Homilía de Mons. Sánchez en la fiesta de Nuestra Señora de la Antigua

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La fiesta que hoy celebramos nos invita a contemplar el acontecimiento del Nacimiento de Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra. La felicitamos, como felicitamos a nuestra madre biológica en su cumpleaños, nos alegramos con ella y con toda la humanidad, como nos alegramos por el nacimiento de persona tan importante, tan ejemplar.

El Nacimiento de la Virgen María, como su Inmaculada Concepción, constituyen un precedente, un anticipo y una preparación para el acontecimiento más grande de la historia de la humanidad y del don mayor otorgado por Dios a la humanidad, a saber la Encarnación del Hijo de Dios en las purísimas entrañas de María y su Nacimiento para ser, por su vida, muerte y resurrección, el Salvador del mundo.

1. Dos referencias de la fiesta de la Natividad de la Virgen María

La Natividad de la Virgen María hace, por tanto referencia, en primer lugar, a su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, porque entra dentro del plan de Dios de preparar, como último anillo de una cadena que tiene su origen en la eternidad de Dios y que se va concretando a lo largo de la Historia de Israel y de los acontecimientos de la Antigua Alianza.

Así lo vieron y anunciaron los profetas. Así lo ven el profeta Miqueas, como hemos oído en la primera lectura, hablando de Belén, la más pequeña de las ciudades de Judá, pero que se convierte en la más célebre, porque de ella saldrá el jefe de Israel, el que «en pie pastoreará con la fuerza del Señor… se mostrará grande hasta los confines de la tierra y ésta será nuestra paz» (Miq 5, 2-5ª)

Esta referencia de María al Salvador como Madre suya se pone también de relieve en el Evangelio según San Mateo, del que acabamos de escuchar el resumen de las genealogías de Jesús, como nacido de una mujer, de María, escogida por Dios y fecundada por obra del Espíritu Santo para ser la Madre del Mesías, del Salvador.

Una segunda referencia de esta fiesta de Nuestra Señora de la Antigua en Guadalajara es la histórica. La historia de esta ciudad está vinculada, claramente desde la Reconquista, por el descubrimiento de la imagen oculta durante la dominación árabe; pero ciertamente antes de la dominación árabe por el especial interés que tuvieron los cristianos de entonces de conservar la imagen de la Virgen como un símbolo entrañable, como un tesoro de singular valor, que no quisieron que se perdiera.

Esta devota tradición manifiesta que, entre las raíces de nuestra ciudad y entre los factores determinantes de su historia está la devoción de nuestra ciudad a la Virgen María, solamente interrumpida, a la fuerza en dos ocasiones, durante los siglos de la dominación árabe y durante los trágicos años de 1936 al 39, más bien por la prohibición de las manifestaciones religiosas y la persecución de las mismas que por el hecho de que desapareciera del corazón de los guadalajareños devotos de aquellos años la devoción a su Patrona y su veneración en la clandestinidad.

2. Honramos a la Madre

En nuestra devoción a María y en las muestras de nuestra veneración en la fiesta de su Natividad, como en cualquier otra fiesta mariana, nunca podemos perder de vista que la razón de ser de María es su Hijo. Escogida por Dios desde toda la eternidad. A ella son aplicables, con más razón que a todos los creyentes, las palabras de San Pablo en su Carta a los Romanos, que acabamos de oír en la segunda lectura: llamada por Dios conforme a su designo, escogida, predestinada, justificada, glorificada… todo ello en razón de su íntima relación con su Hijo. Sin esa relación, María no pasaría de ser una persona sencilla, virtuoso, ejemplar. Pero su especial relación a Dios como la Madre de su Hijo, la eleva a una categoría y dignidad por encima de toda criatura, porque su misión trasciende toda misión humana y Dios la dotó de las virtudes y dones necesarios para cumplir dignamente esa misión.

Si toda la razón de ser de María – su Concepción Inmaculada, Su Nacimiento su vida, su Asunción, su Coronación en la Gloria…- es su Hijo Jesucristo, nuestra devoción a la Virgen María ha de desembocar siempre en Cristo. Cantando a María, cantamos con ella las glorias del Señor en ella, invocando la protección de María, para alcanzar gracia del Señor su Hijo, manifestándole nuestro amor filial, amamos con ella a su Hijo, Señor y Dios nuestro.

3. Imitamos a la fiel discípula del Señor nuestro Maestro

En Nuestra Señora la Virgen María se nos muestran dos realidades distintas, aunque íntimamente relacionadas entre sí: Una es su condición de Madre de Dios, a la que acabamos de referirnos. La otra, consecuencia de la primera y en la que María puso especial empeño y que no siempre le resultó fácil, fue la de fiel discípula de su Hijo su Señor y Maestro. El Concilio Vaticano II, en su Constitución sobre la Iglesia Lumen Gentium se nos dice que María como miembro de la Iglesia, es decir, como discípula del Señor y Maestro, su Hijo Jesús, es ejemplar en la fe y en el amor.

