«Codicia, moderación y ética», carta del arzobispo de Burgos

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En la Audiencia General del pasado 22 de abril, Benedicto XVI glosó la figura de Autperto, uno de los educadores de Carlomagno, el cual, viendo la ambición de los ricos y poderosos, escribió un tratado “Sobre la codicia”. En él, con el Apóstol san Pablo, denuncia “la codicia como la raíz de todos los males”. El Papa añadió: “A la luz de la actual crisis económica esto revela toda su actualidad; de esta raíz, de la codicia, ha nacido esta crisis”.
Efectivamente, la crisis económica y social proviene en buena medida de que Occidente ha tenido como lema de vida y acción el “no te prives de nada”. Como al común de los mortales no hay que azuzarle mucho para que se comporte de este modo -porque “lo quiere todo y lo quiere ya”- y el precio del dinero era barato, se comprende bien que todo el mundo pidiese créditos para el consumo no para la inversión en empresas productivas. Al final, la cuerda se tensó demasiado y terminó rompiéndose, dando lugar a una crisis aguda.
La codicia ha actuado, pues, como una de las causas fundamentales de la actual crisis económica.
Lo más previsible es que como la crisis se ha dado en una economía de mercado, será el mercado el que, aunque sea imponiendo duras condiciones, acabará iniciando una lenta etapa de recuperación. Pero es probable que, cuando esto ocurra, nos olvidemos de la otra variante: la codicia.
La codicia no es el simple deseo de poseer sino el deseo fuerte e incontrolado de bienes de todo tipo, especialmente económicos. Cuando se desea de este modo codicioso se hace bueno lo que ya decía Aristóteles: “se concede más atención al dinero que a la infamia”. El final es que la persona se presta a la infamia, con tal de obtener el lucro. Esto es lo que ocurre en los numerosos casos de corrupción. Por ejemplo, de políticos.
Frente a la avaricia hay que cultivar la moderación, siendo conscientes de que educar desde la infancia en esta virtud es una tarea que compensa. Los padres han de dar ejemplo con cosas que entran por los ojos, haciendo ver a sus hijos que pueden prescindir perfectamente de muchas cosas que desean, por la sencilla razón de que no son necesarias y que no hacen falta para ser feliz y pasarlo bien. Es una enseñanza que se ha dado en todas las culturas. Confucio, por ejemplo, sentenció: “Difícilmente yerra un hombre por exceso de moderación”. Los griegos, por su parte, acuñaron el “nada en demasía”. La Biblia abunda en consejos sobre la moderación. San Pablo la considera como uno de los frutos del Espíritu Santo.
Esto terminaría regenerando la vida social, porque no hay vicios públicos y privados, sino que los vicios siempre engendran vicios. Además, cuando se trata de líderes sociales y políticos, sus vicios privados dan lugar a ejemplaridad negativa. En no pocos casos, la desconfianza de la gente en la clase política ha nacido de la observación de no pocos casos en los que los teóricamente servidores del orden público se han servido de lo público para su disfrute privado, obteniendo ilegales beneficios económicos.
Como las derivaciones de la codicia son innumerables, haríamos mal si no las tenemos en cuenta en las previsiones políticas y sociales simplemente porque es una categoría moral. Precisamente, una de las líneas fundamentales de la reciente encíclica del Papa es la no separación entre economía y ética: “Responder a las exigencias morales más profundas de la persona tiene también importantes efectos beneficiosos en el plano económico, pues la economía tiene necesidad de la ética para su recto funcionamiento; no de una ética cualquiera sino de una ética amiga de la persona”.

Mons. Francisco Gil Hellín, Arzobispo de Burgos

(30 de agosto de 2009)

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