“Sus labios no se movieron y sin embargo me habló”, carta de Mons. Bernardo Álvarez con motivo de la fiesta del Cristo de La Laguna

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De nuevo, coincidiendo con la celebración de la “Exaltación de la Santa Cruz”, estamos invitados a
celebrar la “Fiesta en Honor del Santísimo Cristo de La Laguna”. Sí. “El Cristo de La Laguna”, una
imagen de Cristo Crucificado que toma el nombre de la Ciudad porque durante siglos ha
acompañado la vida de sus habitantes y en gran medida ha marcado su historia. Una imagen que
goza de gran y constante veneración a lo largo de todo el año en el, así llamado, Santuario del
Cristo, bajo la custodia de los Padres Franciscanos y de los fieles laicos de la “Pontificia, Real y
Venerable Esclavitud”, que este año cumple 350 años de su fundación. Una veneración que alcanza
su máxima expresión pública en Semana Santa y en estas fiestas de septiembre.
Son miles de personas las que cada año se acercan a contemplar la imagen del Cristo de La Laguna
y ante Él hacen sus plegarias de ofrecimiento, de petición y de acción de gracias. ¡Cuántas
oraciones a lo largo de los siglos! ¡Cuántas promesas y ofrendas, que también son oración! ¡Cuánta
gratitud por los favores recibidos! Y también, cuántas palabras de Cristo dirigidas al corazón de los
fieles, invitándoles se seguirle a Él que es el Camino, la Verdad y la Vida. Cuántas llamadas de
Cristo invitándonos a abandonar el pecado y a vivir la vida nueva que El nos propone cumpliendo
sus mandamientos. Sus palabras en la Última Cena con los apóstoles resuenan permanentemente:
“Si me amáis, guardaréis mis mandamientos” (Jn. 14,15). ¡Cuántas conversiones y renovación de
la vida ha suscitado el Cristo de la Laguna!
Pero también, todo hay que decirlo, cuánta superficialidad e indiferencia, cuanta dureza de corazón
que ni siquiera la contemplación del Cristo de La Laguna ha logrado ablandar. A cuántos, a mí el
primero, nos tiene que amonestar el Señor una y otra vez: «No todo el que me dice: «Señor, Señor»,
entrará en el reino de los Cielos; sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos»
(Mt 7, 21). En este mismo sentido, hay un conocido texto, colocado a los pies de un crucificado
flamenco de 1632, que un autor anónimo pone en labios de Cristo y que es un auténtico lamento del
Señor por nuestra indiferencia ante Él:
Yo soy la luz, y no me miráis.
Yo soy el camino, y no me seguís.
Yo soy la verdad, y no me creéis.
Yo soy la vida, y no me buscáis.
Yo soy el Señor, y no me obedecéis.
Yo soy vuestro Dios, y no me rezáis.
Yo soy vuestro mejor amigo, y no me amáis.
Si soy infelices, no me culpéis.
Sí. Cristo nos habla hoy. “El Cristo de La Laguna” no es la representación de un personaje del
pasado, ni es la imagen de un Cristo inerte y mudo. El crucificado lagunero, como tantas otras
imágenes de Cristo, nos remite siempre a Cristo en persona, el Hijo de Dios, Aquél que resucitó y
está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo y que, como al apóstol Juan, nos dice: “No
temas, soy yo, el Primero y el Último, el que vive; estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los
siglos de los siglos” (Apoc. 1,18).
Con gran sabiduría, en la copla popular, cantamos: “Al Cristo de la Laguna mis penas le conté yo,
sus labios no se movieron y sin embargo me habló”. Sí, a Cristo no sólo le hablamos nosotros. El,
desde la Cruz, también nos habla. Y lo hace, no sólo con aquellas “siete palabras” que escuchamos
y meditamos, con tanta fe y recogimiento, acompañando al Santísimo Cristo en la madrugada de
cada Viernes Santo. El nos habla con todas las palabras del Evangelio, unas palabras que estamos
llamados a poner en práctica para ser verdaderos cristianos: “El que recibe mis mandamientos y los
obedece, ése demuestra que de veras me ama” (Jn. 14,21). Igual que nosotros le miramos a El y le
hablamos, El también nos mira a nosotros y nos habla: “Vosotros sois mis discípulos, si hacéis lo
que yo os mando” (Jn. 15,14).
Si de verdad queremos hacer una “Fiesta en Honor del Santísimo Cristo de La Laguna” tenemos
que unir la fe y la vida. “La fe sin obras está muerta”, nos enseña el apóstol Santiago. La
coherencia entre las celebraciones religiosas y la vida de quienes participan en ellas es un problema
constante en todas las religiones. Lo fue en la historia de Israel y lo sigue siendo en la historia de la
Iglesia. Sí. La gran perversión de toda manifestación externa de la religión es aquella hipocresía
que, como ya había hecho los profetas del Antiguo Testamento, denunció el propio Jesucristo,
cuando dijo a sus contemporáneos: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está
lejos de mí” (Mt. 15,8). La autenticidad de las liturgias, de los cultos, de los rituales,… no consiste
sólo en hacerlos bien, con la máxima belleza y esplendor sino, también, hacerlos con todo corazón y
llevando una vida coherente con la voluntad de Aquel a quien rendimos culto.
La Fiesta de “Exaltación de la Santa Cruz”, que tiene lugar cada año el 14 de septiembre, fue
instituida para celebrar la recuperación de la Santa Cruz, la misma en la que fue crucificado
Jesucristo, obtenida en el año 614 por el emperador Heraclio, quien la logró rescatar de los persas
que se la habían robado de Jerusalén.
Cuenta la tradición que, al llegar de nuevo la Santa Cruz a Jerusalén, el emperador dispuso
acompañarla en solemne procesión, pero vestido con todos los lujosos ornamentos reales, y de
pronto se dio cuenta de que no se podía mover y era incapaz de avanzar. Entonces el Arzobispo de
Jerusalén, Zacarías, le dijo: «Es que todo ese lujo de vestidos que lleva, están en desacuerdo con el
aspecto humilde y doloroso de Cristo, cuando iba cargando la cruz por estas calles». Entonces el
emperador se despojó de su manto de lujo y de su corona de oro y, descalzo, empezó a recorrer así
las calles y pudo seguir en la piadosa procesión.
Esta bella historia encierra una importante enseñanza que debemos aprovechar. Seguramente el
emperador Heraclio, con buena intención, quiso participar en aquella procesión con sus mejores
galas pensando que la ocasión lo merecía y que así honraba mejor “la Santa Cruz” recién
recuperada. Sin embargo no puede dar ni un paso. ¿Cuál era el problema? No era cuestión de
ropajes, sino de actitud del corazón. Dios, que conoce lo que hay en los corazones, le hizo “una
señal” al emperador y, por medio del arzobispo, le invitó a humillarse ante la Cruz de Cristo. El
emperador cambió su actitud y así pudo dar culto a Dios, no sólo con su presencia sino con su
corazón.
Este testimonio de la tradición nos enseña que, si queremos de verdad hacer una fiesta “en honor” a
Cristo crucificado, tenemos que deponer cualquier actitud de soberbia, ostentación o vanidad. “Dios
resiste a los soberbios y acoge a los humildes” nos enseña la Virgen María.
† Bernardo Álvarez Afonso
Obispo Nivariense

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