De ahí que nuestra devoción a la Virgen Santísima no pueda quedarse en honrarla, venerarla e invocar su intercesión. Esto está bien, `pues es la Madre de Dios y Madre nuestra. Pero no es suficiente. Nuestra devoción a la Virgen debe acreditarse con una vida de fieles discípulos de su Hijo. Como María no hubiera cumplido con su misión, si se hubiera limitado a ser, sin más, la Madre del Señor. El Hijo de Dios se encarnó en las entrañas de la Virgen María y nació como fruto bendito de su vientre para ser nuestro Salvador, nuestro Señor y Nuestro Maestro haciéndonos discípulos suyos, la primera y la más fiel, a su propia Madre.

4. Nuestro Plan Pastoral Diocesano y el programa para el Curso 2009-10

La misión de la Iglesia y, por lo mismo, la de nuestra diócesis y de todos los que la formamos, especialmente de los que en ella tenemos una especial responsabilidad es ayudar a todos a ser verdaderos y fieles discípulos del Señor, a imitación de María su Madre y primera y ejemplar discípula.

No es otro el objetivo de nuestro actual Plan Pastoral Diocesano, que tiene por título «Para que tengan vida». Pues bien, en el programa que ofrecemos y nos proponemos cumplir durante el curso pastoral 2009-10, que estamos iniciando, queremos revisar, mejorar y reforzar los llamados «Sacramentos de la Iniciación Cristiana», así llamados porque son los que nos introducen y ponen los fundamentos de lo que después será nuestra vida cristiana de verdaderos y fieles discípulos del Señor. Son, como sabéis, el Bautismo, la Confirmación y la Primera Eucaristía o Primera Comunión.

Cada día van perdiendo más en muchos de nuestros cristianos estos Sacramentos su verdadero sentido; sobre todo, son muchos los cristianos, comenzando por padres y padrinos, que no toman conciencia de la importancia y trascendencia de estos sacramentos en la vida cristiana y del compromiso de por vida que con ellos se adquiere. Para algunos son ritos obligados con los que se cumple de una vez, sin mayores exigencias previas y, desde luego, sin ninguna consecuencia posterior. En ocasiones prevalece el sentido de fiesta familiar o social sobre el de la celebración religiosa y manifestación de fe, pasando a ser lo más importante lo que no deja de ser secundario, como es el vestido, el banquete, los regalos

Nos proponemos durante este curso y para después mejorar la preparación de estos tres Sacramentos invitando a una mayor exigencia en los padres, padrinos y, sobre todo, en los que, ya conscientes, reciben los Sacramentos de la Confirmación y de la Eucaristía y, cada vez más frecuentemente, el Bautismo de niños ya mayorcitos, adolescentes, jóvenes o adultos. Tienen que comprender todos, también los padres y los padrinos, que la recepción y celebración de estos Sacramentos de la Iniciación cristiana constituyen acontecimientos transcendentales, que marcan la vida del cristiano para siempre y que, por lo mismo, exigen una adecuada preparación y una catequesis apropiada.

En cuanto a la celebración de estos Sacramentos, como también la del Matrimonio es necesario cuidarla más y fomentar la participación activa de cuantos asisten a estas celebraciones, especialmente la de los que los que reciben los Sacramentos. Son acciones del mismo Cristo, por el ministerio de la Iglesia, que exigen estar determinadas condiciones en quien las recibe y una participación activa. Habría que purificar muchas celebraciones de elementos folclóricos, comerciales o de espectáculo que se han ido introduciendo en desmedida.

5. Testimonio de vida

Quizá el aspecto que necesita mayor atención y esfuerzo es el de la perseverancia o continuidad en la vida, en que se han de notar los efectos de estos importantes Sacramentos, dado que, si son de iniciación, es para que tengan una continuidad, o en su posterior frecuencia y con las consecuencias que de ello se derivan, caso de la Eucaristía, o en la permanencia visible de sus efectos, como ha de ser en el Sacramento del Bautismo y de la Confirmación, que no pueden repetirse, pero que han de hacer se notar.

La mejora en la práctica de estos tres Sacramentos de la iniciación cristiana ha de empezar a poder percibirse ya de inmediato, porque inmediatas y ya presentes son las realidades y las circunstancias que requieren una mayor implicación y un mayor compromiso de los cristianos en el momento actual de nuestra sociedad.

Señalo, por vía de ejemplo algunos aspectos en nuestra Iglesia y en nuestra sociedad que están demandando urgentemente la presencia y la acción comprometida de los cristianos.

Quiero, en primer lugar, invitaras a dar a la vida del espíritu la importancia que se merece. No está muy de moda hablar en estos términos en una sociedad tan materializada; pero no podemos perder de vista la importancia de la vida espiritual, menos en un año que el Papa quiere dedicar a cultivar la vida espiritual en los sacerdotes, en este Año Santo Sacerdotal, con motivo del 150º Aniversario de la muerte del Santo Cura de Ars para que los sacerdotes se cultiven en la vida espiritual y el `pueblo cristiano intensifique su aprecio de la vida y misión de los sacerdotes en la Iglesia y en la sociedad. Necesitamos dar más tiempo e importancia a la vida espiritual y a nuestra relación con Dios

A nadie se le oculta, por otra parte, que vivimos una crisis económica y social, que tiene también sus raíces en una crisis ética. No está en las posibilidades ni en la competencia de la Iglesia la solución de un problema como éste, de naturaleza económica y política; pero ningún cristiano puede pasar indiferente ante la apremiante necesidad de tantos hermanos, que están condenados a vivir bajo mínimos, si no aumentamos nuestra solidaridad y generosidad y si la Iglesia no colabora por medio de sus instituciones y servicios, sobre todo de Caritas y de las parroquias, a paliar tan graves males y a cambiar los principios, criterios y comportamientos que llevan a situaciones tan graves e injustas.

Otro grave problema al que nos enfrentamos es el de la relativización del valor de la vida humana. Nuestra cultura ha creado una jerarquía de valores con respecto a la vida humana, en la que hay vidas preciosas, para las que todo esfuerzo es poco y hay vidas, como la del ser humano concebido y aún no nacido, o la del anciano o enfermo terminal y desahuciado, o la del que no reporta beneficio sino que es carga para la sociedad de bienestar… que quedan absolutamente supeditadas a la llamada «calidad de vida» de otras personas, aunque ésta sea la de la madre.

Otro aspecto muy importante, en el que nos estamos jugando el futuro de nuestra sociedad y el de una Iglesia joven y vigorosa es la orientación de la educación. La sistemática marginación de la religión en los actuales planes de enseñanza, la escasa valoración de los padres en la orientación práctica religiosa de sus hijos y el bajo interés de jóvenes y niños por su formación y vida religiosa están llevando a muchos niños, adolescentes y jóvenes a vivir, imitando los modelos de los adultos, como si Dios no existiera y a veces en actitudes de indiferencia y hasta de hostilidad frente al fenómeno religioso.

No es extraño que, con la ausencia de niños y jóvenes en la vida de las comunidades cristianas, padezcamos, en la Iglesia en general y en nuestra diócesis en particular, el alarmante descenso de vocaciones al sacerdocio, a la vida consagrada y a la militancia de los seglares. Todos tendremos que hacer algo para invertir esta preocupante tendencia.

5. A imitación de María

En el seguimiento de María, nos proponemos intensificar la vida cristiana de cada uno de nosotros y de nuestras comunidades, usando como instrumento el vigente Plan Pastoral Diocesano Para que tengan vida, centrado, en el presente curso pastoral, en la mejora de los tres Sacramentos de la iniciación cristiana: Bautismo, Confirmación y Primera Eucaristía. Nos movemos entre dos extremos: El del excesivo rigorismo, que puede llevar a algunos a exigir más que lo que la Iglesia exige; por otra parte, el laxismo craso que lleva a otros a pensar que todo da igual. Una cierta exigencia, coherencia y consecuencia son necesarias y exigibles.

María no fue bautizada con el Bautismo de agua, pero sí con el Bautismo que por el agua se significa, inmersa como fue en el Bautismo de Sangre de su Hijo, del que nació nuestro Bautismo. María fue confirmada en plenitud por los dones del Espíritu Santo en Pentecostés. María suponemos que recibió la Primera Eucaristía de manos de su Hijo en la Última Cena y, desde luego, después, reunida con los Apóstoles para la Fracción del Pan. Pero, antes ciertamente había acogido en su seno al Hijo de Dios encarnado en sus entrañas y vivió desde entonces y para siempre en plena comunión de sentimientos, de acción y de vida con el Señor.

Que ella nos enseñe a vivir con todas las consecuencias las exigencias de nuestro Bautismo, a ser mensajeros y testigos del Evangelio movidos por el Espíritu que recibimos en la Confirmación y a manifestar, con nuestra palabra, nuestra acción y nuestra vida, que somos la comunidad alimentada por el Cuerpo y la Sangre de Cristo, que reúne a todos, amigos y enemigos, propios y extraños, a la misma mesa, donde los más pequeños, los pobres, los enfermos y los excluidos ocupan los primeros puestos. Amen

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