El «síndrome postvacacional»

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Por José María Gil Tamayo /

Muchos de ustedes se han reincorporado al trabajo –o lo van a hacer esta semana o la próxima- después de un mes de vacaciones y se lo pone más difícil que en estos días muchos medios de comunicación no dejen a referir lo traumático que es la vuelta a la vida ordinaria, a la rutina, al trabajo de cada día. Señalarán también los efectos psicológicos que se derivan de tan duro trauma y cómo afecta a la salud anímica… y mil cosas más sobre el asunto. Se consultará para ello a expertos y todos acabaremos asignándonos algunos de los síntomas nefastos que, según aseveran, la patología de la normalidad acarrea sobre la vida de cualquier hijo de vecino y que no se cansan de repetirnos año tras años en estas primeras jornadas de septiembre. Acabamos todos convencidos de que somos unos desgraciados por volver a trabajar.
La verdad es que, cuando uno se para a pensarlo seriamente, la cosa no es para tanto y que lo que pasa es que le hemos echado demasiado espectáculo a la vida, esperamos emociones y aventuras grandes, como la de esos personajes de la prensa del corazón que además de tener una vida afectiva al compás del parte meteorológico, siempre están de fiesta en fiesta. Es la falsa cultura de la espectacularidad. Si no nos ocurre así nos deprimimos o parecemos raros.
Nos hace falta, amigos, recobrar el amor a la normalidad, a lo ordinario que no es sinónimo de ramplón ni de mediocre o aburrido. Necesitamos encontrar ese brillo que tienen las cosas sencillas de cada día: el trabajo, los amigos de toda la vida, los vecinos, la familia. Necesitamos entusiasmarnos con la vida ordinaria sabiendo que eso es una parte importante para ser feliz. El secreto está en el amor que ponemos en las cosas que hacemos, aunque éstas sean insignificantes. Si usted las hace por los suyos, por sacar la familia adelante, por servir a los demás… o por otras mil nobles razones, su existencia será plena aunque esté compuesta de cosas pequeñas.
La llamada vida oculta de Jesucristo, treinta años en el hogar de Nazaret, la mayor parte del tiempo que Jesús pasó en la Tierra, son la prueba más palpable de la importancia que Dios da la existencia ordinaria. Las gentes lo conocían como “el carpintero”, nos dice san Marcos en su evangelio (6,3); “hijo del carpintero”, dirá san Mateo (13,55).
Jesús pasó la mayor parte del tiempo santificando el trabajo ordinario y la vida de familia. ¡Para que luego nos digan que ésta es materia deprimente o aburrida, cuando fue a lo que más tiempo le dedicó Dios en la tierra!
Y es que la verdadera santidad no está en hacer cosas cada día más difíciles, sino en hacerlas cada vez con más amor. Hoy podemos tener una oportunidad para hacerlo de este modo y de paso no nos deprimiremos por volver a la vida ordinaria, al trabajo que, gracias a Dios, tenemos. Es cuestión de sacar brillo a las cosas ordinarias. Incluso los metales preciosos lo necesitan. ¡ Feliz vuelta de vacaciones!

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