Carta del arzobispo de Mérida-Badajoz a los universitarios con motivo del comienzo de curso

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Mis queridos universitarios, profesores y alumnos:
Os escribo con ilusión y confianza. Vuestro quehacer, ordenado al descubrimiento de la verdad en sus distintos ámbitos y manifestaciones me hace sentirme vinculado a vosotros por la misión que me ha encomendado el Señor a través de su Iglesia.
El Papa Pablo VI afirma que los Obispos, «sucesores de los apóstoles, unidos al sucesor de Pedro, reciben, en virtud de su ordenación episcopal, la autoridad para enseñar en la Iglesia la verdad revelada. Son los maestros de la fe» (EN. 68). Este ministerio me vincula a la búsqueda permanente de la Verdad poniendo atención no sólo en la palabra de Dios, sino en los descubrimientos de quienes investigan la verdad en sus diversas vertientes. Toda verdad es trasunto de la Verdad de Dios. El Obispo debe ser, por tanto, un estudioso permanente, abierto a toda manifestación de la verdad, y dispuesto a un uso riguroso de la razón para valorar la trascendencia de cada hallazgo y de cada descubrimiento que el estudio y la investigación puedan ofrecer.

Así pues, la relación entre el Obispo y los trabajos y hallazgos de la universidad debe ser constitutiva de la conciencia de su ministerio como maestro. Esta relación ha de ser, también, una fuente de compromiso episcopal renovado en orden a la justa valoración de las verdades; porque, si son tales, enriquecen la imagen de la Verdad plena que es Cristo.

Diálogo fundamental

Desde este convencimiento se hace más necesario cada día un diálogo abierto y continuado entre la ciencia y la fe. No me gusta tanto la expresión diálogo entre la fe y la cultura porque la fe también es cultura, motiva realidades culturales y urge a la defensa y difusión de la cultura en todo tiempo y lugar. De ello tenemos claras muestras en la historia.

La ciencia y la fe tienen objetivos y métodos propios cuyas diferencias merecen respeto. Pero la confluencia entre la ciencia y la fe, que no sufre menoscabo alguno en lo que se refiere a los descubrimientos ciertos y comprobados, comienza a tener dificultades y puntos de discrepancia en lo que se refiere a las aplicaciones de los descubrimientos y a la recta utilización de los recursos naturales al servicio de la investigación. La Iglesia no tiene nada que objetar, por ejemplo, contra el posible proceso de la evolución de las especies hasta llegar a la aparición de la hominidad; pero manifiesta su convicción creyente de que, para que el hombre sea plenamente tal, es imprescindible la intervención de Dios creando e infundiendo el alma de cada persona. La Iglesia no tiene nada tampoco, en principio, contra la investigación genética. Pero, precisamente por la intervención de Dios y la real existencia de la persona humana desde el primer instante de la concepción, ha de oponerse a toda forma de aborto y a la utilización de personas humanas, aun en su estado inicial, como elementos puramente materiales y libremente destructibles al servicio de la investigación. La Iglesia no se opone a la investigación atómica, pero no puede aprobar la utilización de la energía atómica en función de cualquier forma de guerra o de amenaza.

Desde este punto de vista, que incluye un amplio abanico de cuestiones pendientes de una solución satisfactoria y respetuosa con los principios fundamentales de la verdad y de la vida, se entienden las discrepancias humanas y la necesidad de un diálogo compartido entre la ciencia y la fe.

Al mismo tiempo conviene considerar que la verdad de Dios incluye toda la riqueza del bien y de la belleza. Y la criatura humana, al ser imagen y semejanza de Dios, participa del bien y de la belleza divina. Por eso, Dios y el hombre no deben contemplarse exclusivamente por separado, como elementos recíprocamente ajenos. En Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre y partícipe de la historia humana, Dios y el hombre se manifiestan en íntima relación. La divinidad se manifiesta a nosotros a través de la humanidad. La bondad y la belleza de Dos se manifiestan en Cristo cercanos a la integridad y a la perfección humana. Desde ese momento se manifiestan en significativa relación la fe y la belleza, la oración y el arte, el culto y el bien de cada persona y del conjunto de la sociedad.

Falsa laicidad

El problema aparece cuando la separación entre la ciencia y la fe, ocasionada por una visión equivocada de la laicidad o por la pretendida neutralidad de la ciencia, motiva la creencia de que la autonomía humana puede llegar a establecer los límites y los cauces del bien y del mal. A partir de ese momento, el hombre pretende establecerlos mediante leyes consensuadas o mediante declaraciones mayoritariamente aplaudidas o votadas. Sin embargo, ante semejantes pretensiones, debemos recordar un principio plenamente lógico y fundamental que merece toda atención: la verdad no es tal por la cantidad de gente que la acepta. La verdad es verdad por sí misma. Esta afirmación plantea otra nueva cuestión que se manifiesta en esta pregunta: ¿cómo conocemos la verdad? Pregunta que nos aboca, como a Pilatos, a otra pregunta: ¿Qué es la verdad?

La revelación, de la que es receptora y celadora la Iglesia, aporta el principio de una respuesta válida: la verdad es Dios y, por tanto, es Dios la referencia absoluta y permanente para la verificación de toda supuesta verdad.

Sabemos que la verdad y el bien no pueden separarse. Tampoco pueden separarse la verdad y la belleza en su sentido profundo y no simplemente estético, dependiente de corrientes y escuelas. Por tanto, si Dios es la bondad infinita, es también la verdad por antonomasia. Y digo «es» la verdad. Dios no se limita a conocer o a poseer la verdad.

Llegados a este punto, es comprensible que, a pesar de las buenas intenciones, haya dificultades a la hora de entablar diálogo entre creyentes y no creyentes. Tanto es así, que los no creyentes consideran que el pleno desarrollo del hombre está en su autonomía, independientemente de Dios. Los cristianos, en cambio, creemos firmemente que el hombre sin Dios se deshumaniza.

La sospecha de que el diálogo entre la fe y la ciencia, así como entre la fe y la cultura dominante no merecen la pena porque al final no cabe confluencia sino discrepancia notable y hasta fundamental, no debe cortar el diálogo ni sembrar la desconfianza. Todos los pasos realizados con generoso esfuerzo y con sincera honestidad llevan consigo, ya desde el principio, la semilla del resultado positivo en un aspecto u otro, en un punto o en otro, en un grado o en otro. Todos los pasos en este orden construyen clarísimamente nuevos puentes entre las orillas aparentemente llamadas a la distancia infranqueable.

Queridos universitarios, profesores y alumnos: creo que estos planteamientos y las reflexiones que, en cada momento, puedan acompañarlos nos acercan personal e institucionalmente. Aprovechémoslos. Basta confiar en la buena voluntad de nuestros respectivos interlocutores y poner de nuestra parte una permanente exigencia de escucha atenta ante el otro, y de exigente rigor y respeto en las propias aportaciones.

Podemos caminar juntos o, al menos, compartir significativas etapas del camino.

Quedo a vuestra disposición y os encomiendo al Señor que es el camino, la verdad y la vida.

Con mi afecto fraternal

Santiago García Aracil.
Arzobispo de Mérida-Badajoz

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