Homilía del obispo de Santander en el Monasterio de Santo Toribio de Liébana

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Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, porque con tu cruz has redimido al mundo.
Un año más vengo como Obispo de Santander a este Monasterio de Santo Toribio de Liébana, en las estribaciones del monte Biorna, a los pies de los Picos de Europa.
Vengo a dar gracias a Dios en la Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, la Pascua de la Cruz, a presidir la solemne Eucaristía, a dirigiros la palabra de Obispo y a adorar el Lignum Crucis, el madero santo de la Cruz, “signo de vida”, de la vida nueva y eterna.
Aquí en este célebre Monasterio se conserva desde el siglo VIII el Lignum Crucis, reliquia que, según la tradición, trajo de Jerusalén, en el siglo V, Santo Toribio, obispo de Astorga, asegurando que se trataba de un fragmento de la Cruz de Cristo.
Expreso mi agradecimiento a la Comunidad de PP. Franciscanos, custodios fieles del Lignum Crucis, acogedores de peregrinos y testigos fieles del evangelio de la cruz y de la resurrección. Agradezco la presencia de mis hermanos sacerdotes, especialmente de este Arciprestazgo de la Santa Cruz, que con celo abnegado y sacrificio generoso anunciáis la Palabra, celebráis los sagrados misterios y dais testimonio del amor de Dios en medio de vuestras comunidades en esta tierra de Liébana. En este Año Sacerdotal queréis ser fieles particularmente a vuestra vocación.
Asimismo expreso mi gratitud a la Cofradía de la Santísima Cruz, que desde hace siglos promueve el culto al Lignum Crucis, renovándolo a la luz de las orientaciones del Concilio Vaticano II, según los nuevos Estatutos aprobados.
Agradezco la presencia de las autoridades, instituciones y de los alcaldes de los ayuntamientos de esta zona de Liébana, representantes del pueblo que participan en la fiesta. Finalmente, saludo a todos los miembros de vida consagrada, a los fieles laicos y a todos los peregrinos venidos de Cantabria y de otros lugares para obtener la misericordia, el perdón de los pecados en el sacramento de la Penitencia y la gracia de Dios.

Mensaje de la fiesta

Celebramos hoy la fiesta de la Santa Cruz. En la cruz está la salvación, la vida y la resurrección. En medio del desierto se levantó un estandarte con una serpiente, para que quien había sido mordido por la serpiente la contemplara y se salvara de la muerte (1º lectura). En medio de la humanidad se levanta la cruz de Jesús para que quien la contempla con el corazón contrito y adorante se salve (Evangelio). Cristo muerto en la cruz, es exaltado y glorificado y es nuestro Señor (2ª lectura).
Jesús reina desde la Cruz con su amor
El Crucificado es el Rey de los judíos. Vexilla regis prodeunt, cantamos en un himno litúrgico: “las insignias del rey avanzan; refulge el misterio de la Cruz, en que la Vida padeció muerte y con su muerte nos dio vida”.
En el misterio de la Cruz se revela en su inmenso dramatismo el amor de Dios a los hombres y, a su vez, el amor de Cristo al Padre. Por amor al Padre, Cristo se hizo obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz (Fil 2, 7ss), hemos escuchado en el himno cristológico de la segunda lectura de la carta a los filipenses; no fue una obediencia ciega, sino un acto libre de amor filial al Padre: “Nadie me quita la vida -dice Jesús- yo la doy libremente (Jn 10, 18). El Hijo se entrega en manos de su Padre por nuestro amor y en nuestro lugar: para reconciliarnos con Dios, recibiendo en sí mismo el dolor y la maldición del pecado. Por eso podemos exclamar con la Liturgia, en el Pregón pascual:“¡Qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros! ¡Qué incomparable ternura y caridad! ¡Para rescatar al esclavo entregaste al Hijo”.
En la Cruz levantada sobre el Calvario se manifiesta el corazón eterno de Dios, ya que el Padre en su Hijo Jesús “nos amó y nos entregó a su Hijo como propiciación por nuestros pecados” (1 Jn 4, 10). Dios es amor (1 Jn 4, 10). Por eso comprendemos que la historia verdadera está dominada por Cristo, no con las armas del miedo, sino con el signo del amor: “Cuando yo sea elevado de la tierra atraeré a todos hacia mí” (Jn 12, 32). Dios reina desde un madero, el “madero de la Cruz”, “Dios reina desde la Cruz” con su amor.

