Los mandamientos, ¿una imposición o un regalo de Dios?

Gil_Hellin
Por Mons. Francisco Gil Hellín, Arzobispo de Burgos
Hasta hace muy poco, todo el mundo sabía que los Mandamientos de la Ley de Dios son diez y que por eso se les llama también Decálogo. Hoy es bastante común ignorar su existencia, su número y –lo que es más grave- su contenido. No es sorprendente, por tanto, que la moral social esté cayendo en picado y que cada día se superen las cotas de maldad. Un día es el maltrato físico familiar, otro una batalla campal entre los jóvenes de una ciudad y la policía, otro la agresión sexual de un menor.
Cuando los contertulios de la radio o de la televisión comentan estos y otros sucesos, con harta frecuencia se quedan a mitad del camino. Porque no van más allá de la denuncia y de la condena. A lo sumo, reclaman mayor rigor en las leyes o rebajar la edad para imponer penas. Algunos, los menos, piden una reforma en profundidad del sistema educativo, donde la autoridad del maestro y del profesor sean una realidad en las aulas. Algunos, ven con claridad que es indispensable también la implicación de los padres.
Sin embargo es prácticamente imposible oír que el verdadero remedio es de orden moral. Lo decisivo es cambiar el corazón de la persona, mediante una adecuada formación moral. No basta cualquier educación moral, sino que ha de ser la educación que contemple la realidad de la persona, como ser inteligente, libre y hecho para la comunión con los demás y con Dios.
Esta educación es la que brindan los Mandamientos de la Ley de Dios. Porque, si se analizan en profundidad, son el instrumento que Dios ha querido para defender la libertad, tanto de los condicionamientos internos de las pasiones como de los abusos externos de los maliciosos. Sus «no» son otros tantos «sí» al crecimiento de una libertad auténtica.
Por otra parte, si se lee la entradilla con la que son introducidos en la Biblia, nos toparemos con estas palabras: «Yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué de Egipto, de la esclavitud». Lo cual quiere decir que Dios se presenta no como alguien que quiere oprimir o esclavizar sino como un liberador del hombre. La liberación de Dios es verdadera y real, porque sacó al pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto no para someterle a su férrea voluntad sino para establecer con él una alianza. Por consiguiente, los Mandamientos más que una imposición son un don, más que mandar lo que el hombre debe hacer, quieren manifestar a todos la elección de Dios: él está de parte del pueblo, lo libró de la esclavitud y lo rodeó con su misericordia.
Por eso, vistas las cosas en profundidad, el Decálogo o los diez Mandamientos de la Ley de Dios son, ante todo un «sí» a un Dios que nos ama y nos guía, que nos sostiene y que, sin embargo, nos deja nuestra libertad; más aún, la transforma en verdadera libertad.
El Papa actual lo explicaba en una ocasión con su proverbial hondura y belleza. Decía él: «Son un «sí» a la familia (cuarto mandamiento); un «sí» a la vida (quinto mandamiento); un «sí» a un amor responsable (sexto mandamiento); un «sí» a la solidaridad, a la responsabilidad social y a la justicia (séptimo mandamiento); un «sí» a la verdad (octavo mandamiento); y un «sí» al respeto del prójimo y a lo que le pertenece (noveno y décimo mandamientos). En virtud de la fuerza de nuestra amistad con el Dios vivo, vivimos este múltiple «sí» y, al mismo tiempo, lo llevamos como señal del camino en esta hora del mundo.
Educar al hombre y a la mujer para que sigan libremente este camino es el único modo eficaz de realizar la necesaria e improrrogable regeneración moral que reclama nuestra sociedad. El policía más eficaz para un hombre o una mujer es su propia conciencia formada según las orientaciones de los Mandamientos de la Ley de Dios, que, en el fondo, son normas de sentido común.

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