Mons. Francesc Pardo escibe sobre quienes son hoy los verdaderamente «importantes»

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«¿Quién es el más importante?»
Verdaderamente nos parecemos de tal forma a los primeros discípulos que el evangelio del próximo domingo nos viene como anillo al dedo.
¿Quién es el más importante, el primero? Esa era la preocupación de los discípulos mientras Jesús les instruía diciéndoles que entregaría la vida para garantizar la vida para siempre. Lo cierto es que los discípulos desconectaban, no entendían las palabras de Jesús y perdían el tiempo tratando de averiguar cuál de ellos sería el más importante. Es entonces cuando el Señor les recuerda que el primero ha de ser el servidor de todos. Y como signo muestra a un niño, que todo lo necesita, y les recuerda que quien acoge a uno de aquellos pequeños, le acoge a Él.
Ello me sugiere hoy ofreceros una primera galería de personajes ilustres a los ojos de Jesús:

EL ABUELO PIADOSO. Un anciano que, superados los ochenta años, es capaz de recorrer todos los días, en tres cuartos de hora, la distancia que le separa del convento de religiosas, situado en el núcleo antiguo, donde a las siete y cuarto de la mañana asiste a misa y participa como acólito. Luego vuelve a casa, otros tres cuartos de hora, siempre a pie. No le importa que haga frío o calor, y ciertamente no tiene ninguna necesidad de quemar su colesterol o un exceso de glucosa. Sencillamente hace muchos años que repite aquel recorrido. Es su forma de iniciar la jornada, ayudar al oficiante y ofrecer un signo de afecto y agradecimiento hacia aquellas religiosas de clausura que aman a todos, orando.

UN TRABAJADOR DE LOS SERVICIOS DE LIMPIEZA PÚBLICA DE LA CIUDAD. Cada día, al alba, puedes observar algún equipo de limpieza prestando su servicio. Un miembro de uno de esos equipos, de piel oscura sin necesidad de tomar el sol en la playa, hace su trabajo y esboza una sonrisa, especialmente ante los más pequeños, es su forma de desearles un buen día.

LA RELIGIOSA JOVEN… Y LA DE 90 AÑOS. La primera, en plena juventud, decidió consagrarse en cuerpo y alma a los enfermos terminales de sida, amarles, servirles, ayudarles, simplemente escucharles y siempre lista para colaborar en lo que haga falta.
Y aquella otra religiosa que, más allá de sus 90 años, siempre activa a lo largo de su dilatada vida, verdadera plata de ley, actualmente está postrada en el lecho y, a lo sumo, puede desplazarse en silla de ruedas, pero ofrece su inactividad, su dolor, por la Iglesia, por las vocaciones. Y humildemente dice: «Ya no puedo hacer nada…».

PADRES DE TRES HIJOS Y EN ESPERA DEL CUARTO. Son jóvenes abiertos a la vida y a los familiares y amigos. Forman parte de un movimiento de la rama familiar, se reúnen en grupo y participan en los encuentros generales y, de este modo, se ayudan mutuamente para vivir cristianamente en familia, en sus respectivas profesiones y en el ámbito de sus amistades y viven el sentido eclesial a través de su parroquia.

EL PRESBÍTERO, BUEN PASTOR. Poned nombres. Aquel presbítero que, como el Buen Pastor, se ha encarnado en unos pueblos concretos, ha asumido la responsabilidad de su ministerio en las parroquias que le han sido confiadas. Está disponible las 24 horas, junto a los que sufren y a los que se alegran. Ofrece al Señor Jesús y sus dones por medio de los sacramentos. Celebra la Eucaristía ante pocos fieles, pero lo hace por todo el pueblo. Al rezar todos los días con el breviario lo hace igualmente por todos, como un acto de amor y en comunión con toda la Iglesia. Es quien sirve y, por ello, preside la comunidad, o bien porque preside la comunidad por el ministerio tiene que convertirse en el primer servidor.

EL ALCALDE SIN SUELDO NI DIETAS. Lo fue durante un cuarto de siglo en un pequeño municipio, a dedo durante la dictadura, por mayoría absoluta (en calidad de independiente) justo al inicio de la recuperación democrática. No percibía asignación alguna, al contrario, los gastos de todas las gestiones que realizaba en la capital los pagaba de su bolsillo. Lo dio casi todo a favor de su pueblo. Los más humildes le tenían plena confianza. Sólo Dios sabe las pensiones y ayudas varias que consiguió. Pero los potentados del lugar sabían que en modo alguno aquel alcalde aceptaba ningún regalo que pudiera suponer trato preferencial o el logro de «permisos especiales». Solía decir a sus hijos y a los demás: “Sin Misa no hay fiesta”.

LOS JUBILADOS QUE NO SE JUBILAN. ¡Son tantos los que han sido jubilados en plenitud de facultades y de madurez humana y profesional! Muchos de ellos no han permanecido en sus hogares, sino que se han ofrecido a la parroquia, a Caritas o a otras asociaciones a las que han aportado sus conocimientos, sus habilidades y su experiencia. Son tantos… veo sus rostros.
Señor, haz que nunca nos falten semejantes servidores.

Francesc Pardo i Artigas
Obispo de Girona

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