Sentido de la cruz y valor del crucifijo

La Cruz no es, pues, anuncio de un triste destino de sufrimiento y muerte. Es, por el contrario, un mensaje triunfal de vida y salvación. Y podemos proclamar: “Salve, oh Cruz, única esperanza nuestra” Aunque no se puede olvidar el escándalo de la Cruz y lo difícil que es hoy predicar la Cruz en un mundo que es “enemigo de la Cruz de Cristo”, el cristiano debe repetir con San Pablo: “En cuanto a mí, ¡Dios me libre de gloriarme si no es en la Cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo es para mí un crucificado, y yo un crucificado para el mundo” (Gál 6, 14).
“Fulget Crucis mysterium” (Brilla el misterio de la Cruz): la cruz erguida sobre el mundo, sigue en pie como signo de salvación y de esperanza. Jesús el Crucificado es, ahora y siempre, el centro de todo, el punto focal hacia donde dirige su mirada toda la historia humana. “Mirarán al que atravesaron” (Jn 19, 37). Por eso se entiende la invitación que la Iglesia hace a todos en la tarde del Viernes Santo: “Mirad el árbol de la Cruz donde estuvo clavada la salvación del mundo. Venid a adorarlo”. Jesús es como la serpiente levantada por Moisés en el desierto; quien cree en Él tendrá “vida eterna”, según hemos escuchado en el Evangelio de esta fiesta (cfr.Jn 3, 14-15).
Si este es el valor de la cruz, no se entiende el intento de retirar el crucifijo de los lugares públicos, especialmente de las escuelas y hospitales. El crucifijo es símbolo universal de paz, de amor y de entrega por los demás. El crucifijo es una síntesis del Evangelio y el Evangelio no ofende a nadie. Pedagógicamente es bueno que el niño aprenda las lecciones que nos da el Crucifijo: la lección del perdón, del amor de Dios al pecador, de la dignidad humana, de la solidaridad con todos los crucificados y todas las víctimas.
La Cruz exaltada y transfigurada
Hermanos: la ruz está ya transfigurada. Es también Pascua. “Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre. En verdad, os digo que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda infecundo. Pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12, 23-24). Y es que “el que se humilla será exaltado” (Lc 14, 11).
Al alba del tercer día, la Cruz reventó en vida y en resurrección. El amor no podía quedar estéril. El amor nunca es infecundo. El amor es siempre vida. La cruz es luz. Y la Cruz floreció hasta la eternidad.
La Resurrección es el misterio que lo resume todo, la luz que lo ilumina todo, el aroma que lo perfuma todo, la seguridad que lo invade todo. Nada podrá ya con nosotros, nada podrá apartarnos del Amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús: ni la espada, ni el hambre, ni la sed, ni la desnudez, ni el peligro, ni la persecución, ni la enfermedad, ni la muerte (cfr. Rom 8, 37-39). En todo vencemos por Aquel que nos ha amado hasta hacerse Cruz redentora, Cruz florecida, Cruz transfigurada, Pascua sin ocaso, humanidad nueva y definitiva, aurora de eternidad.
Al adorar hoy el Lignum Crucis nuestra adoración no se queda en el trozo de la Cruz, sino que acaba en Cristo, que ha dado la vida por amor en la Cruz. Él nos ha redimido, nos ha comprado, con el precio de su sangre preciosa.
La Eucaristía, que estamos celebrando, es memorial sacramental de la muerte en la cruz de Cristo y de su resurrección gloriosa. Que ella sea para todos nosotros fruto de vida y salvación. “Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, porque con tu Cruz has redimido al mundo”. Amén.

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