«Lo bueno y lo malo», carta de Mons. Jaume Pujol

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A veces la sección de Cartas al Director de los periódicos prolonga polémicas sobre cualquier asunto, incluso recuerdo una sobre los calcetines de rombos. Me interesó la que se desarrolló en The Times de Londres a partir de una idea legislativa para suprimir de la educación primaria los conceptos bueno y malo.
Unos lectores decían que todos tenemos una conciencia que nos dice en líneas generales lo que está bien y lo que está mal, y que eso inspira nuestra conducta. Otros argumentaban, en un ejercicio de relativismo, que son convenciones sociales las que establecen lo que está bien y lo que no, las cuales pueden cambiar según los países y con los tiempos.
Pienso sobre ello que, si bien unas actitudes se rigen por las costumbres cambiantes o las modas, hay actos humanos objetivamente malos y otros que son objetivamente buenos. Y eso es así porque la persona es libre y, por tanto, responsable de sus actos tras un juicio de su conciencia. Hay una moral natural, llamada así porque Dios la infundió en nuestra naturaleza (y la escuchamos a través de la voz de la conciencia) que explica que matar, robar o hacer daño a los demás, sean siempre actos condenables moralmente, no sólo a partir de Moisés y la entrega de los Diez Mandamientos, sino desde Adán y Eva. Las conductas de Caín y Abel son muestra de ello.
Sin embargo, no puede pensarse que siempre y en cada caso concreto sea fácil distinguir lo bueno de lo malo, lo correcto de lo improcedente; para ello están la formación de la conciencia propia y los maestros de moral que durante siglos han actuado como consejeros en la dirección espiritual.
El Catecismo de la Iglesia Católica, para aclarar esos temas, enseña que la moralidad de los actos humanos depende del objeto del acto y de la intención de quien lo realiza. Y muestra que un acto bueno (como orar) puede ser desordenado si la intención es mala (para ser visto, presumir de piadoso, etc.). En cambio una intención buena no salva una acción si es mala: como blasfemar, matar, condenar a un inocente, etc. El principio tan conocido de que “el fin no justifica los medios” suele ser una regla de conducta muy útil.
Siendo esto así, no todo es blanco y negro en los actos concretos de la vida diaria y hay que atender a las circunstancias de la acción. Si bien éstas no pueden calificar los actos por sí mismas, ni modificar su calidad moral, sí que agravan o atenúan la responsabilidad del sujeto; por ejemplo, actuar por miedo a la muerte.
Distinguir lo bueno de lo malo no es, sin embargo, algo propio sólo de personas preparadas, capaces de hacer disquisiciones, sino que está al alcance de cualquier persona de conciencia recta y que actúe con el sentido común de la moralidad que lleva en el alma.

† Jaume Pujol Balcells
Arzobispo de Tarragona

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