El Papa subraya en una misa multitudinaria en Chequia la necesidad de esperanza en el mundo

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El Santo Padre Benedicto XVI ha celebrado esta mañana, ante miles de fieles, la Santa Misa en la explanada del aeropuerto de Brn, según ha difundido Radio Vaticano. A ellos precisamente el Pontífice se ha dirigido durante su homilía, deteniéndose a analizar la realidad del mundo contemporáneo, y animando a todos a testimoniar la realidad fundada en Cristo.
“Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré”. Con estas palabras escritas en la puerta de la catedral de Brn el Papa ha dado inicio a su homilía durante la que ha señalado que en República Checa, como en otras naciones, se está viviendo “una condición cultural que representa a menudo un desafío radical para la fe y, por lo tanto, también para la esperanza”. En este sentido Benedicto XVI ha señalado que tanto la fe como la esperanza, en la época moderna, han sufrido como un “desplazamiento”, porque han sido relegadas al plano privado y ‘ultraterrenal’, mientras que en la vida concreta y pública se ha afirmado la fe en el progreso científico y económico (cfr Spe salvi, 17).
“Sabemos todos que este progreso es ambiguo –ha señalado después el Papa- abre posibilidades de bien junto con perspectivas negativas. Los desarrollos técnicos y la mejora de las estructuras sociales son importantes y ciertamente necesarios, pero no bastan para garantizar el bienestar moral de la sociedad (cfr ibid., 24)”. Porque como ha señalado el Pontífice, el hombre tiene necesidad de ser liberado de las opresiones materiales, pero debe ser salvado, y con mayor profundidad, de los males que afligen el espíritu.
La pregunta que se plantea es quién puede salvar al hombre sino Dios. El Santo Padre responde que nuestra firme esperanza es Cristo: “en Él, Dios nos ha amado hasta el extremo y nos ha dado la vida en abundancia (cfr Gv 10,10), aquella vida que cada persona, algunas veces incluso sin llegar a saberlo, anhela poseer”.
Por último Benedicto XVI ha animado a todos a testimoniar esta realidad fundada en Cristo. A los sacerdotes, les ha invitado a permanecer íntimamente unidos a Cristo, ejerciendo con entusiasmo su ministerio. A los religiosos y religiosas, con la feliz y coherente práctica de los consejos evangélicos. Y a los fieles laicos jóvenes, el Papa ha puesto como ejemplo la vida de los santos Cirlilo y Metodio -patrones de Moravia-, santa Zdislava madre de familia-, san Juan Sarkander –sacerdote y mártir-, san Clemente María Hofbauer –sacerdote religioso-, y la beata Restituta Kafkova, nacida en Bro y asesinada por los nazis en Viena.

Discurso completo del Papa Benedicto XVI en la explanada del aeropuerto de Brn
¡Queridos hermanos y hermanas!

«Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré». (Mt 11,28). Jesús invita a cada discípulo suyo a detenerse con Él, a encontrar en Él consuelo y alivio. La invitación la dirige en particular a nuestra Asamblea litúrgica, que ve reunida idealmente, con el Sucesor de Pedro, a toda vuestra Comunidad eclesial. A todos y a cada uno va mi saludo: en primer lugar al Obispo de Brno – al que expreso mi gratitud también por las cordiales palabras que me ha dirigido al comienzo de la Misa – a los Señores Cardenales y a los otros Obispos presentes. Saludo a los sacerdotes, a los diáconos, a los seminaristas, a los religiosos y a las religiosas, a los catequistas y a los agentes pastorales, a los jóvenes y a las numerosas familias. Dirijo un respetuoso pensamiento a las Autoridades civiles y militares, en especial al presidente de la República y a su amable esposa, al alcalde de la Ciudad de Brno y al presidente de la Región de Moravia del Sur, tierra rica de historia, de actividades culturales, de industrias y de comercio. Quisiera asimismo saludar con afecto a los peregrinos provenientes de toda la región de Moravia y de las diócesis de Eslovaquia, de Polonia, de Austria y de Alemania.

Queridos amigos, por el carácter que reviste la Asamblea litúrgica de hoy, he compartido con gusto la elección, a la que se ha referido vuestro obispo, de entonar las lecturas bíblicas de la Santa Misa con el tema de la esperanza: la he compartido pensando tanto en el pueblo de este querido país, como en Europa y en toda la humanidad, que está sedienta de algo sobre dónde poder apoyar sólidamente su propio porvenir. En mi segunda Encíclica – la Spe salvi -, he subrayado que la única esperanza “cierta” y “fiable” (cfr n. 1) se funda sobre Dios. La experiencia de la historia muestra a cuáles absurdidades llega el hombre cuando excluye a Dios del horizonte de sus elecciones y de sus acciones, y cómo no es fácil construir una sociedad inspirada en los valores del bien, de la justicia y de la fraternidad, porque el ser humano es libre y su libertad permanece frágil. La libertad, entonces, debe ser constantemente reconquistada para el bien, y la no fácil búsqueda de los «rectos ordenamientos para las realidades humanas», es una tarea que pertenece a cada generación (cfr ibid., 24-25). Es por ello, queridos amigos, que nosotros estamos aquí, ante todo en escucha, en escucha de una palabra que nos indique la senda que conduce a la esperanza; aún más, estamos en escucha de la Palabra, la sola que puede darnos esperanza sólida, porque es Palabra de Dios.

