El Papa en su visita a Viterbo: «¡No tengáis miedo de vivir y testimoniar la fe en los variados ambientes de la sociedad!»

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Benedicto XVI ha viajado ayer mañana a Viterbo, a 100 km al norte de Roma, en la que ha sido su decimosexta visita pastoral en Italia. El Santo Padre ha llegado a la llamada ciudad de los Papas, en torno a las nueve de la mañana procedente de Castelgandolfo, desde donde ha viajado en helicóptero. Tras atravesar la ciudad en papamóvil, Benedicto XVI ha bendecido las nuevas puertas de bronce de la catedral y ha visitado con el obispo de la ciudad Mons. Lorenzo Chiarinelli la sala del Cónclave en el Palacio de los Papas, según ha informado Radio Vaticano.
Después, Benedicto XVI ha celebrado la santa misa en la explanada del Valle de Faul, a las espaldas mismas del palacio, en la que han participado 20.000 fieles. En el curso de la homilía, que reproducimos íntegra a continución, el Pontífice ha invocado “una humanidad nueva”, sin discriminaciones ni exclusiones y ha afirmado que “el desierto más profundo es el corazón humano”, una “tierra árida” que sólo la presencia de Dios puede irrigar de “nueva linfa”. Durante el Ángelus, Benedicto XVI evocó los hechos que dieron inicio a la Segunda Guerra Mundial y pidió que el recuerdo de ese conflicto sirva para que no se repitan «tales barbaridades» y para intensificar los esfuerzos para construir la paz.

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TEXTO ÍNTEGRO DE LA HOMILIA DEL PAPA BENEDICTO XVI EN LA MISA QUE HA CELEBRADO EN VALLE FAUL DURANTE SU VISITA A VITERBO
06 de septiembre de 2009

¡Queridos hermanos y hermanas!

En verdad es inédito y sugestivo el escenario en el cual celebramos la Santa Misa: nos encontramos en el “Valle” frente a la antigua puerta denominada FAUL, que con sus cuatro letras alude a las cuatro colinas de la antigua Viterbium, ellas son Fanum-Arbanum-Vetulonia-Longula. Por un lado, se eleva imponente el Palacio, un tiempo residencia de los Papas, que – como ha recordado su obispo – en el siglo XIII ha presenciado 5 cónclaves; alrededor nos circundan edificios y espacios, testigos de las múltiples sucesos del pasado, y hoy tejidos de vida de vuestra Ciudad y Provincia. En este contexto, que evoca siglos de historia civil y religiosa, se encuentra ahora idealmente recogida, con el Sucesor de Pedro, la entera comunidad diocesana, para ser por él confirmada en la fidelidad a Cristo y a su Evangelio.

A todos ustedes, queridos hermanos y hermanas, dirijo con afecto mi grato pensamiento por la calurosa acogida que me ofrecieron. Saludo en primer lugar a su amado Pastor, Mons. Lorenzo Chiarinelli, a quien agradezco sus palabras de bienvenida. Saludo a los otros Obispos, en particular a los pertenecientes a la región del Lacio con el Cardenal Vicario de Roma, a los sacerdotes diocesanos, a los diáconos, a los seminaristas, a los religiosos y religiosas, a los jóvenes y a los niños, y extiendo mi recuerdo a todos los componentes de la Diócesis, que en el pasado reciente, se han unido a Viterbo, con la Abadía de San Martín en el Monte Cimino, las diócesis de Acquapendente, bagnoregio, Montefiascone y Tuscania. Esta nueva configuración está ahora artísticamente esculpida en las “Puertas de Bronce” de la Iglesia Catedral que, iniciando mi visita en la Plaza san Lorenzo, pude bendecir y admirar. Me dirijo con deferencia a las Autoridades civiles y militares, a los representantes del Parlamento, del Gobierno, de las Regiones y de la Provincia, de manera especial al Alcalde de la Ciudad, que se ha hecho intérprete de los cordiales sentimientos de la población viterbesa. Agradezco a las Fuerzas del orden y saludo a los numerosos militares presentes en esta ciudad, así como a quienes están comprometidos en las misiones de paz en el mundo. Saludo y agradezco a los voluntarios y a cuantos ha dado su contribución para la realización de mi visita. Reservo un saludo muy particular a los ancianos y a las personas solas, enfermas, a los encarcelados y a cuantos no ha podido tomar parte en nuestro encuentro de oración y amistad.

Queridos hermanos y hermanas, toda asamblea litúrgica es un espacio de la presencia de Dios. Reunidos para la Santa Eucaristía, los discípulos del Señor proclaman que Él ha resucitado, está vivo y da la vida, y atestiguan que su presencia es gracia, es tarea, es alegría. ¡Abramos el corazón a su palabra y acojamos el don de su presencia! En la primera lectura, el profeta Isaías (35, 4 – 7) alienta a los “cobardes de corazón” y anuncia esta estupenda novedad, que la experiencia confirma: cuando el Señor está presente se abren los ojos del ciego, se desbloquean las orejas del sordo, el cojo “salta” como un ciervo. Todo renace y todo revive porque aguas benéficas riegan el desierto. El “desierto”, en su lenguaje simbólico, puede evocar los eventos dramáticos, las situaciones difíciles y las soledades que marcan no raramente la vida; el desierto más profundo es el corazón humano, cuando pierde la capacidad de escuchar, de hablar, de comunicarse con Dios y con los demás. Uno se convierte entonces en ciego porque es incapaz de ver la realidad; se cierran los oídos para no escuchar el grito de quien implora ayuda; se endurece el corazón con la indiferencia y el egoísmo. Pero ahora – anuncia el Profeta – todo está destinado a cambiar; la “tierra árida” será regada con una nueva linfa divina. Y cuando el Señor viene, a los cobardes de corazón de toda época les dice con autoridad: ¡”Ánimo, no tengan miedo”! (v. 4)

Se empalma aquí perfectamente el episodio evangélico, narrado por San Marcos (7, 31 – 37): Jesús cura en tierra pagana a un sordomudo. Primero lo acoge y se preocupa por él con el lenguaje de los gestos, más inmediatos que las palabras; y después con una expresión en lengua aramea le dice: “Effetá”, es decir, “ábrete”, devolviendo a aquel hombre la audición y el habla. Llena de estupor, la multitud exclama: “¡Todo lo ha hecho bien!” (v. 37). Podemos ver en este “signo” el ardiente deseo de Jesús de vencer en el hombre la soledad y la incomunicabilidad creadas por el egoísmo, para dar rostro a una “nueva humanidad”, la humanidad de la escucha y de la palabra, del diálogo, de la comunicación, de la comunión. Un humanidad “buena”, como es buena toda la creación de Dios; una humanidad sin discriminaciones, sin exclusiones – como advierte el apóstol Santiago en su Carta (2, 1 – 5) – de modo que el mundo sea verdaderamente, y para todos, “campo de genuina fraternidad” (Gaudium et spes, 37).

¡Querida Iglesia de Viterbo, el Cristo, que vemos en el Evangelio que abre los oídos y desata el nudo de la lengua del sordomudo, abra tu corazón, te dé siempre la alegría de la escucha de su Palabra, el coraje del anuncio del Evangelio y el descubrir su Rostro y su belleza! Pero, para que esto pueda suceder – recuerda San Buenaventura de Bagnoregio, donde iré esta tarde – la mente debe “ir más allá de todo con la contemplación e ir más allá no sólo del mundo sensible, sino también más allá de si misma” (Itinerarium mentis in Deum VII, 1). Este es el itinerario de la salvación, iluminado por la luz de la Palabra de Dios y alimentado por los sacramentos, que unen a todos los cristianos.

De este camino que también tu, amada Iglesia que vive en esta tierra eres llamada a recorrer, quisiera ahora retomar algunas líneas espirituales y pastorales. Una prioridad que tanto está en el corazón de tu Obispo, es la educación en la fe, como búsqueda, como iniciación cristiana, como vida en Cristo. Es el “convertirse en cristianos” que consiste aquel “aprender de Cristo” que San Pablo expresa en la fórmula: “No soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 20). En esta experiencia están involucradas las parroquias, las familias y las diversas realidades asociativas. Están llamados a comprometerse los catequistas y todos los educadores; está llamada a ofrecer su propio aporte la escuela, desde las primarias hasta las Universidades de la Tuscia, siempre más importante y prestigiosa, y, en particular, la escuela católica, con el Instituto Filosófico-teológico “San Pedro”. Hay modelos siempre actuales, auténticos pioneros de la educación en la fe de quien inspirarse. Me complace mencionar, entre otros, a Santa Rosa Venerini (1656 – 1728) – que tuve la alegría de canonizar hace tres años más o menos – verdadera precursora de las escuelas femeninas en Italia, precisamente “en el siglo de las Luces”; a Santa Lucia Filippini (1672 – 1732) que, con la ayuda del Venerable Cardenal Marco Antonio Barbarigo (1640 – 1706), ha fundado las beneméritas “Maestras Pías”. De estas fuentes espirituales se podrá felizmente beber todavía para afrontar, con lucidez y coherencia, la actual, ineludible y prioritaria “emergencia educativa”, gran desafío para toda comunidad cristiana y para toda la sociedad.

Junto a la educación, el testimonio de la fe. “La fe – escribe San pablo – actúa por la caridad” (Gal 5, 6). Es en esta perspectiva que toma rostro la acción caritativa de la Iglesia: sus iniciativas, sus obras son signos de la fe y del amor de Dios, que es Amor – como he recordado ampliamente en las Encíclicas Deus caritas est y Caritas in veritate. Aquí florece y cada vez se incrementa más la presencia del voluntariado, sea en el plano personal como en el asociativo, que encuentra en la Caritas su organismo propulsor y educativo. La joven Santa Rosa (1233 – 1251), co-patrona de la Diócesis y cuya fiesta cae precisamente en estos días, es un fúlgido ejemplo de fe y generosidad hacia los pobres. ¿Cómo no recordar además que Santa Jacinta Marescotti (1585 – 1640) promovió en la ciudad la adoración eucarística desde su Monasterio, y dio vida a instituciones e iniciativas para los encarcelados y los marginados? No podemos olvidar el franciscano testimonio de San Crispido, capuchino (1668 – 1759), que aún hoy inspira beneméritas presencias asistenciales. Es significativo que en este clima de fervor evangélico hayan nacido muchas casas de vida consagrada, masculinas y femeninas, y en particular monasterios de clausura, que constituyen una visible llamada al primado de Dios en nuestra existencia y nos recuerdan que la primera forma de caridad es precisamente la oración. A este respecto es emblemático el ejemplo de la Beata Gabriella Sagheddu (1914 – 1939), trapense: en el monasterio de Vitorchiano, donde está sepultada, que continúa siendo propuesto como ecumenismo espiritual, alimentado por la incesante oración, y vivamente solicitado por el Concilio Vaticano II (cfr. Unitatis redintegratio, 8). Recuerdo también al viterbés beato Doménico Bárberi (1792 – 1849), pasionista, que en 1845 acogió en la Iglesia Católica a John Henry Newman, que llegó a ser Cardenal, figura de alto perfil intelectual y de luminosa espiritualidad.

Quisiera, en fin, hacer alusión a una tercera línea de vuestro plan pastoral: la atención a los signos de Dios. Como hizo Jesús con el sordomudo, del mismo modo Dios continúa revelándonos su proyecto mediante “eventos y palabras”. Escuchar su palabra y discernir sus signos debe ser, por tanto, el compromiso de todo cristiano y de cada comunidad. El más inmediato de los signos de Dios es ciertamente la atención al prójimo, según cuanto ha dicho Jesús: “Todo lo que hiciste a uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hiciste” (Mt 25, 40). Además, como afirma el Concilio Vaticano II, el cristiano está llamado a ser “ante el mundo un testigo de la resurrección y de la vida del Señor Jesús, y un signo de Dios vivo” (Lumen gentium, 38). Debe serlo en primer lugar el sacerdote que Cristo eligió todo para sí. Durante este año sacerdotal, ¡oren con mayor intensidad por los sacerdotes, por los seminaristas y por las vocaciones, para que sean fieles a esta vocación! Signo del Dios vivo debe serlo, también, cada persona consagrada y cada bautizado.

Fieles laicos, jóvenes y familias, ¡no tenga miedo de vivir y testimoniar la fe en los varios ámbitos de la sociedad, en las múltiples situaciones de la existencia humana! Viterbo ha expresado también a este respecto una figura prestigiosa. En esta ocasión es deber y alegría hacer memoria del joven Mario Fani de Viterbo, iniciador del “Círculo de Santa Rosa”, que encendió, junto a Giovanni Acquaderni de Bolonia, aquella primera luz que después se convertiría en la experiencia histórica del laicado en Italia: la Acción Católica. Se suceden las estaciones de la historia, cambian los contextos sociales, pero no cambia y no pasa de moda la vocación de los cristianos a vivir el Evangelio en solidaridad con la familia humana, con el paso de los tiempos. He aquí un compromiso social, he aquí el servicio propio de la acción política, he aquí el desarrollo humano integral.

¡Queridos hermanos y hermanas! Cuando el corazón de pierde en el desierto de la vida, no tengan miedo, confíen en Cristo, el primogénito de la humanidad nueva: una familia de hermanos construida en la libertad y en la justicia, en la verdad y en la caridad de los hijos de Dios. De esta gran familia forman parte Santos queridos por ustedes: Lorenzo, Valentino, Hilario, Rosa, Lucia, Buenaventura y muchos otros. Nuestra Madre común es María, que veneran con el título de Virgen de la Quercia, como patrona de toda la Diócesis en su nueva configuración. ¡Sean ellos quienes les custodien siempre unidos y alimenten en cada uno el deseo de proclamar, con las palabras y las obras, la presencia y el amor de Cristo! Amén.

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