Mons. Jaume Pujol dedica su carta de esta semana a las canonizaciones del 11 de octubre en Roma

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Este domingo, si Dios quiere, estaré asistiendo en Roma a la canonización de cinco nuevos santos de la Iglesia católica: un catalán (el P. Francisco Coll, nacido en la localidad gerundense de Gombrén, fundador de las Dominicas de la Anunciata), un belga (el P. José Damián de Veuster, más conocido como «el P. Damián de Molokai, el apóstol de los leprosos»), un burgalés (Fray Rafael María Arnaiz, religioso trapense), una francesa (Juana Jugan, fundadora de las Hermanitas de los Pobres) y un polaco (Mons. Segismundo Felinski, arzobispo de Varsovia y fundador de las Franciscanas de la Familia de María). Como puede comprobarse, una buena muestra de la universalidad de la Iglesia.

¿Qué significa «canonización»? Una definición clásica es aquella que nos dice que se trata de «un acto solemne mediante el cual la Iglesia inscribe en el catálogo de los santos a un siervo de Dios». El papa Inocencio III, a comienzos del siglo XIII, precisó que la decisión de canonizar a alguna persona se basa en la comprobación de la práctica heroica de las virtudes cristianas durante su vida y la obtención de milagros después de su muerte. Por tanto, es una determinación que necesita de rigurosas verificaciones y que en ningún modo es un capricho del Papa. Los procesos de beatificación y de canonización se rigen por unas normas estrictas.

En los inicios del Cristianismo la canonización se reservó a los mártires. Después, se amplió a los confesores (es decir, a aquellas personas que habían sido objeto de persecuciones pero que no habían muerto por ese motivo). Más tarde, la canonización se abrió a los religiosos y, finalmente, a todas las personas que habían practicado las virtudes cristianas de manera extraordinaria.

Pienso que los santos que el papa Benedicto XVI canonitzarà este 11 de octubre no están nada alejados de aquellos primeros mártires. A pesar de no haber derramado su sangre en una persecución cruenta, no se puede negar que sus corazones sangraron por culpa de las injusticias, de las calumnias, de las humillaciones o de cualquier otra maldad que es capaz de imaginar la pecadora condición humana. Así, el arzobispo Segismundo sufrió exilio en Siberia a causa de falsas acusaciones. El P. Damián se entregó de tal manera a los afectados por la lepra que acabó cogiendo esa terrible enfermedad, pero su obra fue incomprendida. Juan Jugan, una víctima de la envidia, se desvivió por los ancianos abandonados, organizó una Congregación para atenderlos y cuando murió, nadie sabía que ella la había fundado. El P. Coll tuvo que aguantar lo que no se puede imaginar en una época —el siglo XIX español— marcada por un feroz anticlericalismo. Finalmente, fray Rafael María Arnaiz soportó con alegría maledicencias y una dolorosísima enfermedad que le abrió las puertas del cielo cuando sólo tenía 27 años. En todos ellos la santidad se identifica con la perfección de la caridad, del amor.

En este día me gustaría proponer estos santos como ejemplo a seguir en unos tiempos faltos de valores. No sabemos qué pruebas nos tiene reservadas Dios, pero de ellos podemos aprender de su firmeza, de su constancia, de su paciencia, de su humildad, de su abnegación, de su amor hacia Dios y al prójimo, de su fe, de su esperanza en las promesas de Cristo. Es difícil ser santo, pero no imposible, ya que todos los cristianos estamos llamados a serlo por el bautismo.

Y no quisiera terminar esta intervención sin felicitar por la canonización de su fundadora (Juana Jugan) a una congregación presente en nuestra Archidiócesis: las Hermanitas de los Pobres, que llevan más de cien años entre nosotros atendiendo a los ancianos desvalidos, fieles al carisma de santa Juana Jugan y haciéndolo visible mediante su admirable labor en la ciudad de Reus.

+ Jaume Pujol Balcells
Arzobispo de Tarragona

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