En la primera Lectura (Is 61,1-3a), el Profeta se presenta revestido de la misión de anunciar a todos los afligidos y los pobres la liberación, el consuelo y la dicha. Este texto, Jesús lo ha retomado y lo ha hecho propio en su predicación. Más aún, ha dicho explícitamente que la promesa del profeta se ha cumplido en Él (cfr Lc 4,16-21). Se ha realizado completamente cuando, muriendo en la cruz y resucitando de la muerte, nos ha liberado de la esclavitud del egoísmo y del mal, del pecado y de la muerte. Y éste es el anuncio de salvación, antiguo y siempre nuevo, que la Iglesia proclama de generación en generación: ¡Cristo crucificado y resucitado, Esperanza de la humanidad!

Esta palabra de salvación resuena con fuerza también hoy, en nuestra Asamblea litúrgica. Jesús se dirige con amor a vosotros, hijos e hijas de esta tierra bendita, en la cual se ha esparcido desde hace más de un milenio la semilla del Evangelio. Vuestro país, como otras naciones, está viviendo una condición cultural que representa a menudo un desafío radical para la fe y, por lo tanto, también para la esperanza. En efecto, tanto la fe como la esperanza, en la época moderna, han sufrido como un “desplazamiento”, porque han sido relegadas al plano privado y ‘ultraterrenal’, mientras que en la vida concreta y pública se ha afirmado la fe en el progreso científico y económico (cfr Spe salvi, 17). Sabemos todos que este progreso es ambiguo: abre posibilidades de bien junto con perspectivas negativas. Los desarrollos técnicos y la mejora de las estructuras sociales son importantes y ciertamente necesarios, pero no bastan para garantizar el bienestar moral de la sociedad (cfr ibid., 24). El hombre tiene necesidad de ser liberado de las opresiones materiales, pero debe ser salvado, y con mayor profundidad, de los males que afligen el espíritu. Y ¿quién puede salvarlo sino Dios, que es Amor y ha revelado su rostro de Padre omnipotente y misericordioso en Jesucristo? Nuestra firme esperanza es pues Cristo: en Él, Dios nos ha amado hasta el extremo y nos ha dado la vida en abundancia (cfr Gv 10,10), aquella vida que cada persona, algunas veces incluso sin llegar a saberlo, anhela poseer.

«Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré». Estas palabras de Jesús, escritas con grandes letras sobre la puerta de vuestra Catedral de Brno, Él las dirige ahora a cada uno de nosotros y añade: «Aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio» (Mt 11,29-30). ¿Podemos permanecer indiferentes ante su amor? Aquí, como en otros lugares, en los siglos pasados tantos han sufrido por mantenerse fieles al Evangelio y no han perdido la esperanza; tantos se han sacrificado para volver a dar dignidad al hombre y libertad a los pueblos, encontrando en la adhesión generosa a Cristo la fuerza para construir una nueva humanidad. Y, sin embargo, en la sociedad actual, donde tantas formas de pobreza nacen del aislamiento, del no ser amados, del rechazo de Dios y de la originaria y trágica cerrazón del hombre que piensa que se puede bastar a sí mismo, o si no que es sólo un hecho insignificante y pasajero; en este nuestro mundo que está alienado « cuando se entrega a proyectos exclusivamente humanos» (cfr Caritas in veritate, 53), sólo Cristo puede ser nuestra esperanza cierta. Éste es el anuncio que nosotros los cristianos estamos llamados a difundir cada día, con nuestro testimonio.

Anunciadlo vosotros, queridos sacerdotes, permaneciendo íntimamente unidos a Jesús y ejerciendo con entusiasmo vuestro ministerio, con la certeza de que nada puede faltar a quien confía en Él. Testimoniad a Cristo vosotros, queridos religiosos y religiosas, con la alegre y coherente práctica de los consejos evangélicos, indicando cuál es nuestra verdadera patria: el Cielo. Y vosotros, queridos fieles laicos jóvenes y adultos, vosotras, queridas familias, sostened sobre la fe en Cristo vuestros proyectos familiares, del trabajo, de la escuela, y las actividades de cada ámbito de la sociedad. Jesús nunca abandona a sus amigos. Él asegura su ayuda, porque no es posible hacer nada sin Él, pero, al mismo tiempo, pide a cada uno que se comprometa personalmente para difundir su mensaje universal de amor y de paz. Os sea de aliento el ejemplo de los santos Cirilo y Metodio, Patronos principales de Moravia, que han evangelizado a los pueblos eslavos, y de los santos Pedro y Pablo, a los cuales está dedicada vuestra Catedral. Contemplad el testimonio luminoso de santa Zdislava, madre de familia, rico de obras de religión y de misericordia; de san Juan Sarkander, sacerdote y mártir; de san Clemente María Hofbauer, sacerdote y religioso, nacido en esta Diócesis, y canonizado hace 100 años, y de la beata Restituta Kafkova, religiosa nacida en Brno y asesinada por los nazis en Viena. ¡Os acompañe y proteja la Virgen, Madre de Cristo, nuestra Esperanza! ¡Amén!

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