Mons. José Sánchez escribe sobre los sacramentos de la Iniciación Cristiana

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Dentro de nuestro Plan Pastoral Diocesano, que lleva el título Para que tengan vida, el programa establecido para este año se propone la valoración y mejora de la celebración y de los frutos de los Sacramentos de la Iniciación Cristiana – Bautismo, Confirmación y Primera Eucaristía – y, con ella, la primera Confesión.
Se llaman de iniciación porque precisamente, o están al comienzo de la vida cristiana – el Bautismo – o en la primera etapa de su desarrollo – la Confirmación y la Primera Comunión. Son puerta de entrada -el Bautismo- fundamento, fortalecimiento, alimento e introducción a lo que será después la vida de un cristiano adulto en la fe, en la celebración y en la práctica.
A lo largo de la historia y por razones pastorales, han variado algunos detalles en cuanto al orden de su celebración o de la edad exigida. Pero su condición de Sacramentos de iniciación para una vida cristiana adulta, responsable y más comprometida no ha cambiado.
Lo que sí ha cambiado, por desgracia, es el comportamiento de muchos cristianos, a veces inducidos por equivocadas prácticas o costumbres, que consideran estos Sacramentos, más como ocasión para una fiesta familiar o social, que como un acontecimiento religioso de importancia trascendental en la vida de quienes los reciben. Se impone, por lo mismo, una seria revisión de la mentalidad de muchas personas, que piden estos Sacramentos para sí o para sus hijos y no se comprometen a nada, ni antes, ni durante, ni, sobre todo, después de recibirlos.
Pretendemos, con nuestro Programa para 2009-2010, que la Catequesis de preparación para recibir estos tres Sacramentos esté dentro de todo un proceso ininterrumpido, en el que celebración de los mismos constituya como tres hitos, tres momentos fuertes, tres acontecimientos, como en realidad lo son; y no tres hechos aislados, con una discutible preparación previa y una escasa o nula continuidad, como, con frecuencia, está sucediendo.
Tienen una importancia fundamental los padres, a los que corresponde la primera iniciación de sus hijos en la oración, en la enseñanza de las verdades y prácticas básicas de un cristiano, en el acompañamiento en su “despertar religioso”, en el ejemplo de vida. Es necesario clarificar y potenciar el papel de los padrinos y su responsabilidad.
Importantísimo es también el papel de los catequistas y de los profesores de religión, que han de estar bien formados, ser ejemplares y acompañar a los niños y adolescentes, siempre en buena relación con los padres y con el sacerdote.
La frecuente y buena relación y conjunción armónica de los tres factores que intervienen en la etapa de la iniciación cristiana, dentro del proceso de desarrollo del bautizado, a saber, la familia, la comunidad cristina o parroquia y la escuela, son fundamentales para obtener buenos resultados. Al mismo tiempo que el niño o el adolescente vive en casa la fe en familia, se forma y es educado en la escuela, en su religión y en su moral, de modo sistemático, y es introducido por la comunidad cristiana y la catequesis en la comunidad adulta y en la celebración, sobre todo de la Eucaristía, fuente, culmen, centro, motor y meta de la vida cristiana.
Es importante tener en cuenta que la iniciación cristiana ha de tener su continuidad y crecimiento, que se manifestarán en frutos de vida cristiana y obras. Iniciación no es para cortar, al terminar esa etapa, menos aún, para desengancharse, sino para introducir al bautizado en la comunidad adulta. Con la formación, la celebración y con la práctica de vida cristiana, el bautizado iniciado irá descubriendo su vocación y ejercitándose en su condición de mensajero y testigo, según los diversos carismas.
A todos os invito a incorporaros a este programa que, dentro del Plan Pastoral Diocesano, nos ofrece la diócesis para el presente curso 2009-2010.

Os saluda y bendice,

+ José Sánchez González
Obispo de Sigüenza-Guadalajara

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