Vocación

sacerdotes_clip_image001

Por José María Gil Tamayo /

Empiezo pidiéndoles disculpa por anticipado, ya que voy a tomar como punto de partida para esta colaboración algo personal: hoy hace 29 años que fui ordenado sacerdote, lo que convierte para mí en muy especial esta fecha –sobre todo en este Año Sacerdotal- en la que no tengo más que motivos para dar gracias a Dios por el inmenso don recibido con el sacerdocio, en el que, a pesar de mis defectos innegables, se me ha confiado nada más y nada menos la misión de hacer presente a Cristo en medio de los hombres.
Como comprenderán ha sido una tarea que siempre me ha sobrepasado y, sin falsas humildades, también sobrecogido por lo que me traía entre manos –nunca mejor dicho- así como por el cariño y respeto que continuamente he percibido en la gente hacia lo que yo representaba. Les aseguro además con toda sinceridad -créanme- que, en estas casi tres décadas transcurridas desde mi ordenación, no he dejado nunca de sentirme feliz, lo cual no significa que no haya tenido dificultades: las tiene todo cristiano, cómo no las va a tener un cura en un mundo cada vez más secularizado.
En el fondo de toda plena realización personal está la percepción de entender el trabajo y la misma opción de vida como una vocación, como ocurre en la religión. Una llamada de Dios a realizar una función en la Iglesia y en el mundo y, a la vez, como una respuesta personal madurada y responsable. En definitiva saberse colocado por Dios en la existencia con una misión que cumplir.
Cuando una persona, ayudada por la gracia de Dios y el consejo de los demás, acierta a encontrar su sitio, aquello para lo que ha sido creado, tiene aptitudes, y lo asume con libertad y responsabilidad, es plenamente feliz. Y esto no ocurre solamente en el ámbito religioso en el que Dios, por una parte, nos llama a los bautizados a la común vocación cristiana a la santidad, a identificarnos con Jesucristo, nuestro maestro y modelo, y por otra nos asigna también una vocación específica dentro de su Iglesia: ya sea a cumplir una función ministerial o a un estado de vida concreto en beneficio de los demás: como sacerdote, como padre o madre de familia, religioso o religiosa, seglar, catequista, etc.
Dios también nos ha dado a cada uno una vocación en la vida, pues no somos unos personajes absurdos de una novela idiota, ni unos versos sueltos a la deriva de cualquier pretensión de sentido. Estoy plenamente convencido que nuestra vocación humana forma parte también del querer de Dios y se nos va mostrando en nuestra historia personal por unas aptitudes o cualidades naturales y profesionales que nos llevan hacia opciones concretas en el campo laboral, familiar, etc…
Considero que entender nuestra existencia en clave vocacional, formando parte no de la casualidad o de un ciego azar, sino de la causalidad providente de Dios, enlazados de su trama sobre el mundo o la historia, nos llevará a ser más responsables y seguro que más felices e ilusionados con nuestra propia historia y circunstancias, con nuestro quehacer de cada día, con nuestro trabajo que ahora retomamos tras la vacaciones estivales. Les sugiero que prueben a verlo así hoy. Ya verán como son más felices, se “realizarán”.

Agencia SIC
Acerca de Agencia SIC 40702 Articles
SIC (Servicio de Información de la Iglesia Católica), es una agencia de noticias y colaboraciones referidas a la Iglesia en España, creada en noviembre de 1991 por el Episcopado español y dependiente de la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación Social (CEMCS).