Mons. García Aracil dirige una carta a los matrimonios con motivo del comienzo de curso

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Mis queridos matrimonios:
De nuevo me dirijo a vosotros como cada año al comenzar el curso. Siempre lo hago con ilusión y con esperanza.
A la ilusión me mueve la realidad sagrada de vuestra unión en el sacramento del Matrimonio, y la dignidad de vuestra misión como núcleo y fundamento de la familia. Dirigirme a vosotros en esas condiciones supone contar con grandes valores presentes en la Iglesia por voluntad del Señor que se ha valido de vosotros para el bien de todos.
A la esperanza me inclina saber que el Señor os acompaña, y que vuestra generosidad, motivada por el amor esponsal, os hace fuertes en la entrega a la voluntad del Señor y al servicio a los demás.
Considero que, en los tiempos que corren, merecéis una especial atención como matrimonio y como padres de familia. En ello voy poniendo mucho interés, como pudisteis comprobar tanto en la preparación y realización del Congreso y del Encuentro de las Familias, como en la insistencia para que en todas las Parroquias se siga oportunamente el Plan Pastoral de la Archidiócesis. El primero de sus objetivos es la atención a la familia.
Desde estas líneas quisiera estimular vuestro ánimo y alentar vuestra esperanza para manteneros firmes en el amor, comprensivos con todos los miembros de la familia, generosos con el Señor, y decididos en la búsqueda de los medios necesarios para afrontar las dificultades que os encontraréis, indudablemente, en el camino que emprendisteis el día de vuestra Boda.
La Iglesia y el mundo os necesitan
Yo quiero deciros, además, que la Iglesia y el mundo os necesitan. No sois solamente destinatarios de los cuidados de la santa Madre Iglesia. Sois, en verdad, como una pequeña iglesia reunida permanentemente en la intimidad del hogar. Por tanto, sois en principio, y debéis ser en vuestros planes de vida, verdaderos actores del apostolado en el seno de vuestra familia, en la Comunidad cristiana a la que pertenecéis, en los ambientes del mundo donde cumplís vuestros deberes profesionales y sociales, y en los grupos de amistad y de esparcimiento.
El mundo en que vivimos necesita mucha luz para descubrir la verdad y el bien, velados muchas veces por las apariencias, por las campañas interesadas en distraer la atención del sentido sobrenatural y trascendente de la vida, por las ideologías materialistas y ajenas a la presencia y a la acción de Dios en la vida de las personas y de la sociedad. Los principales apóstoles en el mundo habéis de ser los que vivís en medio del mundo. Pero, sobre todo, los matrimonios en cuyas manos pone el Señor esa parte esencial de la sociedad y de la Iglesia que es la familia.
Una preocupación a compartir
Al hilo de esta reflexión que os brindo, es muy adecuada la referencia a un asunto que deseo presentaros.
El papa Benedicto XVI, que rige la Iglesia en el presente, ha declarado “Año Sacerdotal” el período de tiempo que va desde el día 19 de junio de 2009, al mismo mes y día del año 2010. En esa fecha la Iglesia celebra todos los años la fiesta del sagrado Corazón de Jesús; fiesta del amor que se vuelca en favor de la humanidad. Así lo manifiesta la imagen del Señor mostrando su corazón descubierto y encendido en llamas de amor hacia nosotros.
Es importante señalar que esta fiesta fue promovida por la devoción popular, y arraigó fuertemente en el corazón de los fieles hasta nuestros días.
La intención del Papa es, en primer lugar, que durante este Año Sacerdotal reflexionemos acerca de la dignidad, grandeza y valor del sacerdocio, y seamos capaces de aprovechar las gracias que el Señor desea concedernos por su ministerio sagrado. En segundo lugar, es voluntad del Papa que oremos al Señor pidiendo insistentemente que despierte en el corazón de los niños y de los jóvenes la sensibilidad y la generosidad necesarias para que sean capaces de percibir y seguir la sublime llamada a ser ministros del Altísimo.
En este menester, de especial urgencia puesto que cada día se reduce más el número de sacerdotes, tiene un cometido muy importante la familia; y, en ella, principalmente los padres.
Labor importante de los matrimonios
Si el concilio Vaticano II afirma que la familia es la escuela de las virtudes sociales y cristianas, deberemos admitir que corresponde a la familia, y en ella especialmente a los padres, educar en la fe para escuchar al Señor; y en la generosidad para seguirle cuando nos llame y cumplir lo que nos encomiende.
Es muy explicable que los padres alberguen grandes ilusiones y proyectos para la vida de sus hijos, llevados de la ilusión de que vivan holgadamente, de que sean dignos y respetados en la sociedad, y de que sean felices con sus hijos en el seno de un hogar bien dotado por el amor, por la sana convivencia y por la paz familiar.
Junto a esto es muy explicable que muchos padres no piensen siquiera en el sacerdocio para sus hijos, o en la Vida Consagrada para sus hijas. El clima dominante, un tanto materialista y lanzado a lo sensible e inmediato en busca de la felicidad que da el bienestar, atrae la mirada y los proyectos a lo terreno más que a lo sobrenatural y divino. Parece que la dignidad de las personas se mide por el aplauso social, por la capacidad de influencia y poder, y por la riqueza, más que por lo que en realidad sea la persona desde la vocación divina y desde el cultivo de la fidelidad al Señor.
Esta forma de pensar, que tanto abunda en la sociedad dominada por una cultura que da la espalda a Dios, llega a infiltrarse también en el seno de las familias cristianas. Hasta el punto de que son pocos los padres que desean un hijo sacerdote o una hija religiosa; son muchos los que, a lo sumo, transigirían si su hijo o su hija se empeñase en seguir la vocación religiosa; y hay no pocos que, en la medida que pueden, se oponen a que los hijos sigan esa llamada sobrenatural que los vincula al sacerdocio o a la Vida Consagrada.
Llamada de atención
Queridos Matrimonios cristianos: quiero llamar vuestra atención con toda el alma y con toda insistencia para que valoréis la dignidad de la entrega plena al Señor. ¿No creéis que Dios sabe mejor que cualquiera de nosotros lo que va a hacer más felices a vuestros hijos?
Es muy posible que vuestro corazón de padres tema los sufrimientos que puede llevar consigo hoy el ministerio sacerdotal en medio de un mundo adverso y muy descreído. Pero no os quedéis con ese temor. Preguntad a los sacerdotes jóvenes y mayores. Ellos son los que mejor saben la felicidad que lleva consigo el seguimiento del Señor. Pedid que os lo cuenten. No os encerréis en vuestros planteamientos o en vuestras sospechas o deseos, aunque sintáis sinceramente que brotan del amor que tenéis a vuestros hijos. Dios los ama infinitamente más. Fiaos del Señor. No le neguéis al Señor lo que Él os ha concedido y que os ha proporcionado grandes y abundantes momentos de felicidad.
Con estas palabras no os llamo solamente a la generosidad que consiste en ceder ante la petición del hijo si esta llegare. Os pido más. Os pido que supliquéis al Señor que os conceda toda la generosidad necesaria para hablar a vuestros hijos de la grandeza del Sacerdocio e invitarles a ser generosos si el Señor los llamara.
Vocación sacerdotal
Me refiero especialmente a la vocación al sacerdocio porque estamos en el “Año Sacerdotal” promovido por el papa Benedicto XVI. Año en que debemos tomarnos muy en serio la llamada que el Señor os dirige en este tiempo.
Sed fieles al Señor. Ésa es la mejor forma de agradecer el don de vuestra paternidad y el regalo de vuestros hijos.
Quienes no los tengáis o ya tomaron una opción definitiva en su vida, procurad reflexionar y ayudar a reflexionar sobre la grandeza del sacerdocio y de la llamada del Señor para este ministerio. Ayudad a otros padres, amigos vuestros, a que lo valoren con justicia y acepten con generosidad la petición del Señor si llamara a alguno de sus hijos.
Constantemente estoy recibiendo quejas de buenas personas que sienten la reducción de sacerdotes, plasmada en el hecho de que un solo Presbítero haya de atender varios pueblos. Perciben o sospechan que de este modo se irán reduciendo los servicios y el tiempo de permanencia y atención a la propia Parroquia, quizá acostumbrada a contar con un párroco en exclusiva dedicación. Les comprendo plenamente.
Sin embargo, esas buenas gentes no caen en la cuenta, quizá, de la gran responsabilidad que tienen en la promoción de las vocaciones sacerdotales, tan necesarias para la vida de la Iglesia y de los cristianos. Es necesario que este año nos una en la responsabilidad que estoy manifestándoos.
Queridos matrimonios: os pido una vez más, con todo afecto y confianza, y con toda insistencia, que os toméis muy en serio cuanto os he dicho en esta carta. El Señor os lo premiará con creces.
Espero que nos unamos en la oración para que el Señor envíe mensajeros a su mies, y para que nos ayude a poner de nuestra parte lo que corresponda a cada uno para alcanzar esa gracia.
Que el Señor os bendiga y bendiga vuestros hogares.
Santiago García Aracil. Arzobispo de Mérida-Badajoz

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