos en Madrid el verano de 2011. Quizás fuera más exacto decir que esa meta es propiamente la penúltima etapa, porque la Meta, con mayúscula, no es otra que Jesucristo.
Para que recorras bien el camino que finaliza en la Jornada Mundial de la Juventud y allí te encuentres por primera vez o te vuelvas a encontrar con Jesucristo, te diré que son precisas pocas cosas, pero importantes. Concretamente estas tres: un evangelio para llevarlo en la mano derecha, un crucifijo para llevarlo en la mano izquierda y en el pecho un corazón ardiente y lleno de amor.
El evangelio es como el GPS que nos va marcando la ruta, es decir, quién es Jesús, cómo trataba él a las personas, cómo te trata a ti, cuáles son sus principales enseñanzas, cuáles sus grandes milagros y, sobre todo, que murió y resucitó por ti, por mi y por todos. La cruz es necesaria para saber que el camino de Jesús es un camino de amor. Y, como sabes muy bien, el amor implica siempre dolor, sacrificio, renuncia. Lo han cantado así todos los poetas. Nuestro refranero ha recogido esta perlita: «El que no sabe sufrir, no sabe querer». Nadie lo sabe mejor que los que han estado o están verdaderamente enamorados. Por último, necesitas tener un corazón grande. Un corazón en el que quepan todas las personas, especialmente los jóvenes y los más necesitados. Un corazón capaz de entregar la vida a Jesucristo y, por Él, a los demás. Un corazón que sueñe con un mundo mucho mejor que el actual. Es muchísimo lo que hay que cambiar para que todos nos sintamos hermanos y nos tratemos como hermanos, un mundo en que no haya tantas desigualdades, un mundo en el que se respete –más con hechos que con palabras– la dignidad de todos y cada uno de los hombres y mujeres, sea cual sea su situación económica o su estatus social, un mundo en que haya más alegría de la auténtica, no de pacotilla.
A Juan Pablo II, el Papa que tanto quería a los jóvenes, le gustaba repetir el grito «No tengáis miedo, no tengáis miedo. Abrid a Jesucristo de par en par vuestros corazones, vuestras ilusiones, vuestros amores». Benedicto XVI ha dicho algo parecido: «No tengáis miedo a Jesucristo. Él no pide nada, lo da todo». Efectivamente, si vamos detrás de Jesucristo encontraremos la verdadera felicidad, esa que no se compra ni se vende, porque está en el fondo de nuestro corazón y hay que hacerla aflorar con la paz de la conciencia y la entrega generosa a los demás.
Hace unos días estuve en dos conventos de clausura. Tres chicas jóvenes se consagraban a Jesucristo para toda la vida como monjas de clausura. ¡Si hubierais visto que alegría y cómo contaban ellas que no habían encontrado tanto gozo en el botellón, la discoteca y las diversiones de todo tipo! Jesús siempre se comporta así.
Te espero, querido joven, el próximo sábado, día 17, a las 9 de la mañana, en el convento de Santa Teresa para caminar juntos hacia Cardeña